martes 23 de septiembre de 2008

Nota del doliente de este espacio

Elaboré Crónicas de Opio: testimonios sobre el escritor que quería ser gato para agradecerle a Rafael Chaparro Madiedo su Opio en las nubes. Ese libro me llenó la vida de delirio. Me dio también otras miradas, otros olores, otros sabores, un color diferente para el humo del cigarrillo. Lo único que quiero hacer con este blog es dar a conocer aspectos de la vida y de la obra de Rafael Chaparro. Aspectos que me fascinaron y que no quiero que pasen desapercibidos. Quiero compartirlos.

Doy a conocer esos aspectos sensacionales en una forma menos romántica, menos amena y menos cercana. No están impresos, por tanto no existe la relación libro-tacto-espíritu.

Este sitio es lo que nos queda a mí, y a los posibles navegantes interesados en Pink Tomate, Amarilla, Gary, y los demás personajes de Opio, para recordar un libro, un universo que nos dio la agilidad para saltar de tejado en tejado y una garganta sin asperezas para bebernos sin atosigamiento una Ambulancia con whisky.
Salud!!!

Una carrera contra el tiempo... Recuerdo del escritor que sabía que moriría joven

Rafael Chaparro. Fotografía: La Prensa.

Nadie puede afirmar que Pink Tomate fuese su encarnación literaria, pero como el prodigio de la literatura permite que el lector especule y arme el rostro y la sicología de sus personajes de papel, a muchos nos ha dado por pensar en un gato con gafas redondas, que quería acabar con la existencia de todos los cigarrillos Pielroja, todos los chicles, todas las botas de gamuza, todas las nubes y todos los aromas. (…) Los no lectores, los facilistas, los lenguaraces, los críticos de borrachera, jamás entenderán que esta novela, más que para leer, se escribió para fumar.

Ignacio Ramírez.

“Nefelibata y Opio”.

Lecturas Dominicales, El Tiempo. Abril 11 de 1999.

El humo de los Pielroja que le salía por la boca era una extensión de sus palabras y les daba el acento y la fuerza necesarios para ser muy claro en todo lo que me contestó esa tarde. Varias cosas más advertí durante la entrevista que le hice a Rafael Chaparro Madiedo. Una de ellas: que él sabía perfectamente de la inminencia de su muerte. Otra: que era un tipo muy talentoso y con un amplio bagaje de lecturas. Y también que su timidez podría compararse con lo medrosos que son los gatos. Después de ese día no lo volví a ver jamás.

Ignacio Ramírez[1] entrevista a Chaparro

En octubre de 1992, cuando los jurados del Premio Nacional de Literatura de Colcultura dieron como ganadora la novela Opio en las nubes, de Chaparro, lo llamé y concerté una cita para entrevistarlo. Después de ese encuentro le dije que quería leerme la obra antes de hacer un perfil y él me prestó su manuscrito, cosa que muy pocos podemos contar.

Cuando llegué a su oficina en el diario La Prensa me presenté y de inmediato encendí mi grabadora. Luego me di cuenta de que todos los casetes que usé quedaron en blanco porque conecté el micrófono por el orificio de los audífonos. Entonces tuve que escribir el perfil de memoria para el periódico El Tiempo, donde tenía una columna que se llamaba “Literalúdica”[2] especializada en escritores colombianos.

En el inicio de la entrevista fue muy difícil sacarle a Chaparro más de dos o tres palabras. Mi primera impresión fue que me encontraba ante un tipo muy tímido, que no hablaba más de lo necesario y que desconfiaba de mi presencia. Él era como uno de los personajes de su novela, como el medroso Pink Tomate. En todo caso, y por fortuna para mí, cada pregunta que le hacía actuaba como una especie de paliativo para combatir esa timidez abismal. Al final terminamos hablando de manera amena de muchas cosas, sobre todo de literatura, un campo en el que descubrí a un Rafael Chaparro muy joven y talentoso, que sentía una profunda admiración por los versos malditos de Baudelaire y Rimbaud y también conocía muy bien la obra de René Chart, Pavese y Céline. Había diversificado mucho sus lecturas para ser tan joven. Para entonces debía tener veintiocho años.

Una persona puede tener mucho talento, pero si no ha aprendido a leer y a escribir con disciplina, comete errores. Él ya tenía un oficio de escritor y me di cuenta de eso. Ya había leído mucho y también escrito mucho. De otra forma no hubiera podido concebir Opio en las nubes. Esa es la única manera en la que se consolida un escritor. En literatura no existe casi la precocidad, hay un poeta que es Rimbaud que a los dieciséis escribió Una temporada en el Infierno; o un novelista como Vargas Llosa que a los veinte años ya estaba escribiendo La ciudad y los perros. Eso fue lo que vi, que el tipo tenía ya formada una trastienda de conocimientos de buenos autores como Joyce, quien es evidente en Opio en las nubes por la experimentación con el lenguaje y un poco por el delirio. Chaparro escribió una locura y por su talento y sus influencias le salió algo con ritmo y coherencia. Yo no tengo la menor duda de que era muy talentoso.

La descripción

Recuerdo su aspecto: era un muchacho de gafas y mirada introvertida, pero al tiempo observadora, como si estuviera pendiente de todo detalle. Sus ojos eran oscuros, su pelo también. Usaba jeans desteñidos, camiseta de algodón por fuera y botas de gamuza con suela de goma, de esas que estuvieron muy a la moda entre los que somos de la generación de los sesenta. Me dijo que siempre las usaba como señal de su identidad. Parecía, en resumen, el típico estudiante universitario de la época, pero de los del tipo automarginado, en contravía con todo y sin intención de llamar la atención. Si uno no lo supiera, no podría adivinar que ese muchacho fuera uno de los libretistas del programa de televisión Zoociedad.

Chaparro era un hombre de excesiva timidez, hablaba muy bajito y estuvo evidentemente nervioso durante la entrevista. Entre tanta timidez y humo de cigarrillo se le notaba que estaba algo más que feliz por haberse ganado el premio de novela. También fumaba mucho. Recuerdo que durante nuestra charla se fumó por lo menos un paquete de Pielroja y en algunos momentos prendió, casi con angustia, el cigarrillo siguiente con la colilla todavía encendida del anterior. En algunos otros le daba vergüenza verse tan compulsivo y apagaba el cigarrillo con rabia y fuerza en el cenicero y sacaba un fósforo para encender otro. Así se la pasó toda la tarde. Hoy pienso que esa forma compulsiva de fumar se debía a la certeza de que pronto iba a morir. Ya incluso sabía que su muerte se llamaba lupus, una enfermedad bastante rara.

La certeza de la muerte y sus influjos literarios

Nadie ha comprendido que el tabaco es el mejor amigo del escritor en esas noches solitarias cuando uno está frente al computador y la pantalla está en blanco. El tabaco es una especie de mar extraño por donde navegan las ideas. Unas se van con el humo. Otras se quedan. Se escriben.

Rafael Chaparro Madiedo.

“Un poco triste, pero más feliz que los demás”.

La Prensa. Enero 22 de 1995.

Él me habló de su enfermedad y, por lo que dijo, y por lo que uno encuentra en su novela, era muy consciente de que ya lo estaba rondando la muerte, de que no había escapatoria. Se aferraba angustiosamente al cigarrillo de turno, como si éste le diera paz y le devolviera un poco de vida. Según él, lamentablemente estaba en una carrera contra el tiempo, y la novela, precisamente, mostraba buena parte de esa vertiginosidad impuesta por la circunstancia misteriosa por la cual iba a morir joven y no podría escribir más. Opio en las nubes revela esa condición, es una desaforada carrera para contarlo todo. Es decir, la noche se va a acabar y lo que realmente vale la pena es la noche, entonces hay que salir corriendo antes de que termine, hay que escribir un libro antes de que termine.

Yo creo que él pretendía que Opio en las nubes fuera como una especie de testamento literario. El libro es toda la zaga entre la vida y la muerte, en la noche, con la presencia palpitante de Bogotá. También están las grandes ciudades como Nueva York de noche. Y es que hasta ese momento la ciudad, dentro de nuestra literatura, no había sido contada de esa manera. Sobre la noche se ha escrito desde los inicios de la literatura, pero así con tanto afán, con tanta carrera y delirio, con tanta certeza de que eso va a terminar, nadie lo había hecho.

Lo que vino después

Finalizada la entrevista, por la noche leí la novela y me gustó muchísimo. Desde el momento en que leí la primera línea fui atrapado por su novedoso estilo. Luego devoré cada página sin pausas hasta la madrugada. Para siempre quedé con la sensación de que Opio en las nubes fue escrita con tinta de humo de cigarrillo, más apta para los lectores fumadores, y con el sonido y la presencia permanentes de una ambulancia.

En la mañana me fui feliz a compartirla con un grupo de escritores de otras generaciones y esta gente le hizo el feo. Ninguno la aprobó y la compararon con Que viva la música, de Andrés Caicedo. Y aunque sin duda hay una cadena de novelas musicales en la historia de la literatura colombiana, dentro de esas la de Caicedo, al lado de novelas como la de Magil[3] (Conciertos del desconcierto), la de Rafael Chaparro no se centra en lo musical sino en la ciudad. Estos escritores le hicieron el feo a Opio en las nubes porque era de un muchacho. Eso es cierto, porque cuando la novela llegó a manos de los jóvenes pasó todo lo contrario: sintieron que ahí había otra cosa, se identificaron con ella y se dieron cuenta de que estaba inaugurando una enorme cantidad de ámbitos no tratados en la literatura nacional.

Su lenguaje es muy vertiginoso, bien utilizado, inteligente, que absorbe, que deja que uno participe en él, que hace que uno no suelte la novela y por eso me dio tanta tristeza y sentí tanto vacío cuando los escritores, ufanos de ser muy importantes, rechazaron la obra sin argumentos objetivos. Pienso que sin que sea una obra maestra, Opio en las nubes partió en dos una buena parte de nuestra literatura.

Luego surgió una serie de gente muy brillante, joven por supuesto, que asumió que no había que comerle carreta a los críticos que desbarataban la novela y que hoy en día la miran todavía por encima de los hombros, porque no la han leído o porque no saben leer ese tipo de cosas. Entonces, empiezan a publicarse en diversos medios todo tipo de textos y ensayos sobre Opio, en los que personas como Luz Mary Giraldo, Álvaro Pineda Botero, Mario Jursich Durán, María Alejandra Jaramillo y otros, argumentaron virtudes de la novela. El hecho de que Fabio Rubiano la haya montado al teatro y que creara una afortunada versión, es muy diciente. Porque Fabio es un buen director de teatro y porque, para mí, Opio en las nubes es lo mejor que ha montado dentro de su experimentación. Otro grupo bogotano, Jóvenes Libres, también la montó y la llevó a Chile con éxito. Este tipo de cosas le da validez al fallo de los jurados y ayuda a ratificar la importancia de la novela.

Entre líneas

Era la época de Pablo Escobar y de otros narcotraficantes duros que movían mucho dinero y hacían estallar bombas, como la del centro comercial de la 93. Época tan crítica como han sido todas y que estuvo marcada por un enorme desconcierto. Los capos con su dinero inundaban todas las esferas. Recuerdo que sucedió un fenómeno muy grave con las artes plásticas, pues alguien les dijo a estos señores que tener obras de arte era un buen negocio, una magnífica inversión. Escobar, por ejemplo, llegó a tener hasta un Picasso. Eso encareció hasta el más insignificante cuadrito, y lo mismo ocurrió con todo.

También surgieron unas ‘subliteraturas’ mediante las cuales se hacían desmesurados elogios a estos personajes y que por fortuna nunca fueron hechas por un escritor profesional. Ahí sólo intervinieron periodistas oportunistas sin vocación literaria, que escribieron biografías de Pablo Escobar, Rodríguez Gacha y otros más.

Todo ese tipo de cosas tiene que asumirlas un escritor como Rafael Chaparro Madiedo, que aparte trabajaba como periodista. Me atrevo a decir que esta época lo marcó como nos marcó a muchos. Sin embargo, sé que él no estaba inmerso en ese mundo porque tuvo la fortuna de ser cronista en el diario La Prensa, un medio muy particular, pues siendo `pastranista`, con una enorme carga de cosas para criticarle desde el punto de vista político, tenía el único espacio visible para el arte. Ellos le dedicaban varias páginas grandes a lo cultural, con una forma muy bien desarrollada y con una planta muy lúcida de personas como William Ospina y Fernando Garavito. Allí Rafael tenía rienda suelta para escribir de lo que le gustaba. En todo caso uno podría encontrar muchas cosas de la Colombia de entonces en su novela, sólo que no tan palpables.

El recuerdo

Rafael Chaparro Madiedo murió de 31 años en la noche del 17 de abril 1995, a causa del lupus. Hoy, su única novela, que fue escrita contra el tiempo, sigue siendo muy popular entre los jóvenes. Es de mis favoritas y la he leído un par de veces. Conocerlo esa tarde fue una experiencia que recuerdo. Dos meses después de su muerte volví a tener en mis manos a Opio en las nubes y escribí para la revista Credencial, como homenaje, el artículo “Chaparro: Un socio para el club de los muertos”. En ese texto jugué con varios apartes de la novela y recordé la muerte de Sven como si fuera la de Chaparro, como si hubiese sido abaleado, o apuñalado en el baño lleno de vómito de un bar, mientras sonaba la canción With or Without you de U2, y luego fallecía en un ambulancia:

La gente me miraba con esos ojos que decían, pobre chico, tan joven, tan sano, tan blanco y yo les dije tranquila gente, no soy tan sano, ni tan limpio, ni tan creyente, no me lavo todas las mañanas los dientes como ustedes, no leo tantos libros, no hago deporte, ni rindo tanto en el trabajo como ustedes, tranquila gente.

Siempre había querido una muerte así, con violencia, con whisky en la mitad de los sesos, una muerte nocturna y en una ambulancia con una enfermera que me dijera que pasáramos la noche juntos.

Cerré los ojos y de pronto me sentí como un árbol atravesado por cuchillos blancos[4]. (p. 16).


[1] Ignacio Ramírez fue escritor y periodista. Trabajó para el periódico El Tiempo en la década de 1990 y también para la revista Credencial. Durante mucho tiempo, hasta que su salud se lo permitío, mantuvo la publicación por internet sobre periodismo, literatura y cultura denominada Cronopios, cuya dirección es http://cronopiosdiariovirtual.blogspot.com/. Esta entrevista fue hecha en noviembre de 2006. Ignacio murió el 20 de diciembre de 2007.

[2]Literalúdica” fue una de las secciones del suplemento Lecturas Dominicales de ese impreso. Allí Ignacio Ramírez también publicó el texto Nefelibata y opio, en el cual resaltó el lanzamiento de la segunda edición de Opio en las nubes (la primera de Proyecto Editorial) que venía con un prólogo de Fabio Rubiano, quien en 1995 había adaptado Opio al teatro. En ese artículo también se menciona la postulación de la novela en 1993 al premio Rómulo Gallegos, “la más alta distinción literaria entre los latinoamericanos” según Ramírez.

[3] Manuel Giraldo, más conocido como "Magil", en 1981 ganó el premio nacional de novela Plaza y Janés con Conciertos del desconcierto. El Instituto Tolimense de Cultura publicó en 1982 su libro de cuentos Más de noche y otras apariciones, que reeditó la editorial Oveja Negra. También es el autor de la novela Iluminados de 1994.

[4] Ramírez, Ignacio. “Chaparro: Un socio para el Club de los Muertos”. En: Credencial. Bogotá, junio de 1995. p 12 a 16.

En Niza, la familia Chaparro

Ya nada es como antes en la 123. (…) Antes todo era como antes. Por ejemplo la señora Aminta ya no sale tanto a Carulla porque tiene que ir al Conservatorio a llevar al Pajarraco a clase de Lapidus. El cuento de siempre. Que el niño se llevó la camioneta para la universidad y que ahora en qué me voy. Apúrele Ángela. ¿Ya se tomó la leche?

Rafael Chaparro Madiedo.

“Ya nada es igual en la 123”.

La Prensa. Mayo 5 de 1990.

Lo que yo tengo que decir sobre Rafael no difiere mucho de lo que diría cualquier padre sobre uno de sus hijos por lo que está lleno de afecto. Puede que para las personas ajenas sea algo de poco valor, que carece de interés, pero para mí es todo lo contrario.

La familia

Todo comienza cuando terminé ingeniería eléctrica en la Universidad de Santander en 1960. En Bucaramanga conozco a Aminta Madiedo, quien había estudiado docencia, y con ella me caso. Yo me vine a vivir durante un año a Bogotá, me gané una beca para estudiar en Alemania y los dos nos fuimos para ese país y permanecimos allí dos años. Al regresar nos radicamos en Bogotá y el 24 diciembre de 1963 nació Rafael.

Primero vivimos en otro barrio y desde 1968 estamos aquí en Niza. Cuando eso yo estaba trabajando con la empresa Ingetec, firma que se dedica a obras de ingeniería de consulta y ha desarrollado muchas obras públicas en el país, como carreteras, puentes, túneles, centrales hidroeléctricas, viviendas, etcétera. Hoy por hoy es una de las empresas más grandes de ingeniería en Colombia.

Para esa época Bogotá ya daba muestras de su crecimiento y desarrollo. Ya existían los barrios tradicionales como Chapinero y Teusaquillo, desde los cuales empezó la verdadera expansión de la ciudad hacia el norte. Cuando las casas de Niza se construyeron, casi todo por aquí era potrero, el tráfico era muy sosegado y era bastante común ver por todas partes los famosos ‘carromulas’. En general se veían pocos automóviles y buses que transitaban por una vía de acceso pequeña que luego se convirtió en la avenida Suba, la misma por la que hoy transita el Transmilenio.

En esta casa hemos vivido casi siempre y aquí también nacieron el resto de mis hijos. La familia completa la componíamos Aminta y yo, Rafael Chaparro Beltrán, y mis hijos Rafael, Sergio Luis, las gemelas Isabel y Liliana, Silvia Patricia, Carlos Alberto y Ángela María. Digo que la componíamos por lo de Rafael y porque hace poco también murió mi esposa. Una verdadera lástima, pues ella le hubiera contado muchas más cosas que yo.

La infancia

El nuevo centro comercial ‘Bulevar Niza’ está construido en lo que antes era un potrero donde los niños del barrio elevaban sus cometas y acometían largas jornadas de safaris acuáticos en busca de ranas y sapos. Ahora sólo se ven sapos de reeebok y sapas con minifalda. Las largas tardes de frío se cambiaron por pasillos iluminados por el neón. De la rana a la hamburguesa. De la cometa a la última moda de los jeans oxidados. (…) El ‘Bulevar Niza’ logró atrapar a la Rana de Oro o por lo menos la debe tener encerrada en alguno de sus acuarios de neón.

Rafael Chaparro Madiedo.

“Adiós a las ranas”.

La Prensa. Diciembre 18 de 1988.

Rafael ingresó al colegio Helvetia, institución fundada por suizos que queda muy cerca de aquí, y mientras fue un niño Aminta lo llevó y lo recogió a pie todos los días. Desde entonces empezó a demostrar una fuerte y temprana inclinación por la escritura, la lectura, y por las artes escénicas, participando en obras de teatro y en grupos de literatura, en los que su madre siempre fue su cómplice y pieza importante porque al ser ella docente manejaba muy bien el lenguaje y lo instaba siempre a la lectura y a la buena escritura. También le gustó mucho jugar básquetbol y en algún momento el equipo del Helvetia ganó un torneo intercolegiado y se fue a competir a unos juegos en San Andrés Islas. Recuerdo también que en este colegio tuvo problemas en el cuarto grado y lo repitió. De todas maneras fue siempre un estudiante aplicado y sólo sobresalió en materias relacionadas con sus gustos.

En la casa siempre fue muy obediente y se ciñó a las reglas del hogar y así lo hizo siempre. Aunque su modo de ser nunca fue el de alguien malgeniado tenía algo de terco, pero siempre fue una persona muy amable. Con su mamá era muy especial, igual que con sus hermanos y hermanas aunque era muy callado, especialmente cuando hacíamos reuniones familiares. Mientras todo el mundo hablaba él se quedaba mirando y no abría la boca para nada a no ser que alguien le preguntara algo. Hasta en eso se comportaba como un escritor que se la pasa todo el tiempo observando y dándose cuenta de detalles que la gente del común no ve. Usted sabe que todo buen escritor le mide el pulso a su alrededor desde la constante observación. Pero su silencio era normal, cuando tenía que decir algo lo decía y cuando se tenía que enojar se enojaba. Algo del carácter santandereano había en él.

Hablar de la infancia de Rafael es hablar de una cuadra llena de pelados de la misma edad que vivían por todos lados jugando y que cuando no tenían la calle llena de rampas para sus bicicletas o monopatines, la inundaban con sus partidos de fútbol eternos. Desde entonces viene la imaginación de escritor de mi hijo y alguna vez me pidió que le comprara un par de botas de caucho para irse de expedición con sus amiguitos a un lote fangoso, donde hoy queda el Bulevar Niza, en busca de la Rana de Oro. Una leyenda que no sé quién la inventó pero que él se encargó de darle mucha importancia y consistía en que si la Rana de Oro era atrapada el pantano se secaría. Incluso hasta escribió alguna crónica sobre ella para La Prensa, al igual que escribió otras tantas sobre su infancia y sobre Niza[1].

Más o menos así transcurrió la infancia de Rafael y cuando no estaba jugando o estudiando estaba leyendo, viendo Tarzán los sábados a las diez de la mañana, por el Canal Uno, o ideando algún proyecto para realizar con sus amigos, a los cuales también les tenía apodos como ‘Taofo’, ‘Cabezón, ‘El Tigre’ y ‘Farolo’.

El periodismo

Del Helvetia Rafael pasó a la Universidad de los Andes, donde estudió filosofía y letras hasta finales de 1987. Luego se fue para Momtpellier a hacer unos estudios relacionados con su profesión y regresó para trabajar en un periódico de la familia Pastrana llamado La Prensa. Eso fue en agosto de 1988 y desde entonces se hizo a un buen nombre en ese periódico y terminó ejerciendo un oficio inesperado, pero que le agradó porque le mantuvo la muñeca caliente al escribir todo el tempo. En este periódico conoció a García Márquez, quien se lo llevó a estudiar en San Antonio de los Baños en su curso de Cine y Televisión.

Antes de eso, en marzo de 1987, Rafael funda con unos compañeros de la Universidad de los Andes un periódico llamado Hojalata, en el que se escribieron textos de todos los tipos y géneros, y aunque al principio los directivos de la institución no lo vieron con buenos ojos, lo terminaron aceptando porque no les representaba ningún problema, porque resultó ser una buena publicación y porque, además, era el primer periódico que se fundaba en esta universidad. No más de dos problemas tuvieron con esa publicación y un artículo en especial los hizo tambalear, cuyo título es: “Uniandinos de frente a Monserrate de espaldas al país”[2]. Con Hojalata hubo muchos ánimos y expectativas, pero no lograron mantenerlo vivo y alcanzaron a imprimir alrededor de catorce números nada más.

En la misma universidad mi hijo entabló amistad con Jorge Mario Eastman, cuyo padre homónimo fue el dueño, junto con Carlos Lemos Simmonds, de la desaparecida revista Consigna. Una publicación quincenal a la que él pudo entrar como redactor cultural y luego como columnista de una sección llamada “¡Luz, más luz!”. En esa revista permaneció hasta marzo de 1990.

