31 mar. 2016

Habla el Pink Tomate del teatro


Entrevista al actor colombiano Álvaro Bayona. Fragmento del programa Colombian Dream (de UN RADIO) en el que habla de su rol como Pink Tomate para la adaptación al teatro de Opio en las nubes, La obra fue montada por el grupo Petra, dirigido por Fabio Rubiano, y tuvo su temporada en el Teatro Nacional en 1995. Más sobre esa temporada en este artículo: http://www.semana.com/cultura/articul...
Datos de la obra de teatro.
Género: Ficcion
Año: 1995
Interpretes: Marcela Valencia, Ana Mazhari, Victoria Gongora, Pilar Alvarez, Juan Pablo Franco, Alvaro Bayona, Fernando Garcia, Julio C. Galeano, Diego Vasquez y Luis Fernando Bohorquez
Director: Fabio Rubiano
Empresa, teatro: Teatro Nacional 
Más información: http://www.petrateatro.com/



1 jul. 2012

Forografía: La Prensa
Las cuatrocientas espadas del brandy

Por: Rafael Chaparro Madiedo (Otro cuento inédito)

Me mataste. Eso es lo único que sé. También sé que estoy en el cielo. Por fortuna. Llevaba diez minutos de muerta y me pediste un cigarrillo. Yo busqué en mi cartera y te ofrecí uno de mis mentolados. Lo encendiste y te fuiste al balcón y lo fumaste en silencio mientras los fogonazos silenciosos del cigarro te iluminaban los ángulos del rostro. Afuera llovía. Era una lluvia mezclada con los pasos de los gatos que se deslizaban por los techos buscando un poco de calor. Me mataste en una noche de lluvia. Eso había sido demasiado para ti. Nunca has soportado la lluvia, ni los Stones más allá de las once de la noche. Después de las seis no puedes soportar las películas inglesas, ni los cafés cargados. Eres extraño Spada. Muy extraño. Ese día que me mataste me llamaste desde algún teléfono del parque Giordano Bruno y me dijiste hey baby vamos a ver Naked de Mike Leigh y yo te dije, pobre idiota ilusa, claro baby nos vemos a las seis en la estación de metro Radio City.
Esa tarde vagué sin sentido por la ciudad. Me metí al metro, cubrí varias rutas, fui al barrio árabe a la calle Dranaz por un hash. Luego me fumé el hash en el parquecito mientras miraba el tren elevado. Alguien desde el tren me hizo una seña con la mano y yo le mandé un beso que se diluyó en el aire caliente de la tarde. Fue un maldito beso que explotó en el núcleo del aire, puff!, y desapareció para siempre. Finalmente cogí la ruta del Radio City para cumplirte la cita y cuando entré al metro parecía que la gente se moría poco a poco en las nubes alucinógenas de las cinco de la tarde, esas nubes negras que olían a heroína con orines.
Más tarde nos encontramos en Lourdres. Estabas en el parque. Las palomas grises hacían maniobras confusas en el aire precario de la tarde y el olor de la lluvia me entró a los pulmones y me intoxicó. Caminamos por la trece y el conjunto de las luces, el conjunto de los rostros y de los olores nos marearon lentamente. Las campanas de Lourdes empezaron a sonar en el tejido del aire. En el aire había latidos. Grandes latidos. Latidos. Latidos de un corazón invisible, herido y borracho que bombea tinieblas sobre la lluvia, sobre la noche.
Antes de entrar a cine tomamos un café donde los árabes. Sensación conocida: café cargado, negro, espeso, un cigarrillo. Una conversación banal. Un golpe en el estómago. Mierda. Adrenalina pura. Subordinación. Escalofrío. Un tabaco. Un Marlboro. Otro café. Un beso. Un silencio. Un golpe en la cabeza. Salimos del café, mareados, aturdidos, y el ruido de la ciudad nos abaleó el pecho y las miradas. Me dieron ganas de que te largaras para la mierda, pero dada la casualidad de que íbamos a ver Naked de Mike Leigh y entonces sentí en el corazón cuatrocientos golpes, cuatrocientos golpes de brandy, cuatrocientos golpes de lluvia, cuatrocientos golpes de heroína, cuatrocientos golpes de sangre, de carne, de pólvora, de humo azul, cuatrocientos golpes de tristeza, cuatrocientos golpes de cuatrocientas aves muertas revoloteando en mi pecho.
