2 feb. 2011

Una temporada en las nubes


Fotografía cedida por Fabio Rubiano. En escena los gatos Pink Tomate y Lerner


Cada cosa en el mundo tiene su lógica. Las calles tienen su lógica propia. Los tomates y los gatos también. Mi lógica es un poco gris, un poco nocturna. Es una lógica con techos, lluvia, una lata vacía de cerveza trip trip trip, qué cosa tan seria y un poco de soledad y whisky. En el fondo toda lógica es solitaria y sobre todo la de los gatos.
Rafael Chaparro Madiedo
Opio en las nubes.
Mucho gusto, soy Fabio Rubiano, el director de teatro, dramaturgo y a veces actor. Adapté en 1995 a las tablas Opio en las nubes, novela de Rafael Chaparro Madiedo[1]. No es una práctica que hubiera hecho con frecuencia. Para entonces no tenía la experiencia y no había hecho los cursos necesarios. Ahora sí, pero no sé si eso sea mejor o peor.
Cuando yo leí la novela tuve la necesidad de verla y por eso la llevé al teatro. Me impactó mucho y de varias maneras con su temática absolutamente urbana. Hablé con Chaparro y le confesé mi interés por adaptarla. Le dije que quería verla en un escenario para ver los personajes, escuchar sus textos adaptados como diálogos, sentir el sudor de Sven, mirarle las tetas a Amarilla como se las miraban sus gatos, ver la electrocución de Gary Gilmour, el strip tease de Harlem y la camisa de fuerza de Marciana y Haigway 34. Él estuvo de acuerdo y le fascinó la idea.
Las ganas de hacerlo me vienen desde 1993, luego de haber leído la novela. En ese momento, a esa edad, sabía y entendía lo que estaban hablando los personajes y me sentía plenamente identificado con ellos, a pesar de que para ese tiempo eran mayores de 30 años, menores que yo. Son iguales a su autor, que murió de 31 y permanecerá de la misma edad. Así los veo yo y en un prólogo que me pidieron que hiciera para la segunda edición de la novela, escribí lo siguiente:
Por más llenos de fantasías, paradojas, anacronismos o características extremas, los personajes de Opio son seres de carne y hueso, se mueven con el descaro de los inclasificables, lo que traduce: sinceros. Estas personas, incluyendo los gatos, llenos de sueños podridos y sangre con olor a vodka o a nitrógeno o a sopa de paquete, caminan por todos los sitios de una ciudad que nosotros hemos caminado o por lo menos hemos querido caminar. Se drogan como no hemos sido capaces, como lo logró Burroughs con la heroína y la pluma, pueden tomar whisky a las siete de la mañana como lo hizo Bukowsky con el vino y cerveza hasta la muerte (recordemos su propuesta de epitafio: “Aquí yace Bukowsky, podrido en vida y aquí también”). Lo mejor de estos personajes es que no representan a nadie, son lo que son, no imitan ni se parecen, incumplen su cita con la alegoría, vomitan ante lo emblemático. Están vivos y muertos, son personajes perpetuos, por eso el Gary de Rafael Chaparro no tiene por qué parecerse al gringo, no le debe más que el nombre[2].