Su paso por Los Andes le sirvió de mucho porque, además, una de sus compañeras, cuyos padres eran los dueños de una programadora llamada Cinevisión, lo invitó a trabajar con ella en televisión en un proyecto llamado Zoociedad, del cual Rafael fue libretista y trabajó con Jaime Garzón. Mientras empezó este programa él siguió colaborando con La Prensa como columnista y eso lo hizo hasta su muerte. Cuando se acabó Zoociedad siguió haciendo esto a la par de Quack y La brújula mágica.

La pintura

Aquí se conservan muchas cosas de él. Hay fotografías, un álbum de recortes de prensa que hizo Aminta con muchos de sus artículos y con otros tantos que salieron cuando Rafael se ganó el Premio Nacional de Novela y también cuando Fabio Rubiano adaptó Opio a las nubes al teatro. Hay varios textos inéditos, entre ellos una novela llamada El Pájaro Speed y su banda de corazones maleantes y un libro con cuentos. Otros tantos de esos escritos se perdieron en su computador que años atrás se regaló.

En el que fue su estudio, donde todos los días se quedaba trabajando hasta altas horas de la noche, están muchos de sus libros. Algunos todavía tienen sus anotaciones. También está su equipo de sonido con grandes bocinas, y como una de sus grandes aficiones fue la música, coleccionó bastantes discos, sobre todo de rock. Muchos de sus amigos quisieron llevarse un recuerdo de él después de su muerte y varios vinieron y se llevaron uno que otro de sus discos, por lo que ya quedan pocos.

Su gran fascinación fue un Renault 4 de color beige que yo le vendí. Y eso que él siempre dijo, hasta que tuvo ese carro, que nunca compraría uno porque se mataría sacándole la máxima velocidad todo el tiempo. Igual, como siempre fue muy diligente en su mantenimiento venía todo el tiempo con historias de que había rebasado carros último modelo. Por ese carro se interesó otro de sus amigos, alguien que no logro recordar, y yo se lo vendí.

Pero lo más vistoso en esta casa y que nos quedó de Rafael son sus cuadros. Una de las cosas que me faltó por decir es que él siempre llenaba sus cuadernos de estudio o sus libretas de apuntes de garabatos y toda clase de dibujos, con lo que desarrolló un estilo propio y cierta destreza en los trazos.

Entonces él, antes de estudiar filosofía, quiso estudiar arte en la Universidad Nacional, y allí estuvo un semestre. Eso no le gustó y se fue para Los Andes. Luego se interesó por la pintura y se metió a un taller con el pintor Jaime Manzur, quien además es reconocido por fabricar excelentes marionetas. Como ya tenía cierta cercanía con ese mundo, aprendió bastante y pudo pintar cuadros bastante buenos. Muchos de ellos los tienen sus amigos, pero estoy seguro de que la mayor parte la tenemos nosotros. Hay que decir también, no soy capaz de recordar dónde ni cuándo, que expuso algunos de ellos. Pero él no trascendió en la pintura y siempre la tuvo como un pasatiempo. Si usted quiere, puede tomarles fotografías a algunos de los cuadros que hay en la casa.

El principio del fin

No todo en la vida de las personas es bueno o está lleno de cosas positivas. Desafortunadamente a mi hijo le diagnosticaron a los veinte años una enfermedad muy extraña llamada lupus[3]. Por tal razón le tocó empezar a tratarse con muchos medicamentos y sufrió varias crisis de salud. Además, ese mal se le focalizó en los riñones, los cuales con frecuencia hacían que su cara cambiara de color o se hinchara un poco. En todo caso nunca se desanimó, nunca se le vio triste y mucho menos se le escuchó un solo quejido. Así, entre tratamiento y chequeos médicos, logró vivir poco más de diez años sin problemas, hasta que en un terrible mediodía de febrero de 1995, mientras se dirigía con sus compañeros de trabajo para la oficina, un conductor imprudente en su ‘Volkswagen’ lo atropelló en el cruce de la avenida 19 con Quinta. Ese fue el principio del fin de mi hijo, el talón de Aquiles que el lupus encontró para llevárselo. En ese suceso se hirió una rodilla y una pierna y en un hospital, desconociendo su condición de enfermo de lupus, le aplicaron unos antibióticos que le afectaron directamente los riñones, lo que hizo que su estado se agravara y pasara los dos últimos meses de su vida muy enfermo. Finalmente, en la madrugada del martes 18 de abril, murió en la Clínica Santafé.

En el tiempo en que estuvo así nunca dejó de escribir y su mamá o su novia le llevaron sus artículos y sus libretos al trabajo. En la casa pasó muchas dificultades, pero nunca nos imaginamos que se iba morir. Es más, el último día que pasamos juntos yo lo llevé a dar una vuela al parque del barrio y él no fue capaz de regresar por sí solo y me tocó traerlo alzado. Eso fue el Domingo de Resurrección de la Semana Santa de 1995. A las malas lo llevamos a la Clínica Santafé y finalizando el Lunes de Pascua se agravó hasta la muerte, que según el dictamen médico ocurrió pasada la una de la mañana del martes. Él siempre odió las clínicas y los hospitales y como la vida es contradictoria le tocó morirse en un lugar que detestaba. Al final pasó sus momentos al lado de su novia, Claudia Sánchez. Para mí no es fácil seguir hablando de esto y creo que ya es suficiente con todo lo que le conté.

Había llegado del colegio y no comprendía muy bien por qué los ángulos de los triángulos sumaban entre sí 180 grados no entendía nada de nada ni en las mañanas ni en las noches era una tarde de lluvia tenía la cabeza al revés junto a Bayer y a Leonid los dos otros mocosos con los que andaba nos pusimos a construir la casa de madera en el árbol (…) una puntilla aquí otra puntilla allá más allá jueputa me machuqué el dedo una cura Bayer échese babas muchas babas diga sana que sana culito de rana o más bien sana que sana culito de vieja sino mamarás hoy mamarás mañana dilo Sven... [4]

Rafael Chaparro Madiedo

(Opio en las nubes)


[1] Rafael Chaparro Beltrán se refiere a textos como: “Adiós a las ranas”; “Ya nada es igual en la 123”; “Niza, by by”; “La increíble historia del siniestro Doctor Bolsita Negra y sus amigos”; y “Faustino no mataba perros amarillos”. En este último artículo, una crónica sobre cuando él tenía diez años y sobre el ‘Tino’ Asprilla, Chaparro habla así de su infancia: “Pasó el Mundial del 70 y mi hermano y yo seguíamos matando perros amarillos en las tardes aburridas del barrio. Pasó el Mundial y mi hermano y yo montábamos en bicicleta, pero no podíamos obtener satisfacción porque la niñez es un desequilibrio de lo real, porque en la niñez no tenemos recuerdos porque vivimos en los recuerdos futuros”. Algo de la crónica citada hace parte de uno de los capítulos de El Pájaro Speed y su banda de corazones maleantes, novela que Chaparro dejó inédita.

[2] El artículo al que se refiere Rafael Chaparro Beltrán fue publicado en el segundo número de Hojalata, en mayo de 1987, y fue escrito por Patricia Ruan.

[3] El lupus es una enfermedad inflamatoria crónica que puede afectar varias partes del cuerpo, especialmente la piel, articulaciones, sangre y riñones. El sistema inmunológico del cuerpo normalmente produce proteínas llamadas anticuerpos para proteger al organismo en contra de virus, bacterias y otras substancias extrañas. Estas substancias extrañas se llaman antígenos. En una enfermedad autoinmune como lo es el lupus, el sistema inmunológico pierde su habilidad para notar la diferencia entre las partículas extrañas (antígenos) y sus propias células o tejidos. El sistema inmunológico en estas circunstancias produce anticuerpos en contra de "sí mismo". A estos anticuerpos se les llama "auto-anticuerpos", los cuales reaccionan con los antígenos propios para formar complejos inmunes. Estos complejos inmunes se producen en el torrente sanguíneo y pueden causar inflamación, daño a los tejidos y dolor. En la mayoría de la gente el lupus es una enfermedad benigna que afecta sólo unos cuantos órganos. En otros, puede causar serios daños y aun producir problemas que pongan en peligro la vida. La enfermedad, en un alto porcentaje, se presenta con mayor frecuencia en africanos y mujeres. (Información tomada de: http://www.lupus.org. Última consulta: septiembre 30 de 2007).

[4] Chaparro Madiedo, Rafael. Opio en las nubes. Bogotá: Colcultura, 1992. (En este trabajo todas las citas sobre Opio son tomadas de la edición de Colcultura).

Ava dice: “Opio is on my side”


Fotografía cedida por Ava Echeverri

Llegar de noche a un país desconocido es como entrar a dormir bajo sábanas extrañas. Por eso hay que esperar a que despunte el sol para ver con quién se está durmiendo.

Rafael Chaparro Madiedo.

“Crónica marxiana”.

La Prensa. Junio 21 de 1990.


Yo fui la primera persona en arribar a la Funeraria Los Olivos de la calle 42[1]. Hasta que no lo vi llegar en el ataúd no empecé a creer que de verdad se había muerto. Ahí sentí una tristeza absoluta, pero no lloré porque ya había derramado todas las lágrimas que tenía que derramar por Rafael Chaparro Madiedo. La historia que él y yo tuvimos fue algo traumática y nuestra relación no duró mucho, igual yo poseo más buenos recuerdos de lo nuestro, es más, puedo decir que siento a Opio en las nubes como si fuera de los dos.

La noche en que él terminó de escribir la novela fue muy especial. Cuando digitó la última palabra y el punto final, se paró emocionado y me dijo que Truman Capote le había sugerido la estructura y que ahora se sentía a gusto con lo que había escrito. Eso fue mucho después de la medianoche, salimos a comprar licor y cigarrillos para celebrar y nos tocó conformarnos con una botella de vino barato y un par de sándwiches, pues ya todo estaba cerrado. En todo caso la pasamos bien porque en el aire de la madrugada se respiraba un vaho muy especial, agudizado por un fuerte pálpito en el fondo de mi ser y que me decía que ese texto iba a tener mucho éxito. No sé cómo explicarlo mejor.

Rafael empezó a escribir Opio en las nubes en mayo de 1991 y la culminó en septiembre de ese año, luego de dos intentos fallidos y un tercero definitivo. En el primero, a la altura de la página setenta, se dio cuenta de que el asunto no iba por buen camino y la borró del computador. En el segundo intento ocurrió lo mismo, pero más rápido. En el tercero venció sus obstáculos de escritor y la terminó. Le voy a leer lo que él dijo en una entrevista que le hizo Mauricio Silva para La Prensa, a los pocos días de haberse ganado el Premio Nacional de Novela: “Un día me iba a poner a escribir, salí, me compré unas cervezas, unos cigarrillos y unos sándwiches. Me senté frente al computador y nada, miré los libros que siempre tengo junto a la pantalla y uno de Truman Capote me causó algo. Todavía no sé, es un misterio, porque el tipo no se apareció, ni nada por el estilo, sólo sé que él fue y desde el cielo o el infierno estaba haciéndome barra. Estuve hasta las cuatro de la mañana y ese día formé la columna de la novela y me di cuenta de que por ahí era, por pura intuición, lo mismo que se siente cuando uno se enamora de la que es”.

Yo digo que siento la novela como de los dos porque en esos meses lo vi escribirla todas las noches en el apartamento donde vivimos juntos, en la calle 85 con 19, en Bogotá. Fue algo muy chévere, pues yo siempre me recostaba en un sofá de la sala detrás de él, en este mismo sofá desde el que hoy le cuento todo esto, para verlo escribir mientras trataba de asimilar la idea de que estaba casada con un escritor como él. No lo podía creer.

En el tiempo en que él trabajó en la novela su rutina de escritor fue muy disciplinada. Rafael siempre fue un tipo comprometido con su literatura, tanto, que a veces llegué a sentir celos cuando no me paraba bolas por estar escribiendo. También digo que Opio en las nubes es de los dos, porque si usted mira está dedicada a mi hija Laura y a mí, Ava Echeverri. Eso también muestra que Rafael me quiso mucho, igual que yo a él, y que también quiso mucho a mi hija, que en ese entonces era una niña de unos cuatro años.

Digo lo que digo, aunque suene osado, porque además él siempre me consultaba cosas, o me leía fragmentos para ver qué opinaba, y yo, inmersa en idealizarlo, no les paraba muchas bolas a los textos, cosa de la cual hoy me arrepiento mucho. Y mi papel también fue un poco el de correctora, porque Rafael escribió siempre de una manera muy automática, influenciado por la generación beat y a veces se le pasaban cosas ortográficas que yo le hacía ver para que cambiara.

Ava tiene mucho que contar

Cuando hicieron la ceremonia de entrega de los Premios de Cultura de 1992 en la Biblioteca Nacional y leyeron como ganadora del Premio de Novela a Opio en las nubes, yo salté de la emoción y me puse muy feliz por Rafael, aunque para esa época ya nos habíamos separado. Hoy pienso que nuestro matrimonio se acabó porque de pronto yo me convertí en una mujer intensa y algo celosa. Sin embargo no tengo muy seguro porqué pasó lo que pasó y todavía creo que él sólo quería cambiar de vida y ya. Al final sólo tengo buenos recuerdos de cuando viví con él. Usted sabe que no todas las parejas logran superar los obstáculos que la vida les va poniendo.

En un principio todo fue muy bello. Al cabo de un tiempo empezamos a pelear mucho y él decidió irse de un momento a otro, vino por sus cosas y nos separamos. Igual es uno de los tantos capítulos de mi vida, algo que ya superé y listo. Desde eso lo vi un par de veces en la calle. La última vez fue unos meses antes de su muerte, en la esquina de la cuadra donde vivimos y donde queda todavía el restaurante American Burguer. Allí estaba comiendo con su novia y yo con mi hija Laura. Nos saludamos y esa fue una despedida sin saberlo.

A Rafa o ‘Mi Mushasho’, como yo le decía, lo conocí en 1989 luego de llegar de Nueva York. En ese entonces le dije a mi hermano, Gustavo Echeverri, que quería que me publicaran un artículo de cine en el periódico La Prensa, donde él trabajaba como editor político. Por eso le pregunté que quién era la persona encargada de eso y él me presentó a Rafael. De inmediato nos gustamos y comenzamos a salir. Cuando menos lo pensamos éramos novios y al poco tiempo, al año, nos casamos. Eso fue luego de regresar de un viaje a Cuba[2] donde él estudió con Gabriel García Márquez.

En un principio me pareció flaco, desgarbado, con pelo largo y desaliñado. Lo que más me llamó la atención era que escondía mucho las manos en los bolsillos de los jeans o en las mangas de las camisas y de las chaquetas cuando fumaba. Era muy gracioso porque a veces se complicaba mucho para fumar. Mejor dicho, fumaba muy extraño. Luego de un tiempo me di cuenta de que era por su enfermedad, la cual le afectaba especialmente los riñones y hacía que sus manos fueran resecas y a veces se les cayera un poco la piel. Él siempre fue como una fotografía de sí mismo: gafas, camisa a cuadros, chaqueta de jean, tenis o botas de gamuza y jeans rotos. Era típico y yo siempre me lo gocé por eso. Muchas veces le dije que comprara camisas a rayas para que variara un poco, pero él aunque nunca fue gruñón siempre tuvo la terquedad que caracteriza a los santandereanos, pues sus padres venían de esa región. Quiso mucho su familia, adoraba sobre todo a doña Aminta Madiedo, su madre y cómplice, y a su hermana menor. No le gustaba mucho la disciplina de su papá ni ser el hijo mayor, el que tenía que dar buen ejemplo a sus otros hermanos.

La gente supo después lo de nuestro matrimonio, cuando les enviamos la noticia en una foto que nos habíamos tomado los dos en la Plaza Che Guevara, en La Habana. A esa foto le sacamos copias para todos los amigos y Rafa les escribió por detrás un mensaje distinto, para invitarlos a una fiesta de celebración que hicimos en el apartamento. Esa imagen la publicaron en La Prensa con una chistosa nota social[3].

Muy pocas cosas se saben de él y casi todas se deben a Opio en las nubes y al párrafo de presentación de su autor que aparece en la edición del libro hecha por Colcultura[4]. Por ejemplo, muy pocos conocemos que él estudió en el curso de guiones de García Márquez, aunque en ese viaje a San Antonio de los Baños le fue muy mal y volvió desilusionado del Nobel, diciendo que él, en las clases, sólo les ponía atención a las mujeres y que para acabar de ajustar olía mal. Otra cosa que vale la pena mencionar es que con el texto Susana en el Cielo con Rosas, en junio de 1990, se ganó el segundo lugar del Concurso de Guiones Radiales para Piezas Dramatizadas, otorgado por el Instituto Goethe a través de la Radio Alemana de Occidente. A esto se le suman los textos inéditos que dejó y que su familia guarda con celo; que en la Universidad de los Andes reposan los números de Hojalata, un periódico que fundó en la Facultad de Filosofía con sus amigos Andrés Huertas y Felipe Castañeda y por el cual se dice que fue investigado por el ejército, que pensaba que era una publicación subversiva; y que en la hemeroteca de la biblioteca Luis Ángel Arango se pueden consultar sus más de doscientos artículos escritos para la revista Consigna y el diario La Prensa[5].

Es más, algunos hasta piensan que él se suicidó o que murió de sobredosis. Se han tejido mitos de este tipo alrededor de Rafael que hacen que Opio en las nubes siga como libro de culto, sobre todo entre los jóvenes. Yo sé que la novela se defiende sola ante sus lectores, por su estilo tan particular, pero mitos como los mencionados han ayudado.

Pocos saben sobre su enfermedad, algo que no puede pasar desapercibido para comprender un poco lo que fue Rafa y lo desgarrado de su novela. Si por un lado estaban el cine, el rock y la literatura, por el otro la cortisona, que a diario tenía que tomar junto con otros medicamentos. Era una cantidad abrumadora de pastas. Su condición es un tema muy delicado y difícil de contar. Él tuvo la muerte rondándolo todo el tiempo, pero no se preocupaba mucho. Yo lo cuidé en todo momento y conmigo tuvo una crisis que casi lo mata. Siempre le mantenía su tratamiento dentro de una refractaria amarilla que todavía conservo y que ponía encima de la nevera. Nunca, y es bien extraño pensar en eso, lo vi tomándose una sola pasta. No sé a qué horas lo hacía y no sé por qué se ocultaba para ello. Lo que sí sé y lo digo ya, es que quizá por tener la muerte respirándole en el cuello, todo el tiempo, escribió lo que escribió y de manera genial.

Es que yo conocí mucho de él que es un misterio para los ajenos. Nada más los que tuvimos una relación muy estrecha con Rafael, además de su familia, podemos decir eso. Igual nadie ha indagado sobre su vida. Lo que todo el mundo sabe es que era muy callado y tímido, que fumaba un resto, de todas las marcas, pero le fascinaba el sabor del Pielroja, del Lucky y del Marlboro. Además, el tiempo que vivimos juntos no puede decirse que fue efímero como el humo del cigarrillo, no fue tan poco como para no haberme permitido conocer mucho de él. Resalto de nuevo que era un tipo comprometido con su cuento, un escritor de todo el tiempo y que trató de exorcizar el demonio de la muerte con ese oficio. En este apartamento todavía existen muchas cosas de entonces que lo demuestran, hay libros que él mantenía siempre a su lado, anotaciones de ideas para sus textos hechas en libretas y otras cosas más. Los únicos que ya no están aquí son sus cuadros. Tampoco está el computador donde nació la novela. Ese quién sabe dónde estará. En su lugar puse una mesa que diseñó mi hija Laura.

Hay tantas cosas que quisiera decirle y estoy haciendo un esfuerzo por ser ordenada. Se me vienen muchas imágenes a la mente de manera repentina y espero que me esté haciendo entender. Volviendo a lo de su enfermedad, él fue un poco de malas, puesto que el lupus se le ensañó con sus riñones y a veces su cara se le hinchaba, por lo que en La Prensa le decían “el sapito de Niza”. Sus manos se le pelaban y su piel se le ponía muy sensible al sol, por lo que no podía recibirlo. Pero a Rafa nunca le valieron las prohibiciones y le fascinaba ir de paseo a tierra caliente. Alguna vez, por lo fuerte de la droga, los ojos se le afectaron y estuvo muy cerca de quedarse ciego. Pensando en eso me pintó un cuadro y me lo regaló.

Ahora mismo pienso en otro mito. De él también se decía que era ateo, pero eso no es cierto. Por su mamá fue devoto de la Virgen. Es más, al principio de nuestra relación hasta me invitaba a misa. Y siempre, luego de cada chequeo en el que le decían que tenía muy alto el nivel de creatinina y que le quedaba muy poco tiempo de vida, meses apenas, él rezaba conmigo. Aunque no voy a decir que Rafael era un católico convencido y riguroso[6], sólo que él tenía su modo de creer, nada más. Algo de eso me quedó, puesto que con el paso del tiempo empecé a acercarme a la Iglesia y ahora, después de ciertos cambios obligados que se dieron en mi vida, estoy muy inclinada hacia la oración y soy ministra de la Iglesia Católica.

La conclusión

Estuve muy enamorada de él. Rafa siempre quiso tener un hijo y yo quedé embarazada, pero más o menos al tercer mes tuve unas complicaciones y lo perdí. De eso no quiero hablar. Ya para finalizar le diré que compartimos muchas cosas, como su eterno Renault 4, un cacharro que adoraba, y el amor por la literatura. Recuerdo que nos gustaba muchísimo Truman Capote, a él especialmente Kafka, Baudelaire y Rimbaud. También le gustaba leer todo lo que salía sobre rock and roll y se moría por los Rolling Stones, Los Beatles, John Lennon, The Doors, Bob Marly y U2. Yo lo secundé en eso. Su obra está plagada de rock and roll y de cine, por lo que no es extraño encontrarse títulos de sus artículos que jueguen con nombres de canciones o de películas. Me acuerdo de uno que es “UPAC is on my sidey que conservo con aprecio junto a otros recortes de periódicos con sus artículos. Poco después de su muerte dejé de leer literatura. Ahora estoy leyendo la Biblia y otras cosas, aunque hace tres días, cuando usted dijo que quería conversar conmigo sobre Rafa, sentí la necesidad de leer y he estado mirando un poco de Tomás Carrasquilla.

Cuando se murió

A mí me contó de su muerte la esposa de Eduardo Arias. A la funeraria llegué muy temprano. Yo estaba como abstraída y todavía no aterrizaba y me quedé fría cuando lo vi llegar. Ahí, parada junto al ataúd, se me vino a la cabeza que mientras estuvimos casados yo nunca tuve una argolla de matrimonio, nunca me hizo falta, nunca lo noté y no sé por qué lo pensé en ese momento. Después del entierro he ido dos o tres veces a la tumba, no más. Recuerdo cómo lo enterraron. Tenía una camisa a cuadros que le gustaba mucho. Era de colores, estilo leñadora, como las que siempre usó. En las manos tenía una cruz que le pusieron las hermanas. Verlo así me impactó demasiado, pero como ya dije, no lloré y su muerte me dio muy duro porque yo siempre le auguré un éxito en la literatura. Siempre, hasta ese momento, pensé que él iba a ser alguien muy grande en la vida, y de algún modo, sólo con una novela lo consiguió.