En el cine, la fauna de siempre. Un par de mamertos. Una pareja de viejos embutidos en sus viejos gabanes, el borracho que siempre encontrábamos en los cines alternativos con su botella de coñac y las chicas universitarias con cara de que no se las habían comido en meses por estar viendo películas para solitarios todas las noches. Salí enamorada de Johnny, el clochard de la película. Yo te dije después que nunca había visto un man que se fumara tanto como ese. Era un man vestido de negro siempre envuelto en una nube de humo, un man como tú y yo, un triste man siempre flotando en las nubes confusas de los días como aviones absurdos, perdidos, a la deriva, un man como tú y yo navegaba en el cielo maligno de los días, esos días llenos de pequeñas lluvias donde se te llenaba la boquita de heroína y saliva negra. Un man bacano, ese Johnny.
Entonces llegamos a tu apartamento. Me metiste tres balazos en el corazón. Once de la noche. Me mataste. Después fumamos, tomamos un café, dos cuerpos extraños sumidos en la conocida confusión del amor después del cine, dos cuerpos desnudos atravesados por cuatrocientas espadas brillantes antes del café, dos cuerpos extraños sumidos en la conocida confusión del amor después del cine, dos cuerpos desnudos llenos de humo, dos cuerpos desnudos atropellados por la alucinación, dos cuerpos desnudos con la sangre llena de perros atroces, dos cuerpos desnudos naufragando en alguna ola de la marea de la noche, dos cuerpos oscuros fulgurando antes de apagarse para siempre el reflejo caliente de la lluvia.
A la media noche salimos y nos dirigimos a la estación del metro y allí me dejaste. Baby. Creíste que nunca más me ibas a volver a ver. Pura mierda. Me subiste al vagón y diste media vuelta. Yo me fui bien muerta. Lo último que me acuerdo eres tú fumando y yo sentada en el vagón mientras éste se deslizaba hacia la oscuridad del túnel.
Es verdad. Me mataste. Y estoy en el cielo, tal como tú querías. En el cielo. Tal como querían mis padres y tú. Muerta, en el cielo.
Ahora he vuelto. Estoy en el balcón. Tú acabas de regresar del cine. Me ves. Te detienes. Te acercas. Me observas en silencio. Fumas un cigarrillo. No has cambiado mucho baby. Abres la ventana. Afuera llueve. Me acaricias la cabeza con suavidad. Me dejo tomar en tus manos y me pones frente a ti. Entonces te clavo el pico en un ojo y la sangre brota lentamente. Mierda. Te saco el otro ojo.
Afuera llueve y las luces de la ciudad son peces suicidas que se destrozan en las aguas sucias y turbulentas de la tiniebla. Estás tirado en la mitad del salón y el viento frío de la noche te cubre. Llevas diez minutos muerto. Yo llevo diez minutos convertida en paloma.

Redescubierto por Luz Giraldo, la Luz de Cali.

21 abr. 2012

Algunos artículos no seleccionados en compilaciones y tres cuentos publicados días después de su muerte


Descargar: http://www.mediafire.com/?rb6vug4o7z1nomt

Fotografía: El Tiempo



























23 sept. 2011

El escritor que quería ser gato
Ilustración: Max Gallinazo

En octubre de 2012 se cumplirán 20 años de la existencia de Opio en las nubes

6 feb. 2011

Nota del doliente de este espacio

Elaboré Crónicas de Opio: testimonios sobre el escritor que quería ser gato para agradecerle a Rafael Chaparro Madiedo su Opio en las nubes. Ese libro me llenó la vida de delirio. Me dio también otras miradas, otros olores, otros sabores, un color diferente para el humo del cigarrillo. Lo único que quiero hacer con este blog es dar a conocer aspectos de la vida y de la obra de Rafael Chaparro. Aspectos que me fascinaron y que no quiero que pasen desapercibidos. Quiero compartirlos.
Doy a conocer esos aspectos sensacionales en una forma menos romántica, menos amena y menos cercana. No están impresos, por tanto no existe la relación libro-tacto-espíritu.
Este sitio es lo que nos queda a mí, y a los posibles navegantes interesados en Pink Tomate, Amarilla, Gary, y los demás personajes de Opio, para recordar un libro, un universo que nos dio la agilidad para saltar de tejado en tejado y una garganta sin asperezas para bebernos sin atosigamiento una Ambulancia con whisky.
Salud!!!