A nosotros el manejo de toda la estructura de la novela nos atrajo formalmente, pero sobre todo la composición de los personajes. Cuando digo nosotros, hablo de mí en dos periodos tiempo: me gustó a mí cuando la leí y a mí cuando escribí la adaptación. También hablo de todos los actores y de su enamoramiento por los personajes que interpretaron. Recuerdo mucho cuando le presenté la obra al elenco. Les dije: léanse esto, porque esto tiene que verse y no solamente leerse.
Por ese texto hubo un gran amor y una entrega absoluta de parte de todos. Durante el proceso de montaje y ensayo discutimos mucho, como se debe, a los gritos. Fueron confrontaciones de todas maneras hermosas que se generaron, por ejemplo, cuando los actores me decían que no se querían dejar quitar un parlamento. Yo les decía que como la cosa era muy literal había textos que no me servían. Pero ellos, enamorados de lo que tenían que decir, me exigían que no, que esos textos los decían porque los decían. Igual, después de un rato de gritos amorosos, llegábamos a acuerdos.
La obra contó con la actuación de Juan Pablo Franco, Álvaro Bayona, Fernando García, Luis Fernando Bohórquez, Diego Vásquez, Julio Galeano, Marcela Valencia, Ana Mazari, Victoria Góngora y Pilar Álvarez[3]. Como ya dije, la adaptación y la dirección las hice yo. Hay una anécdota con el actor que yo quería para Sven, con Juan Pablo Franco. En el momento en que yo empiezo a tener ganas de realizar el montaje él tenía muy mala reputación. Él es un excelente actor, pero en ese entonces se rumoraba que estaba muy desordenado con su vida y tenía problemas con el alcohol. Por esos rumores yo lo busqué y le dije: necesito un actor como usted que no sea usted, léase esta adaptación y luego hablamos. En efecto lo hizo y luego me dijo que ese personaje era para él, que nadie más lo podría hacer. Durante todo el proceso, tanto de montaje como de temporada, Juan Pablo fue el más disciplinado de todos. Eso fue maravilloso y hoy puedo decir que es uno do los roles que mejor ha personificado. Yo lo imaginé perfecto para el papel y lo fue.
Opio en las tablas
Dos de las características de la novela que yo creo que la hacen más atractiva, son las alteraciones temporales y la propuesta de Chaparro de mostrarnos un viaje, a través de unos territorios espaciales que no son los tradicionales a los nuestros. Eso mismo se intentó manejar en la obra. No fue nada fácil adaptarla porque hay en la novela grandes monólogos y una narración muy alterada, en donde no siempre habla el mismo personaje. El único monólogo de la adaptación fue el de Pink Tomate, que atravesó toda la pieza. Todas las escenas fueron dialogadas entre Amarrilla y Sven; Marciana y Max, Piel Roja y Max; Max y Gary Gilmore; y el resto. La novela es muy polifónica y la obra de teatro también lo fue.
Hubiera podido organizar a los personajes en una línea aristotélica de continuidad, en orden cronológico, pero no lo hice para no quitarle fuerza a la pieza. No lo hice porque los personajes, según la estructura temporal de la novela, pasan de la vida a la muerte y viceversa, o de jóvenes a viejos de una manera muy bella.
Algunos capítulos no pudieron ir en la obra, como “DC-3 Espinacas de Mayo”El Señor Árbol de Mermelada, El Señor Viento y La Señorita Tetas de Mantequilla. Fueron capítulos que para mí no tenían el valor escénico que necesitaba y recrear los espacios era muy difícil por su valor tan literal. Y es que una de las cosas del trabajo de la adaptación teatral, y cuando uno mismo dirige, es que se tiene que trabajar y pensar primero sobre los espacios reales. Lo mismo hice con los que Chaparro planteó en Opio, y por eso tuve que pensar en ambulancia, en bar, en hipódromo, en cárcel, en manicomio, etcétera. Lugares reales donde intervienen y respiran los personajes. Después de eso tuve que pensar como director, para ver cómo iba a meter todos esos espacios en el escenario. La solución la encontré con una escenografía vertical, con una estructura metálica de varios niveles en donde los personajes iban y venían, subían y bajaban. También metí una ambulancia y colgué un carro del techo, entre otras cosas. Fue un gran desafío.
Única temporada
En 1994 yo apliqué para una beca de creación con Colcultura y la gané. Con eso obtuve los medios para hacer Opio en las nubes y la estrené en el Teatro Colón, donde estuvo por poco tiempo. La gran temporada, la única, fue en el Teatro Nacional de la 71. Allí le fue muy bien, aunque ese espacio no era, ni es, un espacio para trabajos de este tipo, de este corte tan experimental, con un lenguaje tan contemporáneo y una temporalidad tan alterada. Le fue bien, a pesar de que en ese escenario tradicionalmente han estado obras del teatro universal y el público de allí es muy específico.
No volveré a temporada[4] con Opio en las nubes. Todo proyecto que hago empieza a dejar de satisfacerme y lo olvido para pensar en el siguiente, en uno mejor. Sé que la obra no me quedó todo lo buena que esperé y que tal vez ahora la adaptaría mejor, pero eso no podrá saberse. Ahora me quedo con los buenos recuerdos y en mi cabeza persiste uno muy especial, el de la última escena, que para mí fue la mejor, donde Amarilla se despide de Sven mientras se va en un bote. Lástima que Chaparro no viera la obra porque el día exacto que terminé la adaptación me enteré por el periódico que se había muerto.
Amarilla se montó en el bote. Ya estaba anocheciendo y en el fondo se veía la ciudad con todo su murmullo confuso de luces, ruidos y muertos que reían, cagaban, hablaban y fumaban. Desamarré el pequeño bote. Amarilla me mandó un beso y yo empujé el bote hacia el mar. Desde el bote Amarilla me hizo un señal, te vi perro, yo también te vi perra y entonces le tiré una botella y un paquete de cigarrillos y le grité oye nena sin ti no puedo obtener satisfacción y ella sólo movió los labios y me dijo te amo perro y yo le dije, claro yo también te amo perra. El bote se bamboleaba lentamente con las olas del mar. Al cabo de unos instantes la oscuridad se la había tragado.
Rafael Chaparro Madiedo.
Opio en las nubes