[1] Con motivo de la muerte de Rafael Chaparro, el diario La Prensa publicó, el 18 de abril de 1995, en la primera página, el siguiente aviso: “La Prensa invita a las exequias del señor Rafael Chaparro Madiedo que se efectuarán el miércoles 19 de abril a la 1:00 p.m. en la Parroquia San Juan Crisóstomo (Cr. 52, calle 119 Niza) y luego acompañarlos al parque cementerio La Inmaculada. Velación: Funeraria Los Olivos (Calle 42 No.14-20). (No enviar flores)”. Junto al aviso estaba el siguiente titular invitando a un especial de tres páginas: “El joven periodista y escritor Rafael Chaparro Madiedo, columnista de La Prensa, ensayista, Premio Nacional de Novela, libretista de ‘Zoociedad’, ‘Quack’ y La Brújula Mágica’ falleció ayer a los 31 años de edad en Bogotá. Falleció Rafael Chaparro (Páginas 20, 21,22).

[2] De ese viaje Chaparro escribió varias crónicas para La Prensa. Dos de ellas se titulan “Crónica Marciana”, de junio 21 de 1990, y “La noche de los rábanos blancos”, de junio 24. En la primera narra algunos aspectos de su llegada a La Habana. En la segunda habla específicamente sobre San Antonio de los Baños y de cómo, entre otras cosas, el realismo mágico llega en un BMW: “Nadie se imagina que el maestro del realismo mágico llegue a dar su taller de guiones a bordo de un flamante BMW”.

[3] La nota a la cual Ava Echeverri se refiere fue publicada en ese periódico, junto a la fotografía, en marzo 23 de 1991, página 20, sección Vivir, y dice así: “Esto no pretende ser una nota social. Solamente queríamos registrar la aparición en Zoociedad de Ava Gardner Echeverri y Rafael Chaparro Cabeto. Los textos que circulan anunciando el matrimonio se refieren a un matrimonio postmodernista; es en técnica mixta, con ladrillo y ventanas. Con bostezo incorporado y locha. Antetítulo, título y entradilla. Con las fuerzas morales de la nación. Con contacto en La Habana y contactos de lluvia. Los gomelos, de luna de miel darán una vuelta en ejecutivo”.

[4] El texto al que Ava se refiere es este: “Rafael Chaparro Madiedo. Bogotá, diciembre de 1963. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de los Andes. Trabajó como redactor cultural en el diario La Prensa. Actualmente es uno de los libretistas del programa de televisión ‘Zoociedad’. A los diez años fue envenenado por los Rolling Stones. A los veintiún años Rimbaud lo dejó en estado de coma. Le gusta ir a cine de tres solo, a cine de seis bien acompañado y a cine de nueve muy bien acompañado” (Opio en las nubes, Premio Nacional de Literatura, 1992). Este texto fue escrito por el propio Rafael.

[5] La poesía también fue uno de los intereses de Rafael Chaparro y en 1986 obtuvo una mención especial al participar en el Tercer Concurso Universitario de Poesía del ICFES, con la obra titulada La hora de la fatiga que se compone de dos poemas: “Lunas” y “La torre de nieve”. “Lunas / No me mires / cuando la luna se estremezca / en mil temblores fulgurosos // No me hables / cuando comparta mi pan / con los habitantes de la Tiniebla / porque entonces mi sombra te cubrirá como una niebla // Sólo espérame en el filo de la realidad / donde la púrpura profunda de Dios / se desangra sobre mi sangre”. Tomado de: Concurso Universitario de Poesía ICFES: Obras premiadas 1986. Bogotá: Editorial Guadalupe. p. 123.

[6] Aunque en la obra de Chaparro no se evidencia mucho sobre sus inclinaciones religiosas o espirituales, sí hay varios artículos en La Prensa que de alguna manera dilucidan algo sobre su postura ante eso. Hay textos como el titulado “Dios mío, ¿por qué nos has abandonado?”, publicado el 26 de septiembre de 1992 en la página 27, en el que él sienta una posición clara sobre la Iglesia y los curas colombianos: “Cada vez que habla un prelado siempre lo hace en tono negativo: “No vamos a dejar que la educación católica se vaya de los colegios”, “no vamos a dejar que se instaure la planificación”, “estamos en contra del uso de condón”. Muy raras veces la Iglesia propone caminos alternos de solución a los problemas de la vida cotidiana. En este sentido las vías de comunicación entre la Iglesia y su rebaño están obstruidas. (…) En las comunas tiene más sentido la música punk que el discurso clerical. (…) El movimiento Punk dice: “Muy bien. No hay futuro. Viva el presente”. El movimiento Punk propone vías contra la opresión, la miseria, el desempleo, es decir los problemas diarios. Por el contrario el discurso clerical habla en tono pasivo y dice: “frescos locos, sí hay futuro, opriman el presente”. Y está también el texto titulado “Perdónanos porque no sabemos lo que hacemos”, publicado el 31 de octubre de 1993 en la página 26: “Unas personas rezan en las iglesias. Yo rezo en los parques cuando las aves son más transparentes y el aire trae el sabor de tu nombre. Yo rezo para que los de abajo no sigan abajo, rezo por el whisky Jack Daniel’s, rezo para que Mick Jagger obtenga la inmortalidad, rezo para que Jim Morrison en la sexta división del Cementerio Père Lachais de París resucite algún día rodeado de las chicas más hermosas del universo mientras el cielo se llena de botellas rotas de whisky y de heroína, rezo para que las tetas y las nalgas de las mujeres cada día se les pongan más bellas, (…) rezo por el brillo del sol estallando en el pelo de las rubias, rezo por los labios de las negras, rezo por el vientre de las árabes, rezo por el rock, (…) rezo para que los bares abran a las once de la mañana, rezo para que algún día dos más dos sea igual a cinco, (…) rezo por la capa de ozono, (…) rezo por todos los animales y las plantas del bosque, (…) rezo por la marihuana, rezo por Bob Marley, rezo por aquellos gatos del mundo que todas las noches se escabullen con sus gatas para hacer el amor en los techos mientras llueve, rezo por la lluvia, rezo por los tomates, rezo por la cerveza, rezo por el blues, rezo por B.B. King tocando con Lucille, rezo por Eric Clapton tocando Cocaine, rezo por el opio, rezo por las nubes, (…) rezo por ti, rezo por mis padres y mis hermanos y mis amigos, rezo y le pido al padre nuestro que estás en los cielos, en los bares, en las prisiones, santificado sea tu nombre, vénganos tu reino, hágase tu voluntad, danos hoy nuestro whisky de cada día, danos hoy nuestro beso transparente de cada día, (…) perdona nuestras ofensas como nosotros hemos perdonado a tantos que nos han ofendido, desde liberales hasta conservadores, pasando por comunistas, no nos dejes caer en la tentación de los precandidatos, amén”.

‘El man de Los Andes’

Manuel Hernández dictando clase en Los Andes. Fotografía: La Prensa.

Mick Jagger almorzó con el obispo anglicano y de nuevo se montó en su helicóptero, se fue para las nubes y siguió diciendo ‘out of my cloud’, fuera de mi nube. Señor Jagger, gracias a usted repetí cuarto de primaria, gracias a usted supe que la vida sabe a cero en matemáticas, gracias a usted supe que había otras cosas más allá de Bogotá, Colombia, Suramérica, gracias a usted la cerveza y el whisky me saben diferente, gracias a usted supe que estábamos de algún modo en la misma nube de opio.

Rafael Chaparro.

“En la misma nube de Jagger”.

La Prensa. Noviembre 8 de 1992.

Es increíble cómo una mala noticia se expande como si fuera un ente con voluntad propia para hacerse saber. A mí nadie me llamó a avisarme que Rafael Chaparro se había muerto y hasta una función de cine me persiguió esa mala noticia. Como pasa con esta clase de anuncios uno se queda mudo y mientras balbucea cualquier cosa por la boca, se sobreviene en la mente una secuencia muy rápida de recuerdos relacionados con la persona que acaba de morir. De algunos de ellos le hablaré a continuación.

‘El man de Los Andes’

Ese soy yo, Manuel Hernández[1], y así me puso Rafael Chaparro cuando un buen día mandó alguno de sus compañeros de La Prensa para que cubriera una de mis clases en la Universidad de los Andes. El resultado fue un artículo titulado El man de Los Andes en el que yo aparezco con un poco más de pelo y con la barba no tan blanca.

Ese apodo proviene de alguien que antes de ser mi amigo llamó mi atención por su sensibilidad con el lenguaje, su experimentación con las palabras y su modo irónico de ver la vida. El apodo no es otra cosa que un juego gracioso con el sonido de las palabras que conforman mi nombre y las de la universidad donde yo he dictado desde hace años un curso de literatura: MAN-uel Hern-ANDEZ + Universidad de los Andes = Man de los Andes. Otro de esos geniales juegos consistía en decir que su vida estaba regida por tres letras que conforman el prefijo UNI, pero de eso le hablaré más adelante.

De Niza a Los Andes, de UNI en UNI

Yo no me acuerdo de cómo conocí a Rafael. En un momento dado ya estábamos metidos en una buena amistad sin que haya tenido una marca de inicio. No se puede ubicar una fecha concreta porque son años muy importantes en la historia de Colombia y de Bogotá. Hay una cantidad de hechos históricos que son fundamentales para poder comprender este proceso y uno de los más importantes es el problema del transporte, un tema que ha sido siempre una locura, como en muchas partes de lo que antes se llamaba el Tercer Mundo.

El transporte es el reto para comprender la ubicación de la Universidad de los Andes, una institución privada fundada seis meses después del 9 de abril con la elite conectada con los Estados Unidos y que con su nacimiento contradice el sentido de expansión de la ciudad hacia el norte. Entonces como el público de la Universidad es la elite y la elite ya vive en el norte, no hay medios de acceso ni suficientes automóviles para entonces, situación que persistió hasta bien entrados los años de la década de 1980, en la que los jóvenes de la época de Chaparro se vieron obligados a movilizarse en bus o en buseta. Más o menos en esa época surge la línea ejecutiva que va de Unicentro a Uniandes y en esos días aparece un muchacho muy feo, de gafas y que tenía carita rojita de sapito. Ese muchacho comienza a mamar gallo con el prefijo Uni: UNI-centro, UNI-ruta, UNI-andes. Obviamente se trataba de un muchacho con una fuerte sensibilidad con el lenguaje y que desde entonces empezaba a descubrir la contracción de las palabras que se daba por los procesos de movilización urbana.

Por tal yo encontré a ese muchacho inteligentísimo y muy mal vestido. Tenía siempre un par de tenis raídos, unos pantalones con muchos rotos y una chaquetita miserable, además de una idea de la vida completamente irónica.

Sus padres habían hecho su hogar en un barrio muy importante que se llama Niza, un complejo residencial construido por el desaparecido Banco Central Hipotecario y diseñado por el francés Paul Couleaud. Uno puede decir que es uno de los diseños emblemáticos de Bogotá al lado de, por ejemplo, las Torres del Parque de Salmona. Son casas grandes, de más de 170 metros, con un esquema uniforme, lo que podría ser el equivalente en Medellín al Laureles de los años 60. Entonces Chaparro venía de clase media alta, lo que da una idea de cómo fue su infancia, con su bicicleta y sus novias de barrio. Un chico con ciertas comodidades que además estudió en un colegio laico llamado Helvetia. Un chico con ciertos privilegios que le permiten ejercer un espíritu crítico, el mismo que surge más a menudo en las burguesías satisfechas.

Niza se convirtió en ese lugar, si se quiere, un poco mítico en donde él empezó a emitir sus mensajes. Ese es el Rafael que yo conocí, y en Hojalata, periódico que él ayudó a fundar en Los Andes, se publicaron textos de crítica urbana, no politizada ni mucho menos de izquierda, al lado de otros que mostraban la bobería circundante. En esta publicación y en las otras donde Chaparro trabajó, se nota su intento por reivindicar el acto de caminar como los antiguos cronistas y empieza a retratar una Bogotá ‘undergroud’, fría, polucionada y neblinosa y que luego se trasmuta en la ciudad híbrida donde se desenvuelve la trama de Opio en las nubes.

Vamos en que Chaparro comienza a sacar su Hojalata y yo decido dictar un seminario sobre Edgar Alan Poe, al cual Rafael se inscribe. En este tipo de cursos yo abro ventanas, sugiero cosas y él empieza a aproximarse a la literatura siniestra con un poco de rock y un poco de Borges, entre otros escritores, lo que se convierte en una mezcla típicamente heterogénea con un factor que la atraviesa, que es el amor por una ruptura literaria que Bogotá necesitaba. Puede que Chaparro no la estuviera persiguiendo concientemente, pero lo pudo materializar con su novela. Mejor dicho, él no fue un revolucionario del lenguaje, pero sí estuvo dentro de una revolución de éste[2].

El punketo intelectual

La muerte es la patencia misma del desamparo[3].

Rafael Chaparro.

Para mí sigue teniendo mucha importancia el desaliño de Rafael, lo que Borges llamó “el torpe aliño indumentario”. Pero no sólo me refiero a su manera de vestir, sino que voy más allá e incluyo su modo de escribir desinhibido e irrespetuoso con algunas reglas del idioma. Lo que en él fue un juego y se constituyó en una novedad, por ejemplo, en la forma de construcción de frases o párrafos de Opio y sobre todo la manera de titular. Algo que aunque parezca descabellado puede compararse con lo que hicieron escritores como James Joyce o Julio Cortázar, que siempre estuvieron buscando cosas nuevas sin perder coherencia.

Él fue un punketo, pero en el mejor de los sentidos. Y que se me entienda bien, porque no me refiero al pobre muchacho bizarro que sale a la calle con el pelo parado sin saber por qué. Lo de Rafael, aunque se exteriorizaba un poco con su vestimenta, era algo interno. Él, para mí, siempre tuvo un espíritu anárquico y con una fuerte alma de intelectual probo. Si no hubiese tenido esa maldita enfermedad él hubiese sido un gran estudioso de Heidegger en Alemania, además de un gran escritor. Carlos B. Gutiérrez, el asesor de su tesis[4], con la que optó para el título de Filosofía y Letras, lo tenía casi listo para aplicar a una beca para irse a Alemania, pero fue un proceso que tuvo que pararse por sus dolencias físicas.

La tesis de Rafael, basada en Martin Heidegger, es otro tema bien importante que habría que tener en cuenta. Es crucial dar algunas referencias de ella porque allí también se encuentran muchas claves o consideraciones metafísicas, si se quiere, de lo que puede ser Opio en las nubes como un premeditado testamento literario. A través de ella se da uno cuenta de que está ante un escritor atormentado y esperando la muerte, pero no de manera resignada. Empecemos por el título de este trabajo que nos abre toda clase de posibilidades: Interpretaciones de los estados de ánimo como experiencias ontológicas con base en “Ser y Tiempo”. Y para no alargarnos mucho, mencionemos ciertas palabras clave que en ella aparecen y que individualmente pueden ser consideradas para todo un universo de ejercicios de raciocinio: angustia, miedo, muerte, nada, tiempo, ser, amor, finitud, paz, libertad y justicia. Creo que me hago entender.

El Dueño, El Verraco y El Hijueputica

Así podría resumirse un poco lo que fue La Prensa cuando estuvo Chaparro trabajando ahí. Podría verse como una dinámica de choque entre tres personas que no se llevaron bien pero que generó una sinergia que rindió provecho para esa publicación. En la periferia de los tres estuve yo conociéndolos bien y mirando su actitud.

Rafael se hizo notar desde Los Andes y comenzó a demostrar una tremenda capacidad para escribir, lo que coincidió con el deseo de los dos hermanitos Pastrana de hacer un periódico. Entonces nace La Prensa con Juan Carlos Pastrana como director (El Dueño), nombran a Fernando Garavito (El Verraco) como editor y a Rafael Chaparro como redactor cultural (El Hijueputica). Al poco tiempo de trabajo comienza a surgir una especie de gran tensión entre la actitud sardónica de Garavito y la irónica de Chaparro. Como Garavito, que al igual que yo, venía de algo que Juan Gustavo Cobo Borda denominó la Generación sin nombre, para evitarnos el calificativo de posnadaístas, tenía ciertos aires de superioridad. Como además venía de clase media baja y había luchado mucho para ganarse su lugar, no vio nunca con buenos ojos a los jóvenes como Rafael. Se podría decir que Garavito veía en Chaparro el reflejo de una clase pequeña burguesa de tenis que lo enervaba. Nunca se cayeron bien, pero tampoco nunca tuvieron problemas porque igual a Chaparro le importaba un bledo todo eso. Y aunque compartieron el mismo espacio nunca trabajaron juntos.

Yo fui columnista de La Prensa en ese tiempo y colaboré con textos sobre diversos temas para la página ocho, la de la sección Cultura. Para esa altura el periódico estaba ubicado en una casa en el Bosque Izquierdo que fue de los Cano de El Espectador en los años treinta y ahí vi que mientras en un extremo Fernando Garavito, con su camisa azul, corbata, calzonarias, actitud sardónica y de sobrado en el periodismo, estaba muerto de la rabia de Chaparro, en el fondo, en una mesita miserable, de tenis rotos y con un computador viejo estaba el sapito de Niza muriéndose de la risa de Garavito. En otro nivel estaba El Dueño, Juan Carlos Pastrana, tratando de sacar la empresa familiar adelante y muy ocupado para ponerles cuidado a esos dos. En la mitad de ellos estaba yo, conociéndolos bien y observando. Cuando no estaba al tanto de todo, me bastaba con mirar a Chaparro y hacerle una seña para que él con una igual, me hiciera entender cómo estaban los ánimos. Así siempre fue el nivel de comprensión y complicidad entre los dos, hasta que sin dejar de ser amigos, nos tocó dejar de vernos.

La Prensa es hoy un medio recordado por lo novedoso y diferente que fue, por sus secciones bien definidas, por su inclinación a los temas culturales, pero más que nada por lo genial de sus titulares. En ese esquema casó perfectamente Rafael, con sus crónicas urbanas y sus artículos sobre rock y cine, que siempre estuvieron excelentemente titulados. Nadie en ese medio titulaba tan bien y me aventuro a dar la hipótesis de que Juan Carlos Pastrana, el que hoy es el gran titulador, aprendió a hacer encabezados por el trabajo de Rafael Chaparro.

Y la cosa se tornó mejor después de que Opio en las nubes ganara el Premio Nacional de Novela, porque eso despertó una enorme ansiedad vital por Rafael y le abrió más puertas y le ayudó a hacerse un prestigio impensado como escritor con libertad para hablar de lo que fuera.

“A” de Arenas y de Amarilla

Mientras Rafael se ganaba su prestigio en La Prensa y antes en Consigna, hubo una mujer en su vida, una amiga que conoció en la universidad cuando estudiaba filosofía y letras y que le abrió las puertas para llegar más lejos. Se trata de Paula Arenas Canal, una persona que para los primeros años de la década de 1990, tuvo un poder grandísimo en el país y que pocos han logrado y otros envidiado, pues era prácticamente la dueña de Cinevisión, una programadora con libertad, prestigio, dinero, equipos y personal. Cuando eso no existían los canales privados y Cinevisión era la empresa que mejores programas producía e importaba.

Ella jugó un papel fundamental en la vida de Rafael, pues es quien finalmente le da oportunidad de entrar a trabajar en televisión empezando por Zoociedad. Para mí existe cierto enamoramiento de Chaparro por ella, algo que es obvio, pues Paula siempre ha sido una bella y encantadora mujer de ojos intensamente azules. Ese sentimiento se ve reflejado y vuelto ficción en Opio en las nubes donde, para mí, el personaje Amarilla es Paula Arenas. Es como una especie de agradecimiento. Pero aclaro que no lo digo de una manera tan rotunda, porque Amarilla es el reflejo de muchas mujeres. Pero de Paula tiene mucho[5].

Además él nunca pudo engañarme a mí, pues a leer su novela de una descubrí que su principal trama secreta era topográfica, pues yo en ésta veo la Bogotá de todos los días y no la alterada. Veo la misma Bogotá que él se recorrió de bar en bar, de cine en cine y de buseta en buseta y no la ciudad fantástica con ciertos visos nórdicos y londinenses que él creó para generarse un propio deleite. Ahí es donde está la trampita retórica en la que yo no caí y que hace que me guste más lo novela porque la siento más cercana. Para ser más claro, yo te puedo decir que el mar de la ciudad de la novela queda en el barrio Polo, que la frontera del puerto donde sucede parte de la trama es en el modesto puente peatonal de la 85 y que la 85 es la Avenida Blanchot.

En todo caso eso no le quita ningún mérito a la obra porque es poseedora de la prosa más nueva, más querida, más sustanciosa que pudo haber aparecido en la década de los noventa. Para mí es justo que se ganara el premio a pesar de que veo su trama demasiado elemental, y sobre todo muy apresurada porque al mismo tiempo que él la escribía se estaba despidiendo, lo que se resume en el poema de Pavese que reza: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos / esta muerte que nos acompaña / desde el alba a la noche, insomne, / sorda, como un viejo remordimiento / o un absurdo defecto. Tus ojos / serán una palabra inútil, / un grito callado, un silencio. / Así los ves cada mañana / cuando sola te inclinas / ante el espejo. Oh, amada esperanza, / aquel día sabremos, también, / que eres la vida y eres la nada. // Para todos tiene la muerte una mirada. / Vendrá la muerte y tendrá tus ojos. / Será como dejar un vicio, / como ver en el espejo / asomar un rostro muerto, / como escuchar un labio ya cerrado. / Mudos, descenderemos al abismo”.

Aquí cabe mencionar que un buen día Rafael se apareció en mi apartamento y me regaló un manuscrito, la versión corregida y final de la novela inédita que él dejó y que todavía conserva su familia, cuyo título es El Pájaro Speed y su banda de corazones maleantes. Un texto que me entregó, de seguro, con la intención de prolongarse después de la muerte. Lo triste del asunto es que esta novela inédita es para mí como un dolor de muela, pues sigue la misma línea de su predecesora y yo no poseo ningún derecho sobre ella, por tanto no puedo publicarla. Eso me atormenta bastante y es un deseo personal sacarla de la estantería donde la tengo así no tenga manera de saber cuál es la voluntad de Chaparro sobre esto.

El aliento de Marilyn

Si no estoy mal desde esa noche empezaron los vuelos de los peces negros sobre la ciudad. (…) De sus bocas salían lenguas de fuego que preñaban las nubes con su veneno. Esa noche de sábado la ciudad empezó a oler a cebolla, a sangre caliente. A caucho quemado. Olía a odio, a desesperación.

Rafael Chaparro Madiedo

Opio en las nubes

Existe una especie de leyenda. No sé de dónde salió y yo mismo la he empezado a creer puesto que no la he desmentido. Ésta se refiere a que yo intervine para que Opio en las nubes se llamara así y no El aliento de Marilyn, como Chaparro la pensó titular inicialmente. Hay quienes dicen que él vino aquí, me mostró el manuscrito y su título tentativo y que yo le ayudé a configurar el definitivo.

Hay que decir con seguridad que ambos admirábamos mucho a Marilyn Monroe, pero no a la chica dulce que aparecía en las películas o en la portada de la Play Boy u otras revistas, sino la Marilyn metida en problemas políticos con los Kennedy y con la conspiración anticubana. O sea la Marilyn de verdad, la estremecida con la puta realidad gringa. Ahí también entra el poema de Ernesto Cardenal, Oración por Marilyn Monroe, que además es sumamente importante porque prácticamente es la apertura de los nadaístas a la poesía.