2 feb. 2011

Rock en la tumba de Chaparro


Amarilla no sé qué voy a hacer estoy verde y no me dejan salir no puedo llorar no puedo salir.
Rafael Chaparro Madiedo.
Opio en las nubes.

Discreta y casi imperceptible, como el reflejo de la personalidad que algún día tuvieron los restos que la habitan, es la tumba de Rafael Chaparro Madiedo, un tipo que siempre fue sepulcralmente callado y demasiado tímido. Un tipo que prefería esconderse detrás del humo de los cigarrillos, en la neblina bogotana, en las tinieblas de los cines, en la luz tenue de los bares de rock y detrás de las pantallas de los computadores en los que escribió. Por eso tal vez no fue a oír el fallo que decía que su novela había ganado un premio que terminaría por insertarlo en las letras del país y casi no se le vio en cocteles de farándula. Otros se ganaron el pantallazo o salieron en la fotografía de la sección social. Él simplemente adoptó el bajo perfil.
El 11 de febrero de 1994, luego de hacer un viaje de estudios a París, Rafael Chaparro publica en el diario La Prensa una crónica titulada “Jim no ha muerto, lo que pasa es que huele raro”. En ella narra su visita a la tumba del vocalista de la agrupación The Doors, Jim Morrison, que se encuentra en la división sexta del popular cementerio Père-Lachaise, donde además, entre las de muchas personalidades de la historia, están las tumbas de Honoré de Balzac, Frédéric Chopin, Molière, Gérard de Nerval, Marcel Proust y Oscar Wilde. Su conclusión es bastante clara: “Solamente en una tumba hay flores, whisky y cigarrillos para toda la eternidad”[1]. Se refería, por supuesto, a la de Morrison. Una tumba que se ha convertido en la cuarta atracción turística más visitada de Francia después del museo del Louvre, la Torre Eiffel y el Arco del Triunfo. Una tumba sin reposo que en nada se parece a la de Chaparro y de la cual los administradores del campo santo francés se quieren deshacer, porque los miles de visitantes que anualmente atrae, desde todas partes del planeta, interrumpen la paz eterna de sus inertes inquilinos.
La actual lápida de la tumba del escritor de Opio en las nubes no es la original. Esa se la robaron y quién sabe quién. La de antes tenía una cita bíblica como epitafio: “Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”, una frase sugerida por su familia. La lápida de ahora es un rectángulo de mármol que sólo exhibe grabados el nombre del difunto y las fechas que delimitan su existencia. El papá de Rafael Chaparro, don Rafael Chaparro Beltrán, hace más de dos años no visita este lugar y la última vez que lo hizo vio que habían estado intentando quitar la antigua lápida. Por eso se cree que se la robaron y no que la deterioraron el tiempo y la intemperie.
Al igual que la de Gary Gilmour[2], personaje de Opio, la tumba de Rafael está junto a un urapán y muestra cómo las líneas de la literatura se cruzan de una manera coincidencialmente hermosa con las de la realidad. En este caso las probabilidades del evento aumentan, puesto que la Bogotá de Chaparro, la real, está llena de urapanes, igual que la ciudad de su novela. Otra cosa más comparten o compartieron Gary y Chaparro: una sentencia. El personaje de ficción vivió sus últimos días en la cárcel sabiendo que pronto iba a morir en la silla eléctrica. Todo, por haber matado con una pelota de béisbol a una hermosa rubia de la cual no sabía su nombre, pero que tenía cara de llamarse Porfiria. A Rafael los médicos lo sentenciaron a muerte desde los veinte años, cuando le descubrieron el lupus y le dijeron que le quedaban sólo seis meses de vida. Esos seis meses se convirtieron en once años de desafío a la enfermedad, en los que si bien siguió al pie de la letra su tratamiento no dejó de sortear su situación adversa con sus ganas de vivir y con su manera rebelde de fumar. Podría decirse que fumó hasta el último día, en la habitación de la clínica donde murió en la madrugada del 18 de abril de 1995.