[1] La adaptación de Fabio Rubiano no es la única que se ha hecho al teatro de Opio en las nubes. También el grupo bogotano Jóvenes Libres realizó un montaje titulado Ciudad rota, el cual llevaron al Festival Internacional Teatro a Mil, en Santiago de Chile. Otro montaje es Avenida Blanchot, una versión para narración oral del cuentero José Ricardo Alzate y su hermano gemelo, realizada en 1998 y que además de ser presentada con frecuencia en el teatro La Sala, de Medellín, en 1999 ganó el Festival de Cuenteros de la misma ciudad, en donde obtuvo el primer lugar en la modalidad de montaje. Además, Avenida Blanchot ha estado en todos los festivales de cuenteros del país y en varios festivales de teatro como el de Manizales y en el Festival Internacional de la Oralidad de Venezuela.
[2] Rubiano, Fabio. “Prólogo”. En: Opio en las nubes. Bogotá: Proyecto Editorial, 1998. p. 13 y14.
[3] Estos son los roles interpretados por los actores: Ana Mazari hizo de Marciana, Marcela Valencia hizo de Amarilla, Luis Fernando Bohórquez hizo de Highway 34, Álvaro Bayona hizo de Pink Tomate, Julio C. Galeano hizo de Lerner, Diego Vásquez hizo de Max y Juan Pablo Franco hizo de Sven.
[4] La obra estuvo en temporada desde el 15 de septiembre hasta el 16 de diciembre de 1995, en el Teatro Nacional de la 71, en Bogotá.


4 comentarios:

ANNDY dijo...

Buenas noches, primero que nada quiero agradecerle por su excelente investigación.

Segundo, me gustaría conocer mas de su trabajo porque comparto esa admiración por Rafael Chaparro; entre otras cosas porque estuve muy serca de él y jamas recuerdo haberlo visto, vivia en Niza, hasta hace poco, vivia pegado del T.V. a las 4 mas o menos, cuando transmitian "la brujula magica", y bueno mil anecdotas mas que me dicen que me falto tiempo para que o chaparro o yo nos pisaramos los talones.

Conoci Opio en las nubes, en el 2000 y desde entonces son pocos los que he sabido les encanta esta novela, pero ahora con su blog creo que he encontrado una autopista hacia el fundador de la avenida blanchot.

me encantaría poder recibir de usted un "feedback", porque tambien me gusta la literatura y me aventuro mucho en ella, pero de seguro una mirada suya serviria mucho a mis inquietudes.

Ximena dijo...

La Avenida Blanchot donde quedaría?

Anndy Rod dijo...

Yo me imagino que en el mismo lugar por donde ahora fuma, camina, lee, escucha música, el nuevo vecino en el barrio de la Blanchot... ¿como se llamará?, ¿Rafael Chaparro?

Alejo dijo...

Gracias por los comentarios.
Cualquier cosa, agocho49@gmail.com o Alejandro González Ochoa en Facebook.

La avenida, creo, es la misma Calle 85.