Tal vez por ese amor se comienza a jugar con el nombre de Marilyn para un eventual título de la novela. En algún momento, en el lapso de tiempo durante el cual Rafael escribió la novela, Bush padre viene a Cartagena y cuando se bajó del avión se quedó mirando al cielo como en una especie de acción paranoica. Desde el punto de vista literario hay gestos que inauguran eras, y éste puede considerarse como el de la inauguración de la supervigilancia que se vino sobre América Latina, especialmente sobre Colombia y la que al poco tiempo devino en hechos como las fumigaciones, el avión fantasma, el Plan Colombia, la certificación y la cancelación de la visa de Ernesto Samper, entre otros.

Como elemento escabroso y parte de un pequeño paréntesis, diré que nosotros competimos por el premio de Colcultura y él se lo ganó[6]. Mira si eso a mí todavía me encabrona. En este concurso presenté la novela Este último paseo, la cual pude publicar luego con Arango Editores y el apoyo de la Universidad de los Andes. En ese concurso también participó gente de la talla de Rafael Humberto Moreno Durán, quien después de conocer la obra ganadora me dijo que no entendía cómo era que había ganado esa ‘güevonada’[7].

Ese fallo fue bastante cuestionado porque siempre ha existido el rumor de que había ciertos intereses de que el premio lo ganara alguien nuevo y que por eso las personas que abrieron los sobres que llegaron al concurso, desplazaron hacia rincones oscuros obras que ameritaban ese reconocimiento. Así pasa en todos los concursos de literatura, donde no todos quedan satisfechos con los veredictos de los jueces y obras iguales o mejores son enterradas. En todo caso Opio en las nubes ha sabido defenderse por sí sola de las críticas que se le hacen y, buena o mala novela, ya tiene un lugar inamovible en nuestras letras. Y eso no lo discute nadie. Cierra paréntesis.

En la página diecisiete de Ese último paseo hablo de que hubo un bombardeo a las nubes con una solución de plata y cromo. Es una referencia sobre una acción desesperada que adoptaron las autoridades bogotanas, cuando aceptaron los servicios de una firma norteamericana que por medio de unas avionetas bombardearon las nubes de la ciudad buscando que lloviera para acabar con una sequía terrible. Eso fue antes del apagón de Gaviria y también podría tener algo que ver con la historia de Opio en las nubes.

Mi recuerdo es muy débil, pero yo quiero inventarme que estas dos cosas fueron determinantes en la selección del título: lo de Bush y lo de los bombardeos. Dos cosas que se situaron en contraposición al otro título porque ya para la época se había escrito demasiado sobre Marilyn Monroe y ya no era algo novedoso, más que quemado. Aunque si usted va a la novela ese supuesto título no se descartó y está en el interior como el encabezado de uno de sus capítulos y para acabar de ajustar es en el que se narra cómo Sven, el protagonista, y una de las voces principales, conoce a Amarilla.

Por lo menos vi la película

Rafael y yo empezamos a distanciarnos por problemas con nuestras mujeres de turno. Él tuvo problemas con su novia por cuestiones de creatividad y yo con María Teresa Salcedo, quien en ese momento era mi esposa, por el hecho de que ella desarrolló una especie de repulsión por Rafael. Todo empezó una vez cuando él le pidió prestada su tesis de grado y por algún absurdo descuido le extravió una hoja. Eso la enervó muchísimo y aunque Chaparro se disculpó nunca lo volvió a ver con buenos ojos. Yo traté de mediar entre los dos, pero ella no pudo soportar eso y además le agregó al disgusto que él siempre la había mirado “raro”. Yo le pregunté que como así que “raro” y ella me decía que sí, que raro, que no le gustaba como él la miraba.

Es resabido que toda pelea con una mujer es batalla perdida y no me quedó más remedio que ceder ante su disgusto, cosa que Rafael entendió perfectamente y nunca me recriminó. Entre los hombres ese tipo de cosas se sobrellevan muy bien y además nunca hubo un acuerdo tácito entre los dos que nos instara a dejar de vernos sin perder la amistad. Simplemente y a raíz de estos hechos, de un momento a otro, nos distanciamos y punto.

Y mira cómo es la vida. El día que me avisaron de lo de su muerte estaba con la misma mujer, ya para la fecha nos estábamos divorciando, y ella me invitó a ver Picos Gemelos, de David Linch, en el Colombo Americano. Cuando se terminó la película y encendieron las luces de la sala, alguien que no recuerdo se voltea y me pregunta: ¿Sabe que murió Rafael Chaparro? Para mí este suceso tiene altas dosis de patafísica y no sé por qué mi mente borró quién fue esa persona, aunque en todo caso mi memoria no quiere recordarla.


[1] Manuel Hernández es profesor en la Universidad de los Andes y en la Javeriana. Es poeta y escritor. Ahora se dedica a la pintura y en varias oportunidades ha ejercido como columnista en publicaciones como La Prensa y El Espectador. Además, fue amigo y profesor de Rafael Chaparro Madiedo.

[2] En la entrevista “Soy de Coca-Cola, aspirina y neón”, de Ana María Escallón, publicada el 20 de junio de 1993 en el suplemento de El Tiempo, Lecturas Dominicales, las preguntas de Escallón ayudan a comprender un poco del universo que Rafael Chaparro quiso crear en Opio en las nubes. Frente al tema de la innovación del lenguaje respondió lo siguiente: “Mi intención es experimentar y por eso sigo la idea de Cortázar donde el lenguaje es el módulo para armar. Ahora, sí cuidé el lenguaje, pero también quiero que exista la posibilidad de otra construcción de la frase. Por eso hay un lenguaje interior donde todo está permitido. (…) Sabía que me interesaba la ruptura y a medida que experimentaba con el lenguaje, lo hacía conmigo mismo. Es un leguaje de sudor y en ese sentido no es técnico ni erudito”.

[3] Chaparro Madiedo, Rafael. Interpretaciones de los estados de ánimo como experiencias ontológicas con base en “Ser y Tiempo”. Bogotá: Universidad de los Andes. Tesis de grado, 1987. p. 57.

[4] En La Prensa Rafael Chaparro escribió muchos perfiles y crónicas sobre gente por la que sentía alguna admiración, como profesores y amigos o estrellas del rock. Sobre Carlos B. Gutiérrez, a propósito de la entrega de la Medalla Goethe que le hizo el gobierno alemán, publicó la crónica “Huellas del sendero” el jueves 16 marzo de 1989, en la página 8.

[5] En la entrevista ya citada de Ana María Escallón, frente al tema de Amarilla Chaparro respondió lo siguiente: “Amarilla son muchas mujeres. Ella tiene la expresión de la cara y el olor de Jody Foster. Tiene las piernas de Raquel Welch y las actitudes de Madonna”.

[6] Rafael Chaparro participó en el Premio Nacional de Novela bajo el seudónimo de Virus Cocker y Manuel Hernández con el de Hermenegildo Centella. En el acta No. 2125 de Colcultura (documento público que se puede consultar en el archivo del Ministerio de Cultura) aparece lo siguiente: “El jurado compuesto por los tres escritores Héctor Rojas Herazo, de Colombia, Salvador Garmendia, de Venezuela, y José Viñals, de Argentina, resolvieron por unanimidad declarar ganadora del premio a la novela titulada Opio en las nubes, firmada bajo el seudónimo de Virus Cocker, resultó ser Rafael Chaparro Madiedo.

Opio en las nubes trata el sueño como esperanza, la tribulación como esencia del puro existir. El verdadero personaje de esta meditación es el absurdo. Los seres se confunden con la objetividad que los circunda y todo concluye en una salvadora aunque ilusoria destrucción”.

[7] En la misma acta se inscribe la siguiente nota: “No previsto a las bases del concurso, el jurado declara, también por unanimidad, como acreedora de una distinción especial, y recomienda su publicación a la obra Asuntos de un hidalgo disoluto”. Esta es la novela con la que participó Héctor Abad Faciolince bajo el seudónimo de Malakim.

Directo a la yugular. El paso de Rafael Chaparro por La Prensa

Fotografía: La Prensa.
Pie de foto: “Ha llegado a ser tan irreverente en sus artículos y libretos, que hasta las vacas sagradas dejaron de pastar mansamente”. Fotografía: La Prensa. (1992).

Fueron casi tres años de ver el mundo a través del diag 1, del mmm1, de las caídas del sistema, de la cola sss0, de la vvv0 y de la ggg0. Fueron casi tres años donde las palabras mágicas fueron “Crosfield Magician Plus”. Fueron tres años vividos intensamente en la redacción. Fueron tres años a bordo de rostros agradables. Los días en La Prensa siempre tendrán algo especial, algún olor o color que los recuerde. (...) Al principio, en el 88, caían toda suerte de personajes en la sección de las cinco preguntas: teatreros, rockeros, modistas, peluqueros, artistas. El caso llegaba hasta puntos dramáticos que a veces se decía “vaya entreviste al primer gato que pase por el frente del periódico.

Rafael Chaparro Madiedo.
“Estoy en la mitad de Zambia”.
La Prensa. Marzo
19 de 1991.

Ana María Escallón[1] fue su jefe

Es una verdadera lástima que pocas personas hayan indagado sobre un filósofo de tenis que terminó siendo periodista sin quererlo y que escribía en su computador como componiendo canciones de rock. Y esa es una forma, mi forma, de ver a Rafael Chaparro Madiedo, un tipo que en La Prensa, donde yo fui su jefe, siempre hizo lo que le dio la gana y terminó por ganarse mi complicidad con sus textos desprovistos del común glamour en un oficio vanidoso, pero dotados de una óptica descabellada que yo no dudaba en publicar por lo certera y filosa.

El periodismo, con excepciones, ha sido muy uniforme a la hora de contar las cosas y de abordarlas por el lado más obvio. Incluso en los últimos tiempos los que practican el oficio del día a día, se han casado con lugares comunes y conectores como el dijo o el afirmó. Con Rafael la cosa fue diferente y pocos conocieron o recuerdan su trabajo fuera de Opio en las nubes. Resulta que este Premio Nacional de Novela también fue algo parecido a un periodista y pudo dejar una amplia obra de crónicas y textos como reseñas y artículos de opinión que aunque no se nutrieron de las bases fundamentales del periodismo, ni de absurdas teorías como la pirámide invertida, terminaron por ser grandes textos no necesariamente parecidos a la novela. Lástima que no trascendieran por lo de su muerte temprana. Pero no todo está perdido, puesto que todavía se encuentran muchos de esos textos en los archivos de las bibliotecas esperando a ser redescubiertos.

El periódico: Cra 4 No. 25B-12.

La Prensa fue un diario fundado por la familia Pastrana y vio la luz el 4 de agosto de 1988. Esta publicación vivió en una época en la que decir verdades le costó la cabeza a muchos en este país. Y precisamente por esas verdades dejó de imprimirse el 28 de febrero de 1997, fecha en la que salió su último número para finalmente sucumbir ante presiones económicas y políticas aliadas con las fuerzas oscuras que han intentado dominar todo en Colombia, incluso la libertad de prensa.

Para mí fue un privilegio trabajar como editora cultural en este periódico, sobre todo porque yo estuve encargada de una verdadera sección cultural. Si algo hay que decir de La Prensa, aparte de su forma de titular verdades, es que su fuerte fue toda la información relacionada con la cultura. Es decir, era como cualquier periódico noticioso con secciones políticas, económicas, deportivas, de opinión, internacional, etcétera. Todas muy completas, pero sin relegar a una olvidada página la cultura ni confundiéndola con otras cosas como la farándula o los reinados: eso que hoy llaman entretenimiento y que cada vez le roba más espacio a la información de real importancia en un medio. Y aunque como los reinados o cosas de ese tipo han sido desde hace mucho parte de la realidad nacional, nos tocó cubrirlas dentro de saludables límites.

Además de eso La Prensa contó con un excelente grupo de periodistas y columnistas que trataron la información con muy buenos elementos de análisis y allí, por ejemplo, hizo escuela gente muy talentosa como Miguel Silva, uno de los estandartes de la revista Gatopardo. Yo podría enumerar más cosas y personas que hicieron en su momento de La Prensa un excelente periódico y por eso continúo diciendo que el diseño de sus páginas siempre fue una obra de arte nacida de las manos de Gustavo Zalamea y que las colaboraciones nacionales e internacionales fueron de gran talla. En lo nacional pudimos publicar artículos de Óscar Collazos, Juan Gustavo Cobo, Alfredo Molano, Álvaro Mutis, William Ospina, Belisario Betancur, R.H. Moreno Durán, Germán Castro Caicedo, Germán Espinosa, Manuel Mejía Vallejo, Hernando Téllez y Héctor Abad Faciolince. En lo internacional la lista también la conforman escritores de lujo como Mario Vargas Llosa, Salvador Garmendia, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Milan Kundera y otros más que se me escapan.

No sólo por eso La Prensa fue una maravilla. Para los que en el diario trabajamos fue una gran experiencia porque casi siempre hicimos lo que mejor nos pareció y nunca nadie nos impuso un tema, a no ser que fuera necesario. Ninguno sufrió por una extrema censura interna e incluso hasta Juan Carlos Pastrana, el director, se tomó muchas libertades a la hora de titular.

El periódico nunca fue muy sólido en publicidad, pero contó con pautas que lo mantuvieron a flote. Lo que pasa es que a la hora de diagramar cada número tuvimos muchos problemas porque la publicidad nos agredía directamente los diseños de Zalamea y sacrificamos muchos ingresos por eso. Al final verdades del periódico empezaron a generar malestar entre algunos sectores políticos y económicos, por lo que las pautas de siempre se fueron y dejaron al periódico a la deriva y con altos problemas financieros que obligaron a una irreversible quiebra. Fue algo parecido a lo que años después le pasó a El Espectador.

Vivir en Domingo

Entre semana hasta el sábado, la sección que se encargaba de todo lo relacionado con el cine, la televisión, la literatura, el arte, la música y demás temas fue “Vivir”. Los domingos la información proveniente del sector cultural ocupaba casi todo el periódico con obligadas variaciones dependiendo de los acontecimientos. Eso se llamó La Prensa de Domingo. La primera sección fue inicialmente dirigida por Fernando Garavito y “Domingo” fue mía. Más o menos al año Garavito se fue para internacionales y terminó como editor general y a mí me adicionaron “Vivir”.

Un par de semanas antes de que todo empezara me tocó escoger a mis colaboradores, gente nueva, para que nos apoyara en el periódico del fin de semana. A ese proceso de selección llegó un filósofo de tenis, pelo desaliñado, gafas medio chuecas y cigarrillo en la boca. Yo no sé por qué, pero por pura intuición y sin meditarlo mucho, decidí escogerlo a él porque me pareció alguien muy inteligente y además venía escribiendo columnas de opinión en una revista que ya tampoco existe. Ese filósofo era Chaparro y al poco tiempo me demostró que sin haber estudiado periodismo, era más capaz que el periodista mismo porque como todo filósofo fue educado para razonar y para observar la realidad de una manera más sensible. Eso mismo es lo que uno les pide a los periodistas, pero éstos no responden de la misma manera porque su formación es de algún modo más superficial. Fue lo mismo que yo le pedí a mi equipo y no voy a decir que Chaparro lo hizo mejor o peor que el resto, simplemente lo hizo a otro nivel.

Eso sí, tú a él no lo podías poner a cubrir economía o política porque le disgustaba mucho. Y como yo siempre he creído en la onda de que el periodista se debe especializar en una sola corriente y además porque me parece terrible hacer lo que a uno no le gusta, les di vía libre a todos los que trabajaron conmigo para que hicieran lo que más les llamara la atención. En La Prensa todo lo que fuera rock, cine, literatura y temas urbanos fueron de Chaparro. Esos eran los temas que a él le gustaron y esos fueron los que hizo siempre. Aunque el duro en todo lo relacionado con el rock mientras estuvo en el periódico fue Eduardo Arias, alguien de quien Chaparro aprendió mucho y con el que pudo emprender varios proyectos como “La Franja Lunática”[2] y Zoociedad.

En el tema rock La Prensa también tuvo mucho éxito y logró bastantes lectores jóvenes que cada viernes compraron el periódico para leer la sección dedicada a este género y a otros como el pop y el reggae. Los jueves “Vivir” se transformó en “Jueves Cultural” y los viernes en “Vivirock”, en donde lo último en tendencias musicales se desplegó de la mejor forma. Antes de Vivirock Alejandro Villalobos y Radioactiva eran los dueños de la última palabra en todo lo relacionado, pero llegó esta sección e hizo una competencia de frente que por el lado de Chaparro se volvió una guerra sin fin, pues él siempre consideró que el trabajo de Villalobos era una lobería mediocre, igual que toda la música que programaba.

La sede principal, donde quedaba la redacción, estuvo en una casa grande de dos pisos en el Bosque Izquierdo, por la carrera cuarta con 25B. En esa casa trabajaban los de la semana y los de fin de semana lo hicimos, en un principio, en un apartamento de un conocido de mi padre en las Torres del Parque. Luego todos nos fuimos para esa famosa casa blanca. Mientras hicimos “Domingo” todo fue más simple porque tuvimos más tiempo para la redacción de los artículos. Los definíamos los lunes, los martes y miércoles los trabajábamos, los jueves les hacíamos todos los retoques del caso y los viernes los entregábamos poco antes del cierre de las ediciones de fin de semana. Muchas veces ese cierre se hizo al filo de la madrugada.

Chaparro trabajó en el periódico hasta marzo de 1991[3]. Él se fue a trabajar en televisión, pero hasta el fin de sus días siguió como colaborador escribiendo cada ocho o quince días columnas de opinión, primero entre semana en la página ocho y luego en la 26 o 27 de los domingos[4]. A veces le tocó hacer cosas que no le gustaron y por eso dejó sin firmar muchos artículos. Hubo otros que sí los firmó, pero para buscar enfados en Fernando Garavito, su único enemigo en el diario.

‘Chaparrock’, directo a la yugular

El director no hace nada sin consultarle primero a Mick Jagger. ¿Mick qué tal te parece unas cinco preguntas a Ivonne Nicholls? Espantoso, responde Mick al otro lado de la línea. Oye, déjame tranquilo que estoy aquí en las Islas Vírgenes con mi rubia salvaje fumándome el único cayo virgen que ha quedado. Eso de venir después de los locos de Metallica es una vaina. El director se acomoda las gafas y piensa que Mick tiene razón. Qué jartera Ivonne Bolívar, perdón Ivonne Nicholls. (…) ¿Otro titiritero? EL próximo titiritero que cruce esa puerta lo mandamos a una cabeza de lista. (…) Ya sé. Mandemos al titiritero a El Tiempo para que le hagan un especial de ocho páginas sobre el marginamiento socioeconómico de la cultura en el país, dadas condiciones poco favorables, firmado por José Hernández. Listo, tome dele para el taxi. Otra tarde ‘heavy’.

Rafael Chaparro Madiedo.

“La otra casa tomada”.
La Prensa. Octubre
3 de 1991.

A Rafael casi nunca lo llamamos así. Él siempre respondió por ‘Chaparro’, ‘Rafa’, ‘Chaparrock’ y ‘Pacharro’. Este último porque él siempre fue poseedor de un humor inigualable. Pero no el humor del tipo gracioso que lanza chistes todo el tiempo, sino el del tipo callado que es definitivo en una situación graciosa cuando a lo último hace el comentario más ácido de todos. Mucho de esa condición quedó en sus artículos y en el ambiente que se vivió en La Prensa, sobre todo cuando se burlaba a manera de desquite de Garavito. Y con cierta razón, porque Fernando Garavito por alguna extraña razón se ensañó con él. Lo digo porque en ese tiempo Garavito se podía enojar con cualquiera de nosotros, pero con Chaparro era una cosa cercana al odio. Nunca logré entender por qué y eso no importó porque Chaparro nunca se dejó y siempre le tiraba a la yugular, siempre lo dejaba más verraco de lo que estaba.

Todo con Chaparro fue directo a la yugular: sus opiniones, sus críticas, sus títulos, sus crónicas, su enfado con las injusticias del país. Cada vez que a Juan Carlos Pastrana, el director, se le ocurrió algo que nos lo enmarcó como genial, Chaparro hizo exactamente lo contrario o algo diferente. Pastrana me decía en ese entonces: “¿Qué te parece, Ana María, si cubrimos el conflicto judíopalestino desde todo lo que han sufrido los israelitas?”. Entonces Chaparro se iba a hablar con los palestinos y volvía con un resultado genial que yo publicaba así supiera de antemano que al otro día me iban a regañar. Pero cómo no publicar textos tan buenos.

Esa escena se repitió con frecuencia en el periódico. Muchas veces Juan Carlos Pastrana me sugirió cosas como: “¿Qué te parece, Ana María, si hablamos del Golfo Pérsico y de Hussein?”. Entonces yo le delegaba eso a Chaparro y él me venía con un artículo de humor erótico de lo más bueno. Pero hay un artículo que recuerdo especialmente y Chaparro lo escribió cuando a Pastrana se le ocurrió hacer algo relacionado con los supermercados y el porqué de la disposición y la presentación de los productos que en éstos venden. Como siempre, mandé a Chaparro a hacer una crónica y él volvió todo irreverente con una historia en donde, por ejemplo, las uvas y las naranjas pensaban y el pasillo de los insecticidas se llamaba ‘Zona paramilitar para cucarachas’. Una historia buenísima y muy graciosa y que yo la publiqué. El regaño de Pastrana fue monumental, pero al cabo del tiempo todos nos dimos cuenta de que esos textos estaban teniendo un éxito entre los lectores y le dimos mucha más libertad a Chaparro[5]. Además estaban provistos de excelentes titulares, porque titular fue otro de sus talentos del que La Prensa se nutrió y muchas de sus ideas fueron aceptadas para encabezar artículos de otros en el periódico.

El episodio García Márquez

Alguna vez a las instalaciones de La Prensa llegó de visita Gabriel García Márquez y como él siempre les ha tenido fobia a los periodistas, sólo habló con Chaparro por ser el único periodista que no era periodista en el periódico. Yo era cercana a García Márquez por esos días y durante esa visita Chaparro me dice: “Oye, Ana, yo quiero irme para Cuba a estudiar a la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños”. Yo le comento eso a García Márquez y él accede a llevárselo porque para entonces Chaparro ya había adelantado unos estudios de cine en la Universidad Externado de Colombia.

Ese curso, de un par de meses, puedo apostar que fue la experiencia más desastrosa de la vida de Chaparro. Le fue muy mal y volvió hablando pestes del escritor porque le pareció muy mala persona. Además se decepcionó mucho del ego de García Márquez y de su antipatía por todo estudiante que no fuera una mujer bonita, pues según él García Márquez llegaba, hablaba dos o tres cosas, les coqueteaba a dos tres alumnas y se iba sin atender ninguna duda ni nada. El pobre Chaparro se fue feliz y con muchas expectativas a estudiar a Cuba y regresó vuelto un ocho y muy enfermo porque le tocó comer cosas que le hicieron daño a su salud delicada.