El urapán de Chaparro y la tumba están en el costado suroccidental de la circunvalar del cementerio Jardines de la Inmaculada, al pie de una placa que indica el nombre del sector donde está el lote: Nuestra Señora del Carmen. En la base de datos del cementerio el lote asignado a Chaparro se ubica en el pabellón Sagrada Familia, Especial A2. El lote es el 840 y alguien que no comprenda y conozca la nomenclatura del campo santo tendrá dificultad para encontrarlo.
Cuestión de corazón
Opio en las nubes se ha convertido en una novela de culto, o por lo menos eso queremos creer algunos. Basta con mirar los esfuerzos de muchos de sus lectores por trasmitirla o con buscarla en una biblioteca para prestarla y ver que no está disponible, o que está en restauración por mucha circulación, para darse cuenta de que algo de eso es cierto. Para Ricardo Abdahlla, quien escribió una adaptación para cine de Opio, la novela representa un punto muy importante en el desarrollo de la narrativa colombiana: “No quiero disecar algo que para mí es más bien una cuestión de corazón. En todo caso creo que podría ser una “novela de culto”, pues ha circulado mucho y es muy conocida a pesar de que nunca fue editada por grandes casas editoriales. Hay un montón, por ejemplo, de “Pinktomates”, “Svens” y “Amarillas” en Hotmail y Myspace y expresiones como “qué vaina tan jodida” se han hecho populares. No sé si sea una novela generacional, pero es la novela de un cierto grupo que la conoció en el colegio y curiosamente hasta ahora está llegando a la edad de los personajes del libro”.
Lo de Abdahlla representa una manera de difundir la novela, un refuerzo que va más allá de la simple referencia. Otras personas están en esa línea, como el cuentero José Ricardo Alzate y su montaje escénico Avenida Blanchott, una pieza que también nació por una cuestión de corazón: “La verdad, fue un experimento y sólo lo hice porque cuando leí el libro quedé con cierta incomodidad o inquietud que me sugirió, en su momento, que me decía que debía hacer algo más con los textos de Opio. El libro lo conocí en Bucaramanga, allí lo leí por primera vez en 1997 y había visto ya a dos cuenteros “tratando” de contar esos textos sin lograr mucha conexión con el público. Aprovechando el anonimato en que estaba la obra de Chaparro en Medellín, opté por hacer el montaje y de paso desintoxicarme del libro. Y cuando lo estrené, nadie, ni siquiera yo, daba un peso por ese trabajo. Sólo lo hice por terquedad, por amor y por gusto. Afortunadamente tuve mucho éxito y la gente que iba a ver la obra empezó a buscar el libro y más textos de Chaparro”.
Este mismo texto es una cuestión de corazón, pero a la vez es un agradecimiento para un libro que brinda otra manera de ver el mundo a través de una escritura vertiginosa desprovista de una puntuación formal y de la composición de frases con un sentido literal y no literal bastante original como: “los días olían a diesel con durazno”; “el sol era una naranja borracha en medio del jugo agrio de los días”; “parece como si estuviera en la mitad de una pistola ardiente, recién disparada. La noche huele a pólvora, a dinamita con flores y alcohol”; “pedí una cerveza y te vi allí desde la barra y me pareció que olías un poco a opio, un poco a cerveza, un poco a paloma, un poco a boys don´t cry, un poco a mañana de miércoles y no parabas de mover tus muslos, tus ojos, tal vez mirabas hacia arriba, hacia esas luces que olían a tomate, tal vez buscabas a Dios en la mitad de aquellas luces amarillas y rojas que daban vueltas encima de tu cabeza, de tus sueños de manzanas podridas”.