“Soy de Cocacola, aspirina y neón”

Chaparro fue uno de esos personajes a los que no les gusta llamar la atención. Él no lo hizo porque sí, simplemente fue un retraído natural que muchas veces fue visto como antipático. Aunque hay muchas cosas que se me han olvidado por el paso del tiempo, conservo algo que no ha perdido nitidez y es que siempre fue un tipo que llevó una carga constante, no física. Algo así como una dolencia en el alma cercana a la angustia, como una insatisfacción que entonces no pude definir y ahora mucho menos. Era como una especie de ansiedad que siempre llamó mi atención y que se vio a veces en sus ojos tristes, en su silencio y sobre todo en su escritura. Era algo extraño que no se debió a su enfermedad, de la cual siempre se burló mucho y no le dio importancia, y que lo hizo ser alguien muy especial y poseedor del atormentado talento de un buen escritor. Hablo de un no sé qué que intenté reducir a la expresión “inquietud incómoda”, pero no lo logré. La memoria le pone a uno zancadillas todo el tiempo y hasta que uno se cae y del totazo se le borran a uno muchos recuerdos de la mente. Pero para redondear este relato que en algún momento se tiene que acabar, además porque no me cansaría pronto de hablar de Chaparro, pienso que es necesario citar la introducción que escribí para una entrevista que yo le hice en El Tiempo, después de que nos sorprendió a todos cuando se ganó el Premio Nacional de Novela. En esta entrevista, titulada “Soy de cocacola, aspirina y neón” [6], hay muchas claves expuestas por él mismo sobre sí y sobre su novela, pero es en el inicio donde yo intento dar una mejor definición de él como personaje:

Rafael Chaparro es filósofo de computadora, cocacola, blue jean y camiseta que siempre ha tenido ganas de escribir con un rápido impulso irreverente. Es, indudablemente, su manera de expresar su inquietud incómoda con el mundo en el que le tocó vivir. Rimbaud es su guía; a través de su lectura se le quebró el ritmo interno de la vida espiritual y ante esa agobiante inquietud se le dispararon todas las nostalgias de una vida sin recorrer. Siempre camina lento y encorvado, como si llevara encima el gesto irremediable de la derrota, pero por el contrario, es un hombre con suerte. Donde se sienta, se escurre. (…) Es un apático que se sorprende porque pertenece a una generación sin utopías y, además, se ríe de ellas, que es el reflejo de profundo descreimiento por lo que le rodea. Simpatiza rápido a pesar de que es un tímido múltiple. El rock es su pasión; el humor, su salida a cualquier circunstancia. Su imaginación galopante siempre tiene ideas tan descabelladas que parece que soñara despierto. Fuma siempre como pare de un continuo aburrimiento…



[1] Ana María Escallón ha sido periodista, columnista y crítica de arte. Su especialidad es la obra de Fernando Botero y ha publicado varios libros sobre el artista colombiano.

[2]La Franja Lunática” fue una sección de humor creada por Chaparro y Arias que salió todos los domingos en La Prensa, entre junio 19 y noviembre 26 de 1989, y en la cual abordaron temas de actualidad con un estilo cercano al disparate. Los artículos nunca fueron firmados con sus nombres originales sino con seudónimos como: Chap Tech y Bull Tech, entre otros.

[3] En ese marzo en dos “Tópicos de La Prensa”, que era una de las columnas de la sección “La Opinión” y que siempre salieron junto al editorial del diario, despidieron a Rafael Chaparro. El primero de esos tópicos es el del 8 de marzo de 1991 y dice lo siguiente: “Chaparro / “Sadam lo dejó el Bush”, “I Misil You”, “El Mundo está iracundo”, “Yoko Ono, Tuko Onas”, Cero y Van Gogh, “Alazas go Holmms”, “Calvo es neurótico lo pone”, “Fiasco Da Gamma”. Titulares que sólo podían provenir de la mente retorcida de Rafael Chaparro. Filósofo de profesión, rockero de vocación, cronista urbano, antipoeta, topiquero, titulador. Con sus jeans rotos y su renoleto ídem, Chaparro recorrió con irreverencia pomposos salones y adustas oficinas, el día de la radio, la calle, la esquina, combatiendo con sarcasmo e ironía los lugares comunes, la mediocridad activada, el lenguaje acartonado de nuestra zoociedad. Chaparro se va y todos, incluso Villalobos, extrañaremos sus chistes, sus juegos de palabras, su alegría”. El otro tópico es el del 16 de marzo y dice esto: “Rafa / Una semana sin Rafa es una semana sin dulces Charms, sin gelatina Boogie, sin “acompáñame a la tienda”, sin “Ana regáleme un cigarrillo”, sin “a dónde vamos a almorzar”, sin “qué mamera”. Una semana sin Rafa es una semana sin chistes, sin rock, sin bostezos, sin punketos en la sala de redacción, sin barbaridades, sin imitaciones, sin carcajadas, sin la silla meciéndose, sin blue jeans rotos, sin manos en los bolsillos. Una semana sin Rafa es toda la vida sin Rafa. Que vuelva Rafa”. Muchos de esos tópicos, según Ana María Escallón, fueron escritos por Rafael Chaparro hasta el día que dejó la redacción del periódico. Como siempre fueron publicados sin firma, no podría saberse cuáles son suyos.

[4] El último artículo de Rafael Chaparro en La Prensa fue publicado el domingo 2 de abril de 1995, página 26, y lo tituló “El coronel no tiene quién lo limpie”.

[5] Los artículos a los que Ana María Escallón se refiere son los siguientes: El que se trata sobre Hussein se titula “Hussein llega a Al Cuccah, publicado en La Prensa el 15 de septiembre de 1990. El segundo texto se titula “Supermercado en tres actos”, publicado en La Prensa el 9 de abril de 1989. El siguiente es un aparte del primero de estos artículos: “El beso Hussein está de moda. Primero llega a un oasis intermedio llamado Al Omblhigo, pero su único objetivo es invadir el oasis principal del Golfo Pélvico: Al Cuccah (hueco sagrado en árabe). La historia sagrada dice que este oasis antes se llamaba Cucalonia, lugar de perdición donde ‘Nabucondonosor’ acostumbraba pasar sus fines de semana en full relajo”. El segundo texto empieza así: “… Contenido neto 280 c.c. Su rico sabor a menta deja el aliento fresco. Déjese unos momentos y retírese con papel tisú. Home Products inc. Cali. Boyle Midaway USA con carnauba y silicona. Leche de magnesia Phillips. Suspensión. Antiácido y laxante. The Sydney Ross Co. Agítese bien antes de usar. Para niños una cucharadita al día. No más. Ocho de la mañana en supermercado. / Es un lugar obligado para que muchos hogares se mantengan como institución”.

[6] Ana María Escallón escribió dicha entrevista para el suplemento Lecturas Dominicales. Fue publicada el 20 de julio de 1993.

jueves 18 de septiembre de 2008

“Tuvimos suerte”

De izquierda a derecha: Chaparro, Arias y Troller. Foto: La Prensa.

Con Zoociedad lo mejor de todo es que ninguno de nosotros había tenido experiencia en la televisión, es decir, no teníamos vicios, ni esquemas televisivos.

Rafael Chaparro Madiedo

La génesis según Paula Arenas Canal[2]

Yo conocí a Rafael Chaparro o a ‘Cabeto’, como le decíamos, en 1983 cuando entramos a estudiar Filosofía y Letras en la Universidad de los Andes. Nos hicimos amigos con la timidez que a los dos nos caracterizaba, por lo que no fue una amistad muy fluida pero sí muy cercana. En un principio nos aproximamos por la literatura y el rock y luego nuestros intereses se fueron por el lado de lo audiovisual y el cine, una afinidad que explotamos más tarde.

Uno siempre tuvo el referente de que él tenía una dolencia física que no lo dejaba en paz y muchas veces lo vi mal, pero vine a saber mucho tiempo después de qué. Por eso no deja de sorprenderme todo el tiempo extra que le robó a la muerte y aún hoy no alcanzo a comprender cómo pudo ser tan lúcido y creativo, cómo nunca perdió los cabales y con qué ganas y apego a la vida trabajó siempre en los proyectos que hicimos. En ningún momento se dejó derrotar anímicamente del lupus y siempre, con su humor corrosivo, desafió su situación.

Cuando nos graduamos, en 1988, yo decidí irme a Nueva York a estudiar cine y televisión y regresé a finales del año siguiente, para empezar a trabajar con Chaparro en proyectos donde yo manejé lo audiovisual y él los textos y los guiones, una dinámica que siempre nos dio resultado, además porque yo siempre me sentí muy a gusto con lo que ‘Cabeto’ escribió. Un primer proyecto lo hicimos con Manuel Hernández, profesor de Los Andes y amigo nuestro, y fue un intento de documental sobre el 20 de julio y el fenómeno de la devoción por el ‘Divino Niño’ en Bogotá. Después de eso empezamos a trabajar en el noticiero de Cinevisión, donde hicimos notas bastante singulares para un espacio informativo. Recuerdo que una de ellas se trató sobre las murallas como símbolo de la esquizofrenia, con ejemplos claros como el muro de Berlín, la Muralla China y las murallas de Cartagena. Fueron notas que parecían ensayos en un noticiero y que pueden definirse como propuestas muy poco comunes entonces y todavía.

Como mis padres eran los dueños de Cinevisión, empresa que producía el noticiero, yo podía hacer lo que quisiera y por eso logramos formar un trabajo muy chévere, hasta que llegó un momento en el que nos tocó dejar de jugar y ponernos serios. Corría 1990, cuando salió una licitación en la que la empresa debía escoger entre seguir como productora del noticiero o como programadora de entretenimiento. Yo sugerí que tomáramos el segundo camino porque me sentía más fuerte trabajando en esa corriente, en los espacios narrativos y no en los informativos. Así fue que Cinevisión se trasformó, en la época exacta cuando la televisión colombiana empezó a cambiar y justo antes de la llegada de la Constitución de 1991 y de que naciera la Comisión Nacional de Televisión.

Hasta ese momento dejamos de chapucear en lo audiovisual y me tocó diseñar una propuesta definida, pues entré como gerente de programación de Cinevisón, lo que me exigía formar un equipo profesional de trabajo para producir espacios concretos y, obvio, la primera persona que lo conformó fue Rafael Chaparro. Después vinieron Eduardo Arias, Karl Troller, Pacho Ortiz y los demás.

De ahí en adelante me pidieron que buscara un programa para los miércoles a las nueve de la noche, después una serie llamada La de los tintos y que hacía Bernardo Romero Pereiro, en la franja prime time que tenía Cinevisión en ese momento. Yo destiné para ese horario una serie animada a la que le había comprado los derechos en una feria en los Estados Unidos. Es importante pasar despacio por esta parte del relato, porque la serie era Los Simpsons y la entrega se retrasó cuando hicieron el doblaje al español de su primera temporada para Latinoamérica, pues Matt Groening no estuvo satisfecho con las voces que hicieron los mexicanos y paró el proceso. Entonces Cinevisión necesitaba otro programa que cubriera ese hueco y ahí pusimos a Zoociedad. Y estoy hablando de dos programas importantes en la televisión nacional: Zoociedad, que a pesar de que sólo duró tres años es un espacio muy recordado, y Los Simpsons, que se convirtió en un fenómeno no sólo en Colombia, sino en casi todo el mundo. A estos muñecos amarillos los pude poner dos meses después, en el horario de los sábados a las cuatro de la tarde.

Antes de todo eso, Chaparro y yo veníamos enganchados trabajando en una idea preliminar, en la que buscamos crear un programa de humor urbano que luego se tornó en Zoociedad, término que `Cabeto`, estoy casi segura, sacó de las historietas de Mafalda y que resumió perfectamente el espíritu de lo que fue el programa y de cómo lo hicimos. Lugo vinieron los demás, el resto del equipo, para ayudarnos a sacarlo a flote.

Karl Troller[3] y Eduardo Arias [4] entran al proyecto

Fue gracias a Rafael Chaparro que nosotros entramos a hacer parte de Zoociedad. Eduardo Arias y yo supimos de Chaparro desde el colegio donde estudiamos, Helvetia. Sabíamos quién era, pero nunca lo tratamos; además pertenecimos a otras generaciones. Arias se graduó en 1977 y yo en 1979. Rafael, unos años después. Luego me lo me encontré cuando Paula Arenas nos llamó a Eduardo y a mí para que trabajáramos en la creación de un programa para Cinevisión. Arias ya había tratado con Rafael desde La Prensa. Fue él quien nos recomendó para trabajar en ese proyecto. Cuando más o menos teníamos una idea sobre cómo iba a ser Zoociedad, Eduardo recomendó a Jaime Garzón, que en ese entonces era alcalde de Sumapaz e iba mucho a La Prensa por ser ‘pastranista’, igual que el periódico. Ya todos sabemos cuál fue el éxito que tuvo Jaime y qué pasó después con él.

Así es. Yo primero trabajé con Chaparro en La Prensa. Allí tuvimos un tiempo una columna de humor y crítica que se llamó “La franja lunática”, en la que algunas veces participó Troller. Luego me fui a trabajar a la revista Diners y no volví a tener contacto con él hasta 1990, cuando arrancó Zoociedad. Al comienzo no sabíamos bien cómo sería el programa. La idea inicial fue de Chaparro y Paula Arenas, en ese entonces gerente de programación de Cinevisión. Sabíamos que lo que estábamos concibiendo era de humor, pero nos tardamos más de un mes en darle una verdadera forma a la idea. Chaparro, Arenas, Troller y yo estuvimos muy influenciados por un programa de humor gringo que se llamaba No necesariamente las noticias y también por El show de Benny Hill.

Zoociedad tomó más forma con la llegada de Jaime Garzón, luego con la de Francisco Ortiz, quien fue el director del espacio. Su batuta le dio orden y sentido a todo, además de que contó con la ayuda de su asistente, John James Orozco, alguien muy talentoso a la hora de hacer humor con imágenes. Ortiz le asignó una labor a cada uno y formó un esquema de trabajo. En ese esqueleto quedaron Jaime y Elvia Lucía Dávila como presentadores, y Karl Troller, Rafael Chaparro y yo como argumentistas.

Chaparro, un Zoocertero

A la hora de dar ideas diría que Chaparro es trash metal, troller es como el reggae y yo algo así como el punk rock.

Eduardo Arias

El magazín, si así se le puede llamar, tuvo mucha suerte por contar con Jaime Garzón. Yo lo recomendé por su talento para la imitación y resultó ser mucho más que eso. También hay que decir que cuando estábamos enmarañados con las ideas, en medio de una discusión, Rafael Chaparro interrumpía su habitual silencio sepulcral, pues era un tipo muy callado, y en medio del humo de su eterno Pielroja, con su alta dosis de lucidez y con alguna frase corrosiva, nos sacaba del embrollo. El hombre tenía una sensibilidad impresionante para el humor negro y un buen sentido crítico, lástima que por morir joven no lo pudo desarrollar más. Sobre eso también puede preguntarle a Troller.

Es verdad, nosotros durante esos tres años jamás supimos de su enfermedad. Rafael era una persona muy introvertida, no hablaba de cuestiones personales y a veces uno no sabía cómo sacarle las palabras. Decía lo necesario y cuando hizo un comentario o manifestó una idea, fue siempre certero y daba en el clavo. Que yo recuerde, lo único perjudicial de él era su manera de fumar cigarrillos sin filtro. Nunca se le notó su lupus y prácticamente supimos de eso cuando lo devoró. La relación que Eduardo y yo tuvimos con Rafael fue netamente laboral.

La dinámica

Nos reuníamos los viernes y los lunes para botar corriente. Nos inventábamos las situaciones y las cosas. Algunas veces hasta nos fuimos para la casa de Troller. En esos encuentros planteábamos un tema central, las notas para las secciones, y escribíamos algunos argumentos o ideas base que sirvieron como guía para ‘Pili’ y ‘Émerson de Francisco’, los presentadores que interpretaron Elvia y Garzón.

Zoociedad fue un programa muy improvisado y tuvimos suerte. Mirábamos mucho las noticias y sacábamos las pifias políticas de la semana. Un tema al que recurrimos mucho fue el apagón y su causante, ‘ciertamente’ el ex presidente César Gaviria. No teníamos libretos, casi siempre eran ideas o bocetos de guiones que se iban cambiando en la marcha, sobre todo, porque muchas veces Garzón improvisaba y agregaba otras cosas. Lo más elaborado eran las notas de humor pregrabadas que hacía John James Orozco, en las que Rafael Chaparro trabajó mucho. Los dos pasaron bastantes horas escribiendo y capturando material para hacerlas.

No hicimos nada nuevo, mucho menos humor inteligente

Zoociedad salió por primera vez al aire el 31 de octubre del 1990, un día de brujas, a las 9 de la noche. Posteriormente nos cambiaron para los sábados a las 7:30 de la noche. No sé cuánto tiempo estuvimos en ese horario, pero retornamos al primero hasta que el programa se acabó. Fueron casi tres años de emisiones en medio de la siempre complicada realidad nacional.

La idea fue hacer humor para burlarse del poder. También denunciar cosas. Era una época muy distinta a la de ahora, pero también muy dura. El país era Gaviria, la extradición, los extraditables, las bombas, Escobar y los otros capos, la eterna guerrilla y la represa del Guavio. Claro que por otro lado había hechos que invitaban a pensar en un país mejor: la paz con el M-19, la nueva Constitución, la selección estaba jugando bien y clasificó a Italia 90, el triunfo de Carlos Vives en el exterior… Existieron cosas que nos invitaron a pensar un nuevo país. Era como dejar atrás todo el terror, los magnicidios de Galán, Pizarro, Bernardo Jaramillo Ossa, y otros tantos. Eran una serie de factores que de pronto hoy, o nos parecen nostalgia o nos parecen normales, porque ya Juanes y Shakira nos tienen acostumbrados a los triunfos. Entonces yo, Eduardo Arias, creo que de alguna manera Zoociedad era el reflejo de esa euforia, y si bien éramos muy críticos del gobierno de César Gaviria, era una crítica que terminaba siendo festiva. Era un humor duro, fuerte y pesado, pero que tenía un trasfondo de tranquilidad en la realidad del país. Eso no pasó con Quack, que se vivió en todo el proceso 8.000, mientras el país parecía a punto de colapsar institucionalmente. Uno compara estos dos programas y se da cuenta de que Quack era mucho más elaborado, más categórico, más profundo en sus argumentos, en su crítica política. Todo, producto de los libretos de Antonio Morales.

Pero volviendo con Zoociedad, nuestra intención era hacer humor, pero no uno que se burlara de los pobres, de los campesinos, de los regionalismos y costumbrismos, que era la tónica de Sábados Felices, programa que se ha burlado mucho de eso; de los pastusos, bogotanos y antioqueños y de cómo hablan los negros de Puerto Tejada. Nosotros les tirábamos a los fuertes y no a los desvalidos. La gente decía que el humor del programa era inteligente, pero no, era más de opinión basado en lo que estaba pasando. Algunos decían que era un humor elitista, pero en últimas le llegaba a toda persona que estuviera medianamente informada, que oyera un poco de radio y leyera algo de periódicos. Y usted sabe que la gente más informada del país no es la de la elite sino la del común.

Hoy algunos dicen que nosotros inventamos la sátira política en la televisión, pero eso ya había empezado con el maestro Salustiano Tapias en Sábados Felices. Después vino Hugo Patiño, en el inicio de la década de 1980, innovador en la imitación y burla al poder con sus políticos y militares. En ese entonces el presidente era Julio César Turbay, el más gozado de todos. El ex presidente, en un directo de televisión, le habló al país para decirle que prohibía burlarse de los dignatarios nacionales. Por eso le cortaron el chorro a Patiño.

Lo paradójico del asunto es que nosotros retomamos ese humor de Hugo y nos pasó todo lo contrario. Político del que no se burlaba Zoociedad, usando la jerga de la moda, estaba out. Nunca nos censuraron, nunca nos amenazaron de muerte, sólo a Jaime una vez el cartel de Cali. Alguna vez Troller y yo tuvimos ciertos problemas con las embajadas de Aruba e Israel por algo que hicimos en el programa alusivo a ellas, pero jamás nos sentimos en peligro. No tuvimos censura de ninguna clase.

Es muy gracioso pensar en eso, todos querían ser ridiculizados en el programa. Además contamos con el apoyo del público y los periodistas empezaron a darle difusión al espacio diciendo que en él se hacía un humor inteligente. Nosotros nunca hicimos eso, es más, muchas de las emisiones quedaron con amplios vacíos. Triste es pensar que el programa se acabó cuando quisimos mejorarlo, porque de todas maneras no tuvo tanta audiencia. Sin embargo, nos fue bien con él y se ganó un lugar en el recuerdo de muchos. Hoy Cinevisión ni siquiera existe y la televisión del país es otra cosa. De todas maneras con Zoociedad se cumplió el ciclo y hoy digo que murió cuando tenía que morir.


[1] Casas, Daniel. “Presentación en Zoociedad”. En: La Prensa. Bogotá, febrero 2 de 1992, p. 14 y 15. (Entrevista hecha a Rafael Chaparro, Karl Troller y Eduardo Arias, quienes eran creativos de Zoociedad).

[2] Paula Arenas es creativa y productora ejecutiva de televisión. Entre sus trabajos más sobresalientes figuran la serie La alternativa del escorpión y el programa de humor político Zoociedad. También las comedias Conjunto Cerrado y Viceversa, y la telenovela Juan Joyita. Fue gerente de programación de RTI, vicepresidente creativa del Canal RCN y gerente de producto de City Tv. También se ha desempeñado como asesora del Ministerio de Cultura en temas de televisión pública y en la actualidad es la directora de los magazines Culturama y La Sub30.

[3] Comunicador Social de la Universidad de los Andes. Es el actual director en Miami de la revista Maxim para Latinoamérica. Fue, junto a Eduardo Arias y otros amigos, fundador de la revista Chapinero. Con Arias ha escrito varios libros. Dirigió por un tiempo la revista Shock y programas sobre música como Persiana Americana.

[4] Biólogo de la Universidad de los Andes. Ha sido uno de los buenos escritores sobre rock en Colombia. Es el editor cultural de la revista semana y ha trabajado en revistas como Diners y Soho; y de periódicos como La Prensa y El Tiempo. Fue libretista de Quack y Zoociedad. Entre sus libros están: Momentos estelares del deporte, Guía del buen estudiante vago, Diccionario de la Ch, publicados por Intermedio, y casi todos escritos con su amigo y colaborador de toda la vida Karl Troller. Actualmente es el editor cultural de la revista Semana.

[5] Esta cita también fue extractada de la entrevista mencionada en el pie de página anterior.


Rafael en el cielo con helado de mora: uno de los sueños de Claudia Sánchez

Chaparro y su carro. Fotografía cedida por Rafael Chaparro Beltrán.

Dios movió el dedo y mierda es el turno.

Rafael Chaparro Madiedo.

Opio en las nubes.

Las gente siempre espera que el relato de cómo fue la muerte de alguien sea algo muy cinematográfico, lleno de imágenes y detalles muy conmovedores. En el caso de la de Rafael Chaparro la cosa no fue así. Yo estuve con él en sus últimos momentos y puedo decirlo con certeza. Asistir al fallecimiento de alguien, acompañarlo a morirse, es algo muy doloroso y a la vez un gran privilegio. Lo que viene después cuando uno aterriza sobre lo sucedido es lo peor.

Después del duelo empieza un proceso no tan lento, algo así como una guerra contra la memoria que uno intenta ganar luchando para que lo que uno recuerda de la persona fallecida no se torne nebuloso. Por supuesto hay una imagen que uno siempre conserva y es el rostro. En parte porque las fotografías ayudan mucho. Pero lo primero que uno empieza a olvidar del que se muere es su voz. Recuerdo que Rafael tuvo un tono de voz que a mí me parecía muy agradable, pero ya no puedo describirlo. Recuerdo lo que me producía, pero por ejemplo no estoy segura ya si su voz era ronca o suave.

Para mí fue muy difícil aceptar que él se había ido y durante mucho tiempo no pude conciliar el sueño hasta que sintiera que él se posaba en el borde de mi cama para cuidarme. No sé como explicarlo, pero era como si yo lo llamara y de verdad, no estoy mintiendo, yo sentía su peso sobre mi cama. En ese momento me regocijaba un poco. Pero alguien me dijo alguna vez que a los muertos había que dejarlos ir para superar el duelo y mientras intentaba asimilar eso hasta quise suicidarme. En algún momento pensé en tirarme de un puente que queda cerca de la casa de Rafael y por el que siempre cruzaba cuando iba a visitarlo. Afortunadamente no lo hice.

En ese proceso de superar la pérdida uno ve a su muerto en todas partes: en la casa, en el trabajo, en la calle y en los sueños. Poco tiempo después de que Rafael Chaparro se muriera, iba en bus por la Avenida Séptima y por los lados de la Universidad Javeriana lo vi. Me dio una impresión tenaz y me bajé del bus como pude con rumbo a él y cuando llegué vi que era alguien que se le parecía bastante. Lo otro son los sueños en los que lo veía vivo y cuando despertaba todo era una pesadilla. Aún hoy sueño a veces con Rafael, pero con la diferencia de que ya no siento ningún dolor, sólo una normal nostalgia, la misma que sentimos todos los que lo quisimos. Una nostalgia que en mí es bastante normal, porque él y yo éramos novios cuando se murió.

La clínica

De la casa de sus padres me llamaron a decirme que lo habían internado en la Clínica Fundación Santafé. Yo salí para allá, mi papá me llevó corriendo y cuando llegué a urgencias encontré a Rafael en una camilla. Pero me calmé porque vi que estaba bien, consciente, y lo tenían estable. Eso fue en la mañana del lunes 17 de abril de 1995.

Desde ese momento lo acompañé mientras le hicieron unos exámenes, antes de que lo entraran para hacerle una diálisis. Una enfermera me entregó sus pertenencias, entre las que se encontraban sus gafas, su billetera y su reloj Casio. La billetera se la entregué a sus padres y Sergio Luis, uno de los hermanos de Rafa, me dijo después que me quedara con el resto. También conservo una cadena de plata con un dije de la Virgen de Lourdes que él siempre llevó colgada, pero esa me la dio el propio Rafael antes de que le hicieran esa diálisis, apenas iniciando el lunes y cuando nadie pensaba que nos iba a dejar para siempre. Después de muchos años de tener esos objetos el reloj se perdió en un trasteo y las famosas gafas de Rafa se las di a mi hermano que algún día necesitó unas. Él iba a usarlas y yo las tenía guardadas en un cajón, por lo que me pareció que iban a tener un mejor destino.

Mientras estuvo en la clínica no me separé de su lado hasta la madrugada del martes, cuando pasó lo que pasó. Incluso me dejaron entrar al sitio donde le hicieron la diálisis, procedimiento por el cual Rafael estaba muy nervioso y que nos dijo que en realidad tenía los riñones muy mal. Desde que supo que se la iban a hacer empezó a tornarse intranquilo y pesimista, en cambio yo pensé que era cuestión de que le hicieran eso y al otro día le dieran de alta. Nunca me imaginé lo peor.

Estando con él en ese lugar les avisé a sus amigos más cercanos, como su mejor amigo, Andrés Huertas, con quien para entonces compartía el cargo de director de La brújula mágica[1]. Huertas fue su amigo desde que estudiaron en la Universidad de los Andes y fue su cómplice en muchos proyectos y locuras. A él no lo encontré porque estaba fuera de la ciudad, pero le dejé un mensaje en su teléfono. A los que sí encontré fue al resto del equipo de Audiovisuales con los que hacía La Brújula y aunque Rafa me dijo que no quería que nadie lo viera allá, llegó casi todo el mundo, incluso Fernando Rojas, el mimo del programa y el que ahora es mi esposo.
Finalizando la tarde empezó a quejarse mucho del dolor y no podía acomodarse en la cama de la habitación que le asignaron. Ya para entonces le costaba mucho moverse y entre Fernando y yo le lavamos los dientes. Al rato todos se fueron, pero por la habitación que le asignaron, hasta que se acabó la hora de visitas, entró y salió mucha gente que cuando lo vio hizo el mejor esfuerzo para ocultar su impresión de ver a Rafa tan deteriorado. Porque él se puso muy demacrado y su piel estaba totalmente amarilla.

Rafael venía de estar muy enfermo porque meses atrás lo atropelló un carro en el cruce de la 19 con quinta. Ese día Andrés Huertas, Rafa y yo íbamos para Audiovisuales y en ese cruce un tipo en su carro se pasó la cebra del semáforo y Rafa le dijo que no fuera tan descuidado y este tipo le tiró el carro y le hizo una herida en la pierna derecha, la cual por su enfermedad no le cicatrizó y lo debilitó mucho. Para acabar de ajustar, el animal que lo atropelló no sé qué chanchullo hizo y no pagó ni una multa.

Rafael fue de malas y estando enfermo de lo de la pierna lo cogió una crisis del lupus y pare de contar. Y eso que siempre se cuidó mucho, fue riguroso con su tratamiento y se hizo los chequeos constantes que su médico le mandaba y en los que le medían el nivel de creatinina[2]. Con él los médicos siempre fueron muy alarmistas desde que le diagnosticaron lupus. Cuando eso tenía veinte años y le dijeron que le quedaban seis meses de vida. Muchos ante ese anuncio se desmoralizan por completo, pero la reacción de Rafael fue enojarse e irse a comprar muchos libros en la librería Panamericana y encerrarse a leerlos. Y cuando fue superando ese umbral que le dieron, después de cada chequeo, le decían siempre que no entendían por qué no estaba muerto.

Volviendo a lo de la Clínica, él poco a poco fue perdiendo los ánimos y le empezaron unos dolores terribles, los mismos por los que de su casa lo llevaron allí. Entonces los médicos empezaron a suministrarle morfina y para el final del día lo vieron tan mal que le chutaron toda la dosis posible, cosa que no sirvió porque Rafael se seguía quejando mucho, sobre todo de la pierna. Pero logró calmarse a lo último cuando le explicaron que en su estado no podía sentir ni dolor, ni nada, porque la morfina lo tenía totalmente sedado. Igual se le seguía notando el pesimismo de saber que de esa no iba a salir bien librado.

Para entonces todo el mundo sabía que él se iba a morir, menos yo. Todo lo que le hicieron a lo último fue lo de la clínica del dolor, lo que les hacen a los enfermos terminales y yo, toda ingenua, no sabía que él era un enfermo terminal. Ahora pienso en eso y estoy segura de que Rafa supo todo el tiempo que se iba a morir ahí en esa clínica y seguro debió de sentir mucha putería por eso, porque él odiaba las clínicas, los hospitales y los médicos por su olor y por todo.

Como yo seguía pensando en que le iban a dar de alta le propuse un viaje para cuando se aliviara y él me dijo que no me desgastara pensando en cosas que no iban a pasar. Eso me asustó mucho y él lo notó y me cambió la película y me siguió el juego. Entonces me preguntó que para dónde viajaríamos y yo le dije que para la costa, porque a él le fascinó siempre la tierra caliente, y mientras más caliente mejor, a pesar de que no podía recibir sol.

Antes de todo

Empecé por el final. Mejor le cuento cómo fue que nos conocimos Rafael y yo. Para eso tengo que hablarle sobre el día en que inicié las prácticas académicas en La brújula mágica. Para entonces yo estaba terminando comunicación social en la Javeriana y me presenté a Audiovisuales para hacer mis prácticas allí. Estamos hablando de finales de 1993 y entonces me contrataron para trabajar en La brújula. El primer día, en la mañana, conocí a todo el equipo del programa, menos a Rafael, que llegó en la tarde. Desde que nos vimos, la química entre los dos fue muy fuerte.

Él, tratando de vencer su constante timidez, la que lo hacía parecer antipático en un principio, me dijo que ese día me tocaba quedarme con todos trasnochando para un turno que había de edición del programa entre las ocho de la noche y la una de la mañana. Me lo dijo en chiste, pero yo le contesté muy seria que listo, que yo me quedaba porque no tenía nada que hacer en mi casa. Ahí mismo él repuso que no, que fresca, que era que estaba molestándome. Por supuesto yo le dije que de malas, que yo me quedaba de todas maneras porque quería aprender cómo editaban el programa. Todo eso fue muy charro y siempre nos reímos mucho de eso cuando lo recordamos. Y lo mejor de todo fue que sí me quedé y en la madrugada, como él se sintió como culpable, me llevó hasta la casa en su Renault 4: el famoso Renault 4 de Rafael querido mío, el mismo que nos llevó a muchas partes y con el que varias veces nos estacionamos al lado de los parques a beber ron y a escuchar rock. Un carro que él adoró y siempre le pareció de mucha personalidad, lo máximo, incluso hasta cuando tuvo que reemplazarle la palanca de las direccionales por un destornillador. Un carro del que intentó desprenderse muchas veces pero que nunca pudo, incluso teniendo la oportunidad de comprar un Volkswagen convertible que siempre fue su sueño. Un carro que es otra historia y si él estuviera vivo seguro todavía lo tendría.

El principio de mi relación con Rafa fue muy raro porque yo venía de terminar una relación muy larga con un novio y cuando eso se acabó me dije que no volvería a meterme con nadie. Esas palabras tuve que tragármelas cuando conocí a Rafa. Desde el primer momento sentí que lo conocía de toda la vida y fue muy chévere. Pero él en ese entonces tenía una novia francesa que se llamaba Virginie y que había conocido cuando estuvo en Europa. Rafael me lo hizo saber desde el principio y a mí eso no me importó porque la nena no estaba en Colombia.

Al poco tiempo de que estuvimos saliendo, cuando yo ya me sentía superencarretada, él me dijo que ella iba a venir al país. Entonces yo le dije que dejáramos las cosas así porque era mejor para los dos y porque por solidaridad de género me perecía la embarrada con esa mujer. Pero Rafa me dijo que no era capaz y me sacó la típica excusa de que se sentía confundido para hacerlo. Entonces yo le dije que fresco, que de mí se olvidara mientras salía de su confusión.

El caso es que esta nena se vino desde Francia y se quedó en la casa de Rafael. A los pocos días de su llegada él me buscó donde una amiga con un ramo gigante de flores y una carta y me dijo que la dejaría y así lo hizo y la pobre mujer se fue de la casa de los papás de Rafa para donde unos amigos y él tuvo muchos problemas en su casa por eso, sobre todo con el hermano que se la había presentado. La única que no le dijo nada fue Aminta, su mamá, que supo desde antes de lo nuestro. Ella siempre fue muy comprensiva con Rafa.

Algunos recuerdos

Venía diciendo que con Rafa las cosas se dieron instantáneamente, aunque suene a cliché. Otra cosa que ayudó a que tuviéramos empatía fue que nuestras familias venían de Bucaramanga y por eso nos gozamos mutuamente. Igual él fue bogotano desde siempre y yo me vine a vivir a Bogotá desde muy niña.

Con él fuimos a muchas partes. Una vez estuvimos en Bucaramanga y como siempre le gustaron mucho las leñadoras, pero las compraba en tiendas de ropa usada, lo que me pareció terrible, yo le regalé una nueva en ese viaje. Desde entonces parecía una foto, porque no se la quitaba de encima. Luego de su muerte su mamá me la regaló y la usé durante un tiempo hasta que también la heredó mi hermano.

En general viajamos mucho y en Bogotá hicimos de todo, en especial comer perro caliente, pollo frito, hamburguesa en American Burguer, ir a cine y a bares de rock. Recuerdo mucho la vez en la que él me llevó a ver una de sus películas favoritas, Solaris, de Andrei Tarkovski. También recuerdo que le gustaba mucho ir al bar Lennon, el cual ya no existe y quedaba cerca de donde vivió con su ex esposa, Ava Echeverri. En ese bar, donde además de rock de vieja guardia ponían una salsa buenísima, descubrí que Rafael, como todo nerd de Los Andes, no tenía ni idea de bailar. Muchas veces intenté bailar con él y la cosa fue imposible. Pero eso sí, cuando ponían cualquier canción de los Rolling Stones él se ponía feliz.

Muchas cosas más eran particulares en él. Su manera de fumar es una. Rafael le jaló a todo a lo que tuviera nicotina, sobre todo le jaló a los Pielroja y a los Lucky o ‘cinco letras’ como los pidió siempre en las tiendas y de a uno. Porque aunque siempre fumó mucho, casi no cargaba la cajetilla completa. El caso es que una vez lo presioné para que dejara ese vicio y lo intentó, pero no se aguantó y me dijo que no lo molestara con eso y que mirara que él no era drogadicto ni borracho, ni metía nada raro. Yo le dije que listo, que de una. Yo detestaba a los fumadores por su olor, pero no lo volví a molestar con eso porque él nunca me olió feo. Lo único que le dejó esa fumadera fue que se le pusieron los dedos de las manos amarillos, cosa que le parecía fascinante, parte de su sello personal.

Claro que también tenía otro vicio y era que masticaba mucho chicle. Durante el tiempo en el que estuvimos juntos cargó siempre una cajita chiquita de chicles Adams en el bolsillo, de las mismas que uno compra en cualquier semáforo o tienda de este país y vienen con sólo dos pastas pequeñas cuyo sabor en la boca permanece lo mismo que un suspiro. Yo no entendí nunca por qué no mantuvo nunca de las grandes, y lo más charro es que le duraban.

Rafael no pudo obtener satisfacción

Como todo escritor, siempre quiso terminar otra novela y publicarla. Hizo lo primero pero de lo segundo desitió. Cuando yo empecé con él, ya iniciado 1994, Rafael había acabado de escribir su segunda novela, titulada El Pájaro Speed y su banda de corazones maleantes. Una novela que a mi juicio es mucho mejor que Opio en las nubes y que es una verdadera lástima que esté inédita.

En mi poder se encuentra otro material inédito, que consta de un libro de cuentos que presentó para el Concurso Distrital de Cuento en ese 1994 y en el cual sólo obtuvo una mención. Ese libro es otra joya cuyos relatos hablan sobre todo de la muerte, casi todos. De éste tengo dos copias: la que le devolvieron del concurso y una que me había dado antes con anotaciones para que yo tuviera en cuenta sobre frases o partes en las que según él debía estar alerta[3].

Ese libro de cuentos me lo dedicó, cosa por la cual yo le protesté en charla porque le dije que cómo fue posible que a Ava le dedicó Opio, a una nena de Audiovisuales llamada Ximena[4] y a la que le arrastró el ala mucho tiempo, pero con la cual no tuvo nada, le dedicó El Pájaro Speed, y que mí me dedicaba ese libro de puros muertos. Él se rió y me dijo que la próxima novela que iba a escribir me la iba a dedicar a mí. Y en efecto sí intentó escribir una tercera novela, pero la dejó muy empezada cuando murió.

El manuscrito de El Pájaro Speed y su banda de corazones maleantes fue examinado por la editorial Planeta, de la que un día lo citaron. Yo lo acompañé y le dijeron que dos lectores habían examinado la novela y que uno le había puesto cinco y el otro cero. Entonces él no dejó hablar más al funcionario de la editorial, se le salió el Chaparro, y furioso cogió su manuscrito y dijo que él ya hacía mucho había salido del colegio y de la universidad para que lo calificaran tan superficialmente. El caso es que con su novela debajo del brazo salió de allí y nunca más quiso publicarla y quedó muy insatisfecho por eso.

Rafael en el cielo con helado de mora

El proceso de recuperación de mi vida luego de la muerte de Rafael fue muy lento. Y como ya dije, me lo encontraba hasta en los sueños. Mientras yo me reponía de todo, la experiencia más fuerte ocurrió en las salas de edición de Audiovisuales, cuando un día Andrés Huertas y yo estábamos trabajando cada uno en cubículos contiguos, separados por vidrios transparentes. De un momento a otro me dio por mirar para donde él estaba y vi que Rafael se le acercaba por detrás al oído, le decía algo, luego se reía y se esfumaba. Yo me paré ahí mismo y Huertas también y los dos salimos de los cubículos pálidos y nos encontramos en el pasillo y sin dejarme hablar Huertas me dijo que había acabado de sentir que Rafael le hablaba y luego se reía. Ahí me preguntó que qué me pasaba y yo le dije lo que había visto. Los dos nos quedamos perplejos[5].

Dentro de los sueños recuerdo mucho uno en especial porque me dio tranquilidad. Eso fue unos días después de haber decidido no volver a llamarlo para que se sentara en mi cama para que yo pudiera dormir y soñé que lo veía en un cielo lleno de plantas y árboles comiendo helado de mora. Estaba muy contento y me decía: “Tranquila, que yo estoy muy bien aquí. Tranquila, nena, todo está bien”.

El final

Me llamo Sven y morí ayer o tal vez la semana pasada. Realmente no sé qué sucedió. (…) La gente me miraba con esos ojos que decían, pobre chico, tan joven, tan sano, tan blanco, y yo desde mi camilla les dije tranquila gente, no soy tan sano, ni tan limpio, ni tan creyente, no me lavo los dientes todas las mañanas como ustedes, no me cambio de medias todos los días como ustedes, no leo tantos libros, no hago deporte, ni rindo tanto en el trabajo como ustedes, tranquila gente. (…) Cerré los ojos y de pronto me sentí como un árbol atravesado por cuchillos blancos.

Rafael Chaparro Madiedo.

Opio en las nubes.


Pasadas las diez de la noche mi abuela lo llamó y le dijo algo a Rafael por el teléfono, a lo que él le dijo gracias con mucha dificultad. Más o menos a esa hora llegó Andrés Huertas, por quien Rafael había preguntado insistentemente. Huertas había escuchado el mensaje que yo le había dejado en el teléfono y se vino para la clínica y su llegada animó a Rafa un montón.

En la clínica no me iban a dejar quedar esa noche y fue Huertas quien finalmente movió cielo y tierra para que esa noche yo me pudiera quedar. El caso es que eso no estaba permitido y Huertas habló con un hermano que trabajaba allí como médico para que nos ayudara, hasta que lo consiguió. Eso a Rafael le dio calma, porque no se quería quedar solo y mucho menos con la luz apagada. Al fin Huertas se fue y yo me quedé sola con Rafa.

Muchas personas me han preguntado por esos últimos momentos. La mamá y los hermanos me lo preguntaron mucho. En el instante de morir no parecía estarlo. Yo sólo lo vi en su cama con los ojos cerrados, como si estuviera descansando, lo llamé y no reaccionó. Puse mi oído en su pecho y no escuché su corazón y salí corriendo como loca a buscar ayuda. Fue una búsqueda que sentí como eterna hasta que me topé con una enfermera que al verme la cara hizo una seña y de no sé dónde salió un montón de gente con aparatos con rumbo a la habitación de Rafael. Como diez personas se metieron en ella e intentaron revivirlo conmigo ahí, hasta que yo no aguanté y me salí para rezar que no volviera porque si lo hacía quedaría con daños cerebrales. Cuando el médico salió y me dijo que había muerto, yo me contrarié y le dije que siguiera intentando, pero él me dijo que lo intentaron durante veintitrés minutos y que ya no era posible.

Todos se fueron y yo volví a entrar a la habitación con una enfermera que me ayudó a organizarlo un poco. Yo lo peiné y lo sentí muy caliente todavía. Tomé el teléfono y llamé a su casa para avisar. Me contestó su madre y no fui capaz de hablar y le colgué. Ahí mismo llamé a mi papá y cuando me contestó tampoco pude hablar pero sí largué a llorar. Él me escuchó, supo que se trataba de mí y se vino para la clínica. Yo me quedé ahí llorando y la misma enfermera se puso a llorar conmigo. Al cabo de un tiempo tomé fuerza y volví a llamar al 253 10 30 y me contestó fue una hermana de Rafael, a quien sí pude contarle. Ella muy calmada me dijo que ya salían para la clínica.

La única persona que estuvo con él en ese momento fui yo y a todos les he dicho lo mismo. Nadie está preparado para la muerte de un ser querido y yo no lo estuve en ese momento. No es por eso que digo que la muerte de Rafael fue normal: él simplemente agarró mi mano, la apretó, me miró a los ojos, tembló un poco y cerró sus ojos.


[1]La brújula mágica fue un novedoso programa infantil que Andrés Huertas y Rafael Chaparro crearon a finales de 1993 para Audiovisuales. Juntos dirigieron el espacio: Chaparro lo hizo hasta su muerte y Huertas hasta unos años después. En La brújula mágica la poesía recitada y los cuentos narrados por la actriz Patricia Castañeda tuvieron mucho éxito, pero son de resaltar las animaciones en plastilina hechas por Edgar Álvarez, en las que sobresalieron personajes como Huracán el Mensajero y su Dragón Solar. Finalmente el espacio se acabó en 1998. Chaparro también trabajó con Andrés Huertas en la elaboración de libretos para programas como Sabor a limón y Conjunto cerrado.

[2]La creatinina es una sustancia química que se encuentra en la sangre y pasa a la orina. El test de la determinación de creatinina en sangre y/o en orina muestra si el riñón está trabajando correctamente y si está enfermo. Este test se llama aclaramiento de creatinina. (Información tomada de la dirección: http://www.google.com.co/url?sa=X&start=0&oi=define&q=http://www.resistenciainsulina.com/rinsulina/pacientes/Sec03/Diccio/Diccio3.htm&usg=AFQjCNFsXS7oJlM07m-UYny_za2CvmpKqQ. Última consulta en septiembre de 2007).

[3] El libro al que se refiere Claudia Sánchez se compone de quince cuentos, cuyos títulos son: "La Caída”, “La lluvia, ese extraño sentimiento”, “La extraña continuidad de las astromelias”, “Bradbury a mil pies de altura”, “El polvo de las estrellas sobre tu cuerpo”, “Zaratustra come peces de vidrio en Praga”, “La máquina de hacer tigres”, “La orquesta roja del amanecer”, “Chocolate espeso en los vapores del nirvana”, “Dios no cree en novelas policíacas”, “La pequeña confusión de la sangre”, “John Tigres”, “El pez gato que engullía pianos negros”, “Las cuatrocientas espadas del brandy”, “Coñac para dos perros y un gato” y “La sustancia absurda de Hendrix a las seis de la mañana”. Según Claudia Sánchez, el título nació un día en el que ella y Rafael estaban ojeando un libro que habían comprado, Viejo, de Adriano González León, y Claudia se cortó con una de las hojas y dijo la frese “siempre es saludable perder sangre”. En ese momento Chaparro, que estaba buscando un título para el mencionado libro de cuentos, le preguntó a Claudia si podía usarlo. Ella le dijo que por supuesto.

[4] La dedicatoria de Opio en las nubes es: “Para Laura y Ava”. La de El Pájaro Speed y su banda de corazones maleantes es: “Para Ximena. La única mujer que enciende mis turbinas y me hace volar a trece mil pies de altura. La única mujer que llena mis mañanas con rosas y pistolas con sus manos, su sonrisa y su corazón transparente como la lluvia. La única mujer que con su mirada envuelve en papel regalo todas las aves y todos los árboles del mundo. La única mujer capaz de hacer llover florecitas amarillas y diamantes sobre parques”. La de Opio para Claudia Sánchez, escrita en la portada del libro que Rafael Chaparro le regaló a ella, es: “Para Claudia, la mujer de corazón transparente, que sabe regalar una mirada que va directo adonde nace la flor violenta y extraña del opio. R. Chaparro feb 26/ 94”. La dedicatoria para Claudia Sánchez del libro inédito de cuentos es: “A Claudia S. por su amor”.

[5] A continuación es preciso citar la versión de Andrés Huertas sobre este incidente y la cual lo hace más curioso: “Aunque suene absurdo decirlo, la última vez que supe de Rafael Chaparro fue meses después de su muerte en una cabina de edición de Audiovisuales, mientras editaba un capítulo de La brújula mágica. Estaba en eso cuando sentí que él me llamó al oído diciendo mi apellido: “Huertas”. Luego se rió burlón el muy miserable. En la cabina del lado, separada por vidrios trasparentes estaba Claudia Sánchez. Escurrido del susto salí para donde ella y ella también vino hacia mí. Los dos nos encontramos en el corredor y estábamos pálidos. Yo le dije: “Marica, acabé de sentir la voz de Chaparro”. Ella me dijo ahí mismo: “Sí, yo vi cuando él se te acercó a decirte algo por detrás y luego se esfumó”. Cuando me repuse del susto le menté la madre a Chaparro por habérsele ocurrido espantarme. Pero le menté la madre en el fondo con cariño, como siempre lo hicimos al ser buenos amigos y compañeros de trabajo. Lo gracioso, después de todo, es que cuando yo estoy metido en un lío creativo y no me salen ideas o me enredo con un proyecto, lo invoco a él y le pido que me dé una ayudita. Siempre ha funcionado”.

Guido Tamayo y Esteban Hincapié[1]: los editores

Carátula de la novela. Editorial Babilonia, tercera edición (2003).

Deuda con una novela

Es una verdadera lástima que una de las novelas más novedosas de la última década del siglo XX dentro de la literatura del país, no haya contado con el impulso necesario para escalar aun más alto en su reconocimiento. Si bien Opio en las nubes es un libro que ha llegado a las manos de muchos, no los necesarios, se le quedó debiendo bastante con su primera edición. Fueron pocos los ejemplares que se imprimieron en ese primer tiraje y muy mala su difusión y distribución en el país. Son entonces los lectores de esta novela los que se han encargado de mantenerla fuera del olvido durante los últimos años.

Yo fui asesor editorial de Colcultura hasta 1993 y durante mi gestión en ese cargo me tocó trabajar con las obras ganadoras del Premio Nacional de Literatura de 1992. Especialmente tuve que ver con la edición de Opio en las nubes. Con su autor tuve el privilegio de reunirme varias veces para leer su novela a dos voces e irla corrigiendo para su publicación.

A mí me gustó mucho Opio en las nubes porque presentó para ese entonces y para ahora, ciertas novedades, cierta flexibilidad en las reglas de nuestro idioma que me parecen únicas. Esas reuniones con su autor me permitieron conocer a un Rafael Chaparro bastante sorprendido por haberse ganado el premio, como si no lo creyera. Hasta llegó a decirme: “Hombre Guido, todavía no aterrizo”. Es muy curioso pensar en eso, porque en un cargo como el que yo desempeñé, era común toparme con autores demasiado ufanos de sus obras, demasiado arrogantes y sobre todo malas personas. Hay quienes dicen que mientras más hijo de puta es el artista, más genial es su obra. Yo digo que la personalidad de un escritor va por un lado y su obra por otra, de lo contrario odiaríamos todos a García Márquez. En todo caso, por tener que tratar de cerca con muchos escritores, su forma de ser me jugó malas pasadas y muchos desencantos. Pero con Chaparro no fue así. Su modestia, amabilidad y timidez no concordaban con lo especial y fuerte de su obra. Él, en esos encuentros, nunca se jactó de sí ni de su obra, lo que me causó una muy buena impresión.

Entonces ese proceso de cotejar el manuscrito para publicarlo fue bueno porque no me tocó mediar con absurdos caprichos y porque además no hubo que corregir muchas cosas. Respeté la forma y el fondo de la novela y sólo cambiamos algunas erratas y cosas ortográficas. Igual, soy conciente de que en esa edición se nos escaparon muchos gazapos y salieron varios errores tipográficos. Cosas bastante comunes en el proceso de edición de un texto, pero no por eso me excuso.

Los cementerios de libros

De los premios como el de Colcultura se puede decir que son los grandes cementerios de la literatura de un país. En estos se presentan muchas obras merecedoras del galardón, pero hay que escoger una entre todas. Decisión muy difícil que además trae consigo una puñalada trapera para las otras obras que son relegadas a un entierro prematuro. A eso se le suma que los autores de estas obras no ganadoras, por su vanidad, no permiten que se les mencione como finalistas. Durante mi trabajo como asesor editorial me encontré con muchísimas obras buenísimas que nunca pudieron publicarse. Es muy difícil para mí recordarlas después de tanto tiempo.

Pero no sólo por eso esta clase de concursos son cementerios. También porque son eventos de una vez al año y por tal se hace muy poca promoción de las obras que salieron ganadoras. Cuando se hacen las premiaciones ya se está pensando en las convocatorias para el premio del siguiente año y así sucesivamente. A mí me tocó participar en la edición de libros excelentes de cuyo autor nunca se volvió a saber nada por esa razón. Dejaron esa obra ganadora publicada y todo el mundo se olvidó de ellos. Y como siempre se sacan pocos ejemplares para las bibliotecas públicas y de distribución no comercial, son muy pocas las personas que finalmente logran llegar a descubrir esos buenos libros. Por ejemplo, en ese mismo año me tocó trabajar en la edición de lo primero de William Ospina en poesía, El país del viento. Él es un autor que no está en el anonimato como sí lo está el ganador en la modalidad de cuento con Primas Personas, Francisco Sánchez Jiménez, quien no pudo salir del anonimato en el que siempre ha estado. Es decir, que algunos escritores cuentan con suerte y otros no.

Casi le pasa lo mismo a Opio en las nubes, con el agravante de que al salir ganadora fue muy mal vista por los literatos y escritores del país, al no parecerse en nada a lo que tradicionalmente se venía escribiendo. Muchos la criticaron sin leerla y los que sí, lo hicieron de una manera superficial. La gran mayoría de esos escritores la consideran todavía como una novela mal escrita de un pelado drogadicto. Un resto muy pequeño, en el que me encuentro, la considera un aporte muy valioso precisamente por ser diferente.

No pasó igual con los grandes cánones de la literatura del país, que en un principio eran publicados si el escritor era cercano al presidente y al gobierno de turno, o era el mismo presidente. Tampoco pasó lo que años después se vio cuando las grandes casas editoriales los impusieron. En esas corrientes se han visto arrastrados los profesores de literatura de los colegios y de las universidades que no teniendo de dónde más agarrase, optaron por estudiarlos y ratificarlos en sus cursos. Así pasó en diferentes momentos con La vorágine, con María y con Cien años de soledad.
Opio en las nubes no es un canon de nuestra literatura y falta bastante tiempo para saberlo porque el proceso de un canon es lento y de muchos años. Sólo quiero mostrar que su perdurabilidad en el tiempo se debe a otra cosa. Se debe a que sus los lectores la convirtieron en un libro de culto para un público específico: los jóvenes. Cosa que no es tan acertada porque los que fuimos jóvenes en 1992 y hoy no lo somos tanto, seguimos teniendo muy buen concepto de este libro de Chaparro y lo que antes nos pareció novedoso hoy nos sigue pareciendo igual.

‘Baby Boom’

A Chaparro, por su muerte prematura, no puede incluírsele dentro de una generación de escritores, pero sí se puede decir que es previo, un par de años antes, a lo que muchos llamaron peyorativamente el ‘Baby Boom’, expresión que se refiere al nacimiento de la generación de escritores a la que pertenecen Mario Mendoza, Santiago Gamboa, Efraím Medina Reyes y Héctor Abad Faciolince. Ellos empezaron relativamente jóvenes y por eso lo de ‘Baby’. A ellos, básicamente, los adoptó la editorial Planeta, que es la que ha explotado sus nombres y les ha publicado toda su obra.

En el momento en el que Rafael Chaparro se gana el premio, la literatura colombiana estaba dividida y había una gran expectativa sobre qué escritor nuevo vendría después de la generación intermedia, la que nació en los cincuenta y que no había tenido tanto ruido como sí lo tuvo la que nació en los veinte y los treinta. Una generación intermedia a la que pertenecen Darío Ruiz Gómez, Óscar Collazos, R.H. Moreno Durán, Germán Espinosa, y otros, que gozan más de prestigio literario que de buen resultado editorial. Entonces, después de lo de Chaparro, que queda en el limbo, las casas editoriales empiezan a buscar nuevos escritores al considerar que la generación mencionada no produce textos comerciales y optan por silenciarla. Así es que aparecen los escritores del ‘Baby Boom’, la generación de los que nacieron en los sesenta y los setenta y a la que Rafael pertenecería y de la cual se hubiera nutrido mucho de no ser por su muerte.

La deuda

Con esta novela quedamos en deuda desde el aspecto editorial porque no se imprimieron muchos ejemplares, alrededor de dos mil: muy pocos ejemplares para el país. Muy pocos ejemplares para una óptima promoción publicitaria. Lo mismo pasa en el ámbito académico: a Opio se le deben reseñas, críticas y acercamientos de todo tipo. Sé que existen un par de tesis y varios artículos, pero no son suficientes para darle el lugar que se merece, para insertarla correctamente dentro de una tendencia o ruptura de las letras del país. Yo estoy seguro de que después de que eso se haga sus lectores incrementarán en número y el prestigio de la novela será otro.
Ahí es fundamental el esfuerzo de dos estudiantes de literatura de la Universidad Nacional, Esteban Hincapié y Santiago Tobón, que fundaron el sello independiente Babilonia y que casi con las uñas comenzaron su empresa consiguiendo los derechos de una novela que siempre les había gustado y de la cual no se conseguían ejemplares originales. Una novela a la que hoy ellos le deben mucho.

Deudos de una novela

Babilonia es una empresa editorial independiente que nació en 1998. Cuando mi socio Santiago Tobón y yo la fundamos, inicialmente la concebimos como un sello que estaría dedicado a publicar literatura undergraund del país y escogimos a Opio en las nubes para que fura la primera novela en imprimirse y lo hicimos porque nos marcó mucho cuando la leímos.

En primer contacto que yo tuve con Opio en las nubes fue a través de la obra de teatro que hizo Fabio Rubiano, en 1995, a la que me invitó una novia de ese entonces y la que luego me prestó la novela en fotocopias. Me gustó mucho y me pregunté por qué un libro tan bueno no se conseguía o se conseguía en fotocopias. Esa pregunta no dejó de rondarme en la cabeza y alguna vez con un compañero que estudió conmigo literatura en la Universidad de Nacional, Santiago Tobón, empezamos a planear si valía la pena hacer de alguna manera una pequeña reedición de la novela o reproducir el contenido que habíamos leído de una manera más formal. La verdad, nos parecía increíble que un texto tan bueno tuviera tan pocos ejemplares y no existiera ninguna empresa editorial detrás de sus derechos.

Yo conocí a Fabio Rubiano a través de un amigo y empecé a preguntarle cómo había sido el proceso para obtener los derechos de la obra. Él me dijo que el propio Rafael lo había autorizado para que hiciera la adaptación, pero que como se había muerto antes del estreno del montaje, el dueño de los derechos era Rafael Chaparro Beltrán, el papá de Rafael. Rubiano fue quien nos ayudó a contactarlo.
Nosotros, mi socio y yo, no teníamos en mente la constitución de un sello editorial; lo único que buscábamos era cumplir con el deseo de imprimir y dar a conocer una novela que nos gustó mucho. Queríamos hacerle un homenaje a un autor que murió joven y había creado un estilo narrativo bastante original y lleno de rock. Pero para hacerlo, por cuestiones legales, teníamos que crear una empresa editorial. Así fue que con Santiago empezamos a asesorarnos sobre el tema y vimos la posibilidad de publicar otras obras que estaban en un nivel de circunstancias semejantes a Opio en las nubes. Pero indiscutiblemente Proyecto Editorial, como se llamó en su inicio, nace con Opio en las nubes y por eso le debemos mucho y le tenemos mucho afecto. Tanto, que con un grupo de amigos todos los años hacemos la fiesta de Opio, en la que escuchamos la música que Chaparro inserta en ella.

Cuando pudimos hablar con el papá de Chaparro, él nos cedió los derechos para editar la novela y firmamos un contrato que se ha venido renovando y en el que nosotros le consignamos un porcentaje sobre las regalías de acuerdo al número de ejemplares vendidos. Por este contrato, en diciembre de 1998, sacamos la primera edición de Opio en las nubes con un tiraje de cinco mil ejemplares que vino a terminarse a finales de 2002. En esa primera impresión y en las dos siguientes incluimos un prólogo escrito por Fabio Rubiano. Luego, en 2003, vimos la necesidad de sacar otra edición de mil ejemplares y a finales de 2005, principios de 2006, sacamos otra también de mil. En este momento pensamos sacar una pequeña de quinientos porque los libros han circulado bien.

Luego de la primera edición de Opio, ya para la segunda, rebautizamos la empresa como Babilonia, y para entonces ya habíamos publicado otras obras como Érase una vez el amor pero tuve que matarlo, de Efraím Medina Reyes, Un beso de Dick, de Fernando Molano, y Veinticinco Centímetros, de Rubén Vélez. Pero Opio en las nubes es la novela que nos ha dictado el curso a seguir para los otros proyectos.

En las ediciones que llevamos de la novela de Chaparro hemos tenido muchos problemas, casi todos superables, menos los que tienen que ver con las correcciones. Sé que lo que voy a decir es descabellado, pero luego de múltiples reediciones a los machotes de impresión, y de que estuvimos seguros de que ya todo estaba en orden para imprimir, y en efecto lo hacemos, siempre nos encontramos con que salieron errores que con seguridad habíamos corregido. Es como si la novela tuviera un espíritu propio, irreverente como su autor, que le permite rechazar todas las intervenciones que nosotros le hemos hecho. Lo mismo pasó con la edición de Colcultura, la cual salió con muchas erratas. La primera de nosotros también salió así, pero, en general, casi todo libro las tiene.

Otra cosa extraña y característica de la novela, pero explicable, es que ha logrado tener un ritmo continuo en sus ventas. A veces alcanza unos picos leves y a veces es inestable. Pero en este país donde se editan tantas novelas y llegan tantas del extranjero, Opio en las nubes ha podido mantenerse en el mercado con buenos resultados. Desde su segunda edición con nosotros contratamos a Artemis, una empresa que nos ha distribuido sus ejemplares en las principales ciudades como Medellín, Cali, Manizales, Bucaramanga, Barranquilla, Cartagena, entre otras.
Eso quiere decir que en todo este tiempo ha tenido una vida comercial sana, a pesar de carecer de buena publicidad. Nunca la ha necesitado y por eso no puede ser comparada con otros libros tan vendidos como Rosario Tijeras, que es una de las novelas más vendidas en los últimos tiempos en el país. Eso se lo atribuyo al particular estilo que logró configurar Chaparro Madiedo y que yo llamo surrealismo urbano. Un estilo del cual, por ejemplo, Efraím Medina Reyes afirma haberse nutrido para su trabajo.

Medina Reyes es otro de los tantos devotos de Opio en las nubes. Devotos que han ido aumentando luego de años de existencia del texto y que dentro de poco, de la mano del escritor Ricardo Abdahllah y del director Leo Carreño, llegará al cine[2]. Un proyecto ambicioso que en estos momentos nace lentamente, como todos los proyectos de este tipo en el país. Un proyecto que espero con ansias y por el cual brindo con todas las energías del caso.

Mientras tanto, nosotros seguiremos con Babilonia y aunque por nuestra inexperiencia tuvimos un receso hasta finales de 2006 y con el que casi muere la empresa, pudimos empezar de nuevo y las cosas pintan muy bien y ahora mismo nos estamos recapitalizando. Siempre es muy grato encontrar personas que aprecien a Opio, y sí que las hemos encontrado, y para nosotros sería un orgullo que esta novela permaneciera en nuestro catálogo. Para esa gente que tanto la quiere y para nosotros mismos, tenemos proyectos a futuro con material inédito que dejó Rafael Chaparro. Es cuestión de esperar. Pero, mientras tanto, adelanto que Santiago Tobón logró unos contactos con un sello italiano y hace poco Opio fue traducida y publicada en Italia, cosa que nos llena de mucho orgullo y de la cual todavía es temprano hablar porque estamos esperando para ver cómo nos va.



[1] Guido Tamayo es cuentista y ensayista. Se desempeña como docente universitario. Autor de El retablo del reposo y otros cuentos, Premio del Instituto Distrital de Cultura y Turismo, 1991. Además, ha publicado el libro de conversaciones Porque soy poeta con el escritor Mario Rivero, para la Campaña Nacional de Lectura del Ecuador. Dirigió la serie antológica de cuento El Pozo y el Péndulo de Editorial Panamericana y recientemente fue galardonado con la beca de creación literaria 2007 del Ministerio de Cultura, la cual le fue concedida por el proyecto de escritura de la novela El inquilino negro. Esteban Hincapié es director de la editorial Babilonia y es uno de sus fundadores. Estudio literatura en la Universidad Nacional de Colombia.

[2] Sobre el tema de Opio en las nubes al cine, hay un sitio creado para la difusión de este proyecto. Su dirección es http://www.myspace.com/opioenelcine. Del sitio se toma lo siguiente: “Largometraje en etapa de desarrollo. / Sinopsis: Un grupo de alcohólicos adictos a las música, un asesino ejecutado en la silla eléctrica, dos gatos callejeros, y algunos desquiciados viven los últimos días de sus vidas y los primeros de su muerte en una ciudad bombardeada donde nada importa más que la búsqueda del amor inmortal y la fiesta de cada noche. / Productor: Alejandro Prieto - CAJANEGRA Producciones. / Director: Leo Carreño. / Asistente de dirección: Maria Teresa Suarez. / Adaptación: Ricardo Abdahllah. / Cinematografía: Luis Otero. / Género: Drama / Ficción. / Duración: 140 min. 35 mm.

Una temporada en las nubes

Fotografía cedida por Fabio Rubiano. En escena los gatos Pink Tomate y Lerner

Cada cosa en el mundo tiene su lógica. Las calles tienen su lógica propia. Los tomates y los gatos también. Mi lógica es un poco gris, un poco nocturna. Es una lógica con techos, lluvia, una lata vacía de cerveza trip trip trip, qué cosa tan seria y un poco de soledad y whisky. En el fondo toda lógica es solitaria y sobre todo la de los gatos.

Rafael Chaparro Madiedo

Opio en las nubes.

Mucho gusto, soy Fabio Rubiano, el director de teatro, dramaturgo y a veces actor. Adapté en 1995 a las tablas Opio en las nubes, novela de Rafael Chaparro Madiedo[1]. No es una práctica que hubiera hecho con frecuencia. Para entonces no tenía la experiencia y no había hecho los cursos necesarios. Ahora sí, pero no sé si eso sea mejor o peor.

Cuando yo leí la novela tuve la necesidad de verla y por eso la llevé al teatro. Me impactó mucho y de varias maneras con su temática absolutamente urbana. Hablé con Chaparro y le confesé mi interés por adaptarla. Le dije que quería verla en un escenario para ver los personajes, escuchar sus textos adaptados como diálogos, sentir el sudor de Sven, mirarle las tetas a Amarilla como se las miraban sus gatos, ver la electrocución de Gary Gilmour, el strip tease de Harlem y la camisa de fuerza de Marciana y Haigway 34. Él estuvo de acuerdo y le fascinó la idea.

Las ganas de hacerlo me vienen desde 1993, luego de haber leído la novela. En ese momento, a esa edad, sabía y entendía lo que estaban hablando los personajes y me sentía plenamente identificado con ellos, a pesar de que para ese tiempo eran mayores de 30 años, menores que yo. Son iguales a su autor, que murió de 31 y permanecerá de la misma edad. Así los veo yo y en un prólogo que me pidieron que hiciera para la segunda edición de la novela, escribí lo siguiente:

Por más llenos de fantasías, paradojas, anacronismos o características extremas, los personajes de Opio son seres de carne y hueso, se mueven con el descaro de los inclasificables, lo que traduce: sinceros. Estas personas, incluyendo los gatos, llenos de sueños podridos y sangre con olor a vodka o a nitrógeno o a sopa de paquete, caminan por todos los sitios de una ciudad que nosotros hemos caminado o por lo menos hemos querido caminar. Se drogan como no hemos sido capaces, como lo logró Burroughs con la heroína y la pluma, pueden tomar whisky a las siete de la mañana como lo hizo Bukowsky con el vino y cerveza hasta la muerte (recordemos su propuesta de epitafio: “Aquí yace Bukowsky, podrido en vida y aquí también”). Lo mejor de estos personajes es que no representan a nadie, son lo que son, no imitan ni se parecen, incumplen su cita con la alegoría, vomitan ante lo emblemático. Están vivos y muertos, son personajes perpetuos, por eso el Gary de Rafael Chaparro no tiene por qué parecerse al gringo, no le debe más que el nombre[2].


A nosotros el manejo de toda la estructura de la novela nos atrajo formalmente, pero sobre todo la composición de los personajes. Cuando digo nosotros, hablo de mí en dos periodos tiempo: me gustó a mí cuando la leí y a mí cuando escribí la adaptación. También hablo de todos los actores y de su enamoramiento por los personajes que interpretaron. Recuerdo mucho cuando le presenté la obra al elenco. Les dije: léanse esto, porque esto tiene que verse y no solamente leerse.

Por ese texto hubo un gran amor y una entrega absoluta de parte de todos. Durante el proceso de montaje y ensayo discutimos mucho, como se debe, a los gritos. Fueron confrontaciones de todas maneras hermosas que se generaron, por ejemplo, cuando los actores me decían que no se querían dejar quitar un parlamento. Yo les decía que como la cosa era muy literal había textos que no me servían. Pero ellos, enamorados de lo que tenían que decir, me exigían que no, que esos textos los decían porque los decían. Igual, después de un rato de gritos amorosos, llegábamos a acuerdos.

La obra contó con la actuación de Juan Pablo Franco, Álvaro Bayona, Fernando García, Luis Fernando Bohórquez, Diego Vásquez, Julio Galeano, Marcela Valencia, Ana Mazari, Victoria Góngora y Pilar Álvarez[3]. Como ya dije, la adaptación y la dirección las hice yo. Hay una anécdota con el actor que yo quería para Sven, con Juan Pablo Franco. En el momento en que yo empiezo a tener ganas de realizar el montaje él tenía muy mala reputación. Él es un excelente actor, pero en ese entonces se rumoraba que estaba muy desordenado con su vida y tenía problemas con el alcohol. Por esos rumores yo lo busqué y le dije: necesito un actor como usted que no sea usted, léase esta adaptación y luego hablamos. En efecto lo hizo y luego me dijo que ese personaje era para él, que nadie más lo podría hacer. Durante todo el proceso, tanto de montaje como de temporada, Juan Pablo fue el más disciplinado de todos. Eso fue maravilloso y hoy puedo decir que es uno do los roles que mejor ha personificado. Yo lo imaginé perfecto para el papel y lo fue.

Opio en las tablas

Dos de las características de la novela que yo creo que la hacen más atractiva, son las alteraciones temporales y la propuesta de Chaparro de mostrarnos un viaje, a través de unos territorios espaciales que no son los tradicionales a los nuestros. Eso mismo se intentó manejar en la obra. No fue nada fácil adaptarla porque hay en la novela grandes monólogos y una narración muy alterada, en donde no siempre habla el mismo personaje. El único monólogo de la adaptación fue el de Pink Tomate, que atravesó toda la pieza. Todas las escenas fueron dialogadas entre Amarrilla y Sven; Marciana y Max, Piel Roja y Max; Max y Gary Gilmore; y el resto. La novela es muy polifónica y la obra de teatro también lo fue.

Hubiera podido organizar a los personajes en una línea aristotélica de continuidad, en orden cronológico, pero no lo hice para no quitarle fuerza a la pieza. No lo hice porque los personajes, según la estructura temporal de la novela, pasan de la vida a la muerte y viceversa, o de jóvenes a viejos de una manera muy bella.

Algunos capítulos no pudieron ir en la obra, como “DC-3 Espinacas de Mayo”El Señor Árbol de Mermelada, El Señor Viento y La Señorita Tetas de Mantequilla. Fueron capítulos que para mí no tenían el valor escénico que necesitaba y recrear los espacios era muy difícil por su valor tan literal. Y es que una de las cosas del trabajo de la adaptación teatral, y cuando uno mismo dirige, es que se tiene que trabajar y pensar primero sobre los espacios reales. Lo mismo hice con los que Chaparro planteó en Opio, y por eso tuve que pensar en ambulancia, en bar, en hipódromo, en cárcel, en manicomio, etcétera. Lugares reales donde intervienen y respiran los personajes. Después de eso tuve que pensar como director, para ver cómo iba a meter todos esos espacios en el escenario. La solución la encontré con una escenografía vertical, con una estructura metálica de varios niveles en donde los personajes iban y venían, subían y bajaban. También metí una ambulancia y colgué un carro del techo, entre otras cosas. Fue un gran desafío.

Única temporada

En 1994 yo apliqué para una beca de creación con Colcultura y la gané. Con eso obtuve los medios para hacer Opio en las nubes y la estrené en el Teatro Colón, donde estuvo por poco tiempo. La gran temporada, la única, fue en el Teatro Nacional de la 71. Allí le fue muy bien, aunque ese espacio no era, ni es, un espacio para trabajos de este tipo, de este corte tan experimental, con un lenguaje tan contemporáneo y una temporalidad tan alterada. Le fue bien, a pesar de que en ese escenario tradicionalmente han estado obras del teatro universal y el público de allí es muy específico.

No volveré a temporada[4] con Opio en las nubes. Todo proyecto que hago empieza a dejar de satisfacerme y lo olvido para pensar en el siguiente, en uno mejor. Sé que la obra no me quedó todo lo buena que esperé y que tal vez ahora la adaptaría mejor, pero eso no podrá saberse. Ahora me quedo con los buenos recuerdos y en mi cabeza persiste uno muy especial, el de la última escena, que para mí fue la mejor, donde Amarilla se despide de Sven mientras se va en un bote. Lástima que Chaparro no viera la obra porque el día exacto que terminé la adaptación me enteré por el periódico que se había muerto.

Amarilla se montó en el bote. Ya estaba anocheciendo y en el fondo se veía la ciudad con todo su murmullo confuso de luces, ruidos y muertos que reían, cagaban, hablaban y fumaban. Desamarré el pequeño bote. Amarilla me mandó un beso y yo empujé el bote hacia el mar. Desde el bote Amarilla me hizo un señal, te vi perro, yo también te vi perra y entonces le tiré una botella y un paquete de cigarrillos y le grité oye nena sin ti no puedo obtener satisfacción y ella sólo movió los labios y me dijo te amo perro y yo le dije, claro yo también te amo perra. El bote se bamboleaba lentamente con las olas del mar. Al cabo de unos instantes la oscuridad se la había tragado.

Rafael Chaparro Madiedo.

Opio en las nubes



[1] La adaptación de Fabio Rubiano no es la única que se ha hecho al teatro de Opio en las nubes. También el grupo bogotano Jóvenes Libres realizó un montaje titulado Ciudad rota, el cual llevaron al Festival Internacional Teatro a Mil, en Santiago de Chile. Otro montaje es Avenida Blanchot, una versión para narración oral del cuentero José Ricardo Alzate y su hermano gemelo, realizada en 1998 y que además de ser presentada con frecuencia en el teatro La Sala, de Medellín, en 1999 ganó el Festival de Cuenteros de la misma ciudad, en donde obtuvo el primer lugar en la modalidad de montaje. Además, Avenida Blanchot ha estado en todos los festivales de cuenteros del país y en varios festivales de teatro como el de Manizales y en el Festival Internacional de la Oralidad de Venezuela.

[2] Rubiano, Fabio. “Prólogo”. En: Opio en las nubes. Bogotá: Proyecto Editorial, 1998. p. 13 y14.

[3] Estos son los roles interpretados por los actores: Ana Mazari hizo de Marciana, Marcela Valencia hizo de Amarilla, Luis Fernando Bohórquez hizo de Highway 34, Álvaro Bayona hizo de Pink Tomate, Julio C. Galeano hizo de Lerner, Diego Vásquez hizo de Max y Juan Pablo Franco hizo de Sven.

[4] La obra estuvo en temporada desde el 15 de septiembre hasta el 16 de diciembre de 1995, en el Teatro Nacional de la 71, en Bogotá.

Rock en la tumba de Chaparro

Amarilla no sé qué voy a hacer estoy verde y no me dejan salir no puedo llorar no puedo salir.

Rafael Chaparro Madiedo.

Opio en las nubes.


Discreta y casi imperceptible, como el reflejo de la personalidad que algún día tuvieron los restos que la habitan, es la tumba de Rafael Chaparro Madiedo, un tipo que siempre fue sepulcralmente callado y demasiado tímido. Un tipo que prefería esconderse detrás del humo de los cigarrillos, en la neblina bogotana, en las tinieblas de los cines, en la luz tenue de los bares de rock y detrás de las pantallas de los computadores en los que escribió. Por eso tal vez no fue a oír el fallo que decía que su novela había ganado un premio que terminaría por insertarlo en las letras del país y casi no se le vio en cocteles de farándula. Otros se ganaron el pantallazo o salieron en la fotografía de la sección social. Él simplemente adoptó el bajo perfil.

El 11 de febrero de 1994, luego de hacer un viaje de estudios a París, Rafael Chaparro publica en el diario La Prensa una crónica titulada “Jim no ha muerto, lo que pasa es que huele raro”. En ella narra su visita a la tumba del vocalista de la agrupación The Doors, Jim Morrison, que se encuentra en la división sexta del popular cementerio Père-Lachaise, donde además, entre las de muchas personalidades de la historia, están las tumbas de Honoré de Balzac, Frédéric Chopin, Molière, Gérard de Nerval, Marcel Proust y Oscar Wilde. Su conclusión es bastante clara: “Solamente en una tumba hay flores, whisky y cigarrillos para toda la eternidad”[1]. Se refería, por supuesto, a la de Morrison. Una tumba que se ha convertido en la cuarta atracción turística más visitada de Francia después del museo del Louvre, la Torre Eiffel y el Arco del Triunfo. Una tumba sin reposo que en nada se parece a la de Chaparro y de la cual los administradores del campo santo francés se quieren deshacer, porque los miles de visitantes que anualmente atrae, desde todas partes del planeta, interrumpen la paz eterna de sus inertes inquilinos.

La actual lápida de la tumba del escritor de Opio en las nubes no es la original. Esa se la robaron y quién sabe quién. La de antes tenía una cita bíblica como epitafio: “Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”, una frase sugerida por su familia. La lápida de ahora es un rectángulo de mármol que sólo exhibe grabados el nombre del difunto y las fechas que delimitan su existencia. El papá de Rafael Chaparro, don Rafael Chaparro Beltrán, hace más de dos años no visita este lugar y la última vez que lo hizo vio que habían estado intentando quitar la antigua lápida. Por eso se cree que se la robaron y no que la deterioraron el tiempo y la intemperie.

Al igual que la de Gary Gilmour[2], personaje de Opio, la tumba de Rafael está junto a un urapán y muestra cómo las líneas de la literatura se cruzan de una manera coincidencialmente hermosa con las de la realidad. En este caso las probabilidades del evento aumentan, puesto que la Bogotá de Chaparro, la real, está llena de urapanes, igual que la ciudad de su novela. Otra cosa más comparten o compartieron Gary y Chaparro: una sentencia. El personaje de ficción vivió sus últimos días en la cárcel sabiendo que pronto iba a morir en la silla eléctrica. Todo, por haber matado con una pelota de béisbol a una hermosa rubia de la cual no sabía su nombre, pero que tenía cara de llamarse Porfiria. A Rafael los médicos lo sentenciaron a muerte desde los veinte años, cuando le descubrieron el lupus y le dijeron que le quedaban sólo seis meses de vida. Esos seis meses se convirtieron en once años de desafío a la enfermedad, en los que si bien siguió al pie de la letra su tratamiento no dejó de sortear su situación adversa con sus ganas de vivir y con su manera rebelde de fumar. Podría decirse que fumó hasta el último día, en la habitación de la clínica donde murió en la madrugada del 18 de abril de 1995.

El urapán de Chaparro y la tumba están en el costado suroccidental de la circunvalar del cementerio Jardines de la Inmaculada, al pie de una placa que indica el nombre del sector donde está el lote: Nuestra Señora del Carmen. En la base de datos del cementerio el lote asignado a Chaparro se ubica en el pabellón Sagrada Familia, Especial A2. El lote es el 840 y alguien que no comprenda y conozca la nomenclatura del campo santo tendrá dificultad para encontrarlo.

Cuestión de corazón

Opio en las nubes se ha convertido en una novela de culto, o por lo menos eso queremos creer algunos. Basta con mirar los esfuerzos de muchos de sus lectores por trasmitirla o con buscarla en una biblioteca para prestarla y ver que no está disponible, o que está en restauración por mucha circulación, para darse cuenta de que algo de eso es cierto. Para Ricardo Abdahlla, quien escribió una adaptación para cine de Opio, la novela representa un punto muy importante en el desarrollo de la narrativa colombiana: “No quiero disecar algo que para mí es más bien una cuestión de corazón. En todo caso creo que podría ser una “novela de culto”, pues ha circulado mucho y es muy conocida a pesar de que nunca fue editada por grandes casas editoriales. Hay un montón, por ejemplo, de “Pinktomates”, “Svens” y “Amarillas” en Hotmail y Myspace y expresiones como “qué vaina tan jodida” se han hecho populares. No sé si sea una novela generacional, pero es la novela de un cierto grupo que la conoció en el colegio y curiosamente hasta ahora está llegando a la edad de los personajes del libro”.

Lo de Abdahlla representa una manera de difundir la novela, un refuerzo que va más allá de la simple referencia. Otras personas están en esa línea, como el cuentero José Ricardo Alzate y su montaje escénico Avenida Blanchott, una pieza que también nació por una cuestión de corazón: “La verdad, fue un experimento y sólo lo hice porque cuando leí el libro quedé con cierta incomodidad o inquietud que me sugirió, en su momento, que me decía que debía hacer algo más con los textos de Opio. El libro lo conocí en Bucaramanga, allí lo leí por primera vez en 1997 y había visto ya a dos cuenteros “tratando” de contar esos textos sin lograr mucha conexión con el público. Aprovechando el anonimato en que estaba la obra de Chaparro en Medellín, opté por hacer el montaje y de paso desintoxicarme del libro. Y cuando lo estrené, nadie, ni siquiera yo, daba un peso por ese trabajo. Sólo lo hice por terquedad, por amor y por gusto. Afortunadamente tuve mucho éxito y la gente que iba a ver la obra empezó a buscar el libro y más textos de Chaparro”.

Este mismo texto es una cuestión de corazón, pero a la vez es un agradecimiento para un libro que brinda otra manera de ver el mundo a través de una escritura vertiginosa desprovista de una puntuación formal y de la composición de frases con un sentido literal y no literal bastante original como: “los días olían a diesel con durazno”; “el sol era una naranja borracha en medio del jugo agrio de los días”; “parece como si estuviera en la mitad de una pistola ardiente, recién disparada. La noche huele a pólvora, a dinamita con flores y alcohol”; “pedí una cerveza y te vi allí desde la barra y me pareció que olías un poco a opio, un poco a cerveza, un poco a paloma, un poco a boys don´t cry, un poco a mañana de miércoles y no parabas de mover tus muslos, tus ojos, tal vez mirabas hacia arriba, hacia esas luces que olían a tomate, tal vez buscabas a Dios en la mitad de aquellas luces amarillas y rojas que daban vueltas encima de tu cabeza, de tus sueños de manzanas podridas”.

Cada loco con su cuento, como dicen por ahí. Chaparro tuvo el suyo y lo mejor es que cautivó a muchos con su única novela. Y esos cautivos han sentido un deseo irreprimible de transmitir ese cuento. A eso, en definitiva, es a lo que puede llamársele como cuestión de corazón. Pero también a la visita de su tumba en las afueras de Bogotá, para percatarse de que Chaparro no está muerto aunque de seguro apeste un poco.

La visita

Para ir a Jardines de la Inmaculada, utilizando transporte público, la ruta más fácil y rápida consiste en subir al Transmilenio hasta el Portal de la 80 y luego tomar uno de los buses alimentadores que van hacia el final de la autopista norte, donde la sabana se torna mucho más monótona por el color uniforme del prado. En el sector hay otros dos cementerios y el de La Inmaculada es el más escondido de los tres porque su acceso no queda sobre la autopista. Lo mejor es pedirle al conductor del alimentador que pare al pie del sendero que conduce hasta su entrada.

Al ir allí llevé los últimos tres cigarrillos de una cajetilla de Boston. Me senté junto a la tumba y encendí el primero. También encendí mi reproductor de mp3 y les puse bastante volumen a los audífonos. Con la mente inicié una especie de ejercicio con el que quise conseguir que lo que queda de Rafael Chaparro en el universo, si algo existe, escuchara la música que tenía. Las delgadas volutas azul-grisáceas del humo de los cigarrillos pudieron haber servido como los cables de una interconexión cósmica o interdimensional. Algo por demás absurdo.

No sonaron las canciones que aparecen en Opio en las nubes, ni mucho menos el trip trip trip de Pink Tomate y que Rafael sacó de la canción 10:15 Saturday Night de The Cure. Opio es una novela que tiene las pulsaciones del rock y la vida de Rafael fue la de un roquero tímido que se pareció a Charly García. Charly ha tocado siempre el piano como un animal y Rafael escribió de la misma forma con su teclado; dejó una novela premiada y publicada, otra inédita, un libro inédito de cuentos y más de trecientos artículos en prensa. Otra cosa sería pensar en cantidades si él estuviera vivo. Algo que delata su amor por la escritura es que produjo textos casi hasta el día de su muerte. Lo último, según su padre, fueron libretos para televisión que redactó tal vez para La brújula mágica o para Quack.

La primera canción de la ceremonia, si así se le puede llamar a la extraña práctica, fue Cold Contagious de la banda inglesa Bush. Luego siguieron The Day I Try to Life de Soundgarden; Pubis angelical de Charly García; For Ever Young de Alpha Bill; Shine on You Crazy Diamond de Pink Floyd, pero la versión acústica y en vivo de David Gilmour; All Along the Whachtower de Bob Dylan, pero la versión de Jimi Hendrix; y por último Hold on de John Lennon. Temas que no estaban por alguna razón en el reproductor. Son canciones que hacen parte del gusto personal y que suelo escoger a la hora de aprovisionarme de buen rock para cuando estoy de viaje. La intención fue escuchar más música, pero ya comenzaba a hacerse tarde. El cementerio queda bastante retirado de todo en Bogotá.

Fui allí para tomar una foto de recuerdo. Luego se me ocurrió escribir esta crónica. El humo de los tres cigarrillos, los cuales consumí de manera lenta y sin aspavientos, uno tras otro, acompañados de una Cocacola y la música, fueron mis ofrendas de la visita. A los muertos normalmente se les desea paz en su tumba. A diferencia de lo que por convención o tradición es considerado normal, invoqué rock en la tumba de Chaparro.

[1] Chaparro Madiedo, Rafael. “Jim no ha muerto, lo que pasa es que huele raro”. En: La Prensa. Febrero 11 de 1994, Bogotá. p. 26.

[2] En la literatura existe otro Gary Gilmour y pertenece a La canción del verdugo, de Norman Mailer. El personaje gringo fue primero que el colombiano.

domingo 24 de febrero de 2008

Tal vez fue en Père Lachaise

Por: Rafael Chaparro Madiedo
La Prensa. Septiembre 19 de 1993.

Creo que unos días atrás había soñado con Amarilla. Sí. Había soñado que Amarilla y sus gatos recorrían las calles mientras la lluvia negra de la noche cubría la copa diminuta de los árboles. Creo que después entonces me enamoré del viento y de las cosas más insignificantes, de las hormigas, del arroz, de la coca cola. El caoso era que me había enamorado de alguien que estaba detrás del vidrio de los días y que desde ese vidrio me hacía señas con los ojos grandes, marinos, mediterráneos. Entonces Amarilla desapareció de los sueños. Amarilla se fue de nuevo a la Avenida Blanchot. Se fue con Pink Tomate y por fin me dejó en paz. Se fue con sus gatos y a lo mejor se metieron a un bar y pidieron vodka con flores, con muchas flores. Una vez se fue Amarilla por dentro lo que había era ese olor que se siente a las cinco de la tarde en el Cementerio Père Lachaise. Ese olor previo al enamoramiento. Tal vez alguna vez nos vimos en el metro, tal vez ella estaba en el mismo vagón, tal vez tomamos café en la misma terraza a las cinco de la tarde o a las diez de la mañana, tal vez nos cruzamos en la misma librería y hojeamos los mismos libros, tal vez compramos y comimos del mismo pan, tal vez nos miramos bajo la ola amarilla del verano o tal vez nos soñamos mutuamente desde el fondo de nuestras sonrisas transparentes. Tal vez se llama Catherine, Julie, Christine, Odile, Lucile, Chantal, Marie, Therese, Benedicte, Caroline, Stephanie, Isabelle, Florence, Brigitte, Nathalie, Corinne, Virginnie, Alexandra, Laure, Anne, Emanuelle, Christianne, Anais, Marion y tal vez tiene todas las estrellas reunidas en la palma de sus manos, tal vez tiene mil caballos transparentes en su cabello dorado, tal vez tiene el sabor de de las flores amarillas de las montañas en su cuerpo, tal vez tiene un millón de rosas invisibles en sus labios dulces, tal vez tiene dos corazones, tres corazones, cuatro corazones, cinco corazones, mil corazones lindos que palpitan como relojes enamorados en la mitad de su carne, tal vez es capaz de hacer de nuevo el fuego, la rueda, los puentes, las ventanas, las puertas, los vientos, las sombres, tal vez sea amiga de los árboles, de los osos, de las águilas, tal vez las piedras, los caminos, los niños, los gatos, las calles, tal vez todo, absolutamente todo esté enamorado de esta mujer que tal vez se llama Catherine, Julie, Christine, Odile, Lucile, Chantal, Marie, Therese, Benedicte, Caroline, Stephanie, Isabelle, Florence, Brigitte, Nathalie, Corinne, Virginnie, Alexandra, Laure, Anne, Emanuelle, Christianne, Anais, Marion.

jueves 24 de enero de 2008

Poemas desde el tejado

PINK TOMATE EN NIZA
La poesía también fue uno de los intereses de Rafael Chaparro Madiedo y en 1986 obtuvo una mención especial al participar, bajo el seudónimo de Rafael Madiedo, en el Tercer Concurso Universitario de Poesía del ICFES, con la obra titulada La hora de la fatiga que se compone de dos poemas: “Lunas” y “La torre de nieve”. En el periódico Hojalata, de la Universidad de los Andes, también publicó algunos poemas. Aquí son subidos algunos:

Lunas

No me mires
cuando la luna se estremezca
en mil temblores fulgurosos

No me hables
cuando comparta mi pan
con los habitantes de la Tiniebla
porque entonces mi sombra te cubrirá como una niebla

Sólo espérame en el filo de la realidad
donde la púrpura profunda de Dios
se desangra sobre mi sangre.


La torre de nieve

Me preguntas qué hice anoche.
Subí a la torre de nieve
y me lancé a un lago de sangre pesada
donde beben los lobos antes
de rendirse sobre la arena

Me preguntas por la luna…
entonces di a beber el veneno dorado
a mil conciencias sosegadas
¿acaso estabas allí contando
las palpitaciones de tu laberinto atropellado?
Sus ojos brillaron como agua criminal
y sus rostros brillaron frente al desasosiego
de la carne
como tiembla el tiempo ante el silencio

Me preguntas por la noche…
y te digo que la noche solía ser
el refugio de los dioses que chupan la sangre del destino

Me preguntas qué hice anoche.
Anoche estrangulé varios dioses
de mi conciencia arrodillada!

Concurso Universitario de Poesía ICFES: Obras premiadas 1986. Bogotá: Editorial Guadalupe. p. 123 y 125.

***

Un ave pasó regando cielo
sobre la selva negra
en praderas de sangre
reflejó múltiples lunas se hierba
y cauces de agua pesada

Frente a un arroyo de la noche
dio nombre a cuatro dioses vagabundos:
Tierra, Viento y Fuego
pero sólo a ti te dio un nombre
que nadie quiere olvidar:
Muerte.

Hojalata. Nº1, marzo de 1987. p. 10.


El río de los hombres

Cruzar el cauce de la niebla
eso nada más,
Entrar bajo el árbol
y buscar la sombra de oro
de alguna fruta profunda.

Recoger el rastro herido
de algún ave sobre espejos de metal
cuando el mar acoja
en su silencio
la miel de los bosques
el cielo de las fieras
y el río de los hombres: Sangre.

Hojalata. Nº2, mayo de 1987. p. 1.


Tu voz, tu mano

Cuando riegas
el agua de tu voz
sobre mi cuerpo encendido
mil puñales luminosos
acuden al llamado de tu sangre.

Es el tiempo preciso
la fatiga se hace infierno
la luna la morada
de los gritos púrpura
otra vez mis cabellos se estremecen
ante la figura del viento verde
de tu voz
otra vez mi cuerpo tiembla
bajo el río de tus ojos
otra vez tu mano
hace lo que sabe hacer: toca la vida.

Hojalata. Nº3, abril de 1987. p. 8.

miércoles 16 de enero de 2008

Presentación


Crónicas de Opio; anécdotas sobre el escritor que quería ser gato, es un trabajo de grado que se hizo con el objetivo de construir un perfil del fallecido escritor y periodista Rafael Chaparro Madiedo, autor de Opio en las nubes, obra ganadora del Premio Nacional de Novela en 1992. Este perfil está basado en los testimonios de personas que lo conocieron o tuvieron algo que ver con él o su obra. El trabajo, finalmente, se complementa con un índice de más 300 artículos escritos por Chaparro en el diario La Prensa y en la revista Consigna.

Palabras claves:
Literatura colombiana, Opio en las nubes, periodismo, La Prensa, Rafael Chaparro Madiedo.