Cada loco con su cuento, como dicen por ahí. Chaparro tuvo el suyo y lo mejor es que cautivó a muchos con su única novela. Y esos cautivos han sentido un deseo irreprimible de transmitir ese cuento. A eso, en definitiva, es a lo que puede llamársele como cuestión de corazón. Pero también a la visita de su tumba en las afueras de Bogotá, para percatarse de que Chaparro no está muerto aunque de seguro apeste un poco.
La visita
Para ir a Jardines de la Inmaculada, utilizando transporte público, la ruta más fácil y rápida consiste en subir al Transmilenio hasta el Portal de la 80 y luego tomar uno de los buses alimentadores que van hacia el final de la autopista norte, donde la sabana se torna mucho más monótona por el color uniforme del prado. En el sector hay otros dos cementerios y el de La Inmaculada es el más escondido de los tres porque su acceso no queda sobre la autopista. Lo mejor es pedirle al conductor del alimentador que pare al pie del sendero que conduce hasta su entrada.
Al ir allí llevé los últimos tres cigarrillos de una cajetilla de Boston. Me senté junto a la tumba y encendí el primero. También encendí mi reproductor de mp3 y les puse bastante volumen a los audífonos. Con la mente inicié una especie de ejercicio con el que quise conseguir que lo que queda de Rafael Chaparro en el universo, si algo existe, escuchara la música que tenía. Las delgadas volutas azul-grisáceas del humo de los cigarrillos pudieron haber servido como los cables de una interconexión cósmica o interdimensional. Algo por demás absurdo.
No sonaron las canciones que aparecen en Opio en las nubes, ni mucho menos el trip trip trip de Pink Tomate y que Rafael sacó de la canción 10:15 Saturday Night de The Cure. Opio es una novela que tiene las pulsaciones del rock y la vida de Rafael fue la de un roquero tímido que se pareció a Charly García. Charly ha tocado siempre el piano como un animal y Rafael escribió de la misma forma con su teclado; dejó una novela premiada y publicada, otra inédita, un libro inédito de cuentos y más de trecientos artículos en prensa. Otra cosa sería pensar en cantidades si él estuviera vivo. Algo que delata su amor por la escritura es que produjo textos casi hasta el día de su muerte. Lo último, según su padre, fueron libretos para televisión que redactó tal vez para La brújula mágica o para Quack.
La primera canción de la ceremonia, si así se le puede llamar a la extraña práctica, fue Cold Contagious de la banda inglesa Bush. Luego siguieron The Day I Try to Life de Soundgarden; Pubis angelical de Charly García; For Ever Young de Alpha Bill; Shine on You Crazy Diamond de Pink Floyd, pero la versión acústica y en vivo de David Gilmour; All Along the Whachtower de Bob Dylan, pero la versión de Jimi Hendrix; y por último Hold on de John Lennon. Temas que no estaban por alguna razón en el reproductor. Son canciones que hacen parte del gusto personal y que suelo escoger a la hora de aprovisionarme de buen rock para cuando estoy de viaje. La intención fue escuchar más música, pero ya comenzaba a hacerse tarde. El cementerio queda bastante retirado de todo en Bogotá.
Fui allí para tomar una foto de recuerdo. Luego se me ocurrió escribir esta crónica. El humo de los tres cigarrillos, los cuales consumí de manera lenta y sin aspavientos, uno tras otro, acompañados de una Cocacola y la música, fueron mis ofrendas de la visita. A los muertos normalmente se les desea paz en su tumba. A diferencia de lo que por convención o tradición es considerado normal, invoqué rock en la tumba de Chaparro.

[1] Chaparro Madiedo, Rafael. “Jim no ha muerto, lo que pasa es que huele raro”. En: La Prensa. Febrero 11 de 1994, Bogotá. p. 26.
[2] En la literatura existe otro Gary Gilmour y pertenece a La canción del verdugo, de Norman Mailer. El personaje gringo fue primero que el colombiano.


Una temporada en las nubes


Fotografía cedida por Fabio Rubiano. En escena los gatos Pink Tomate y Lerner


Cada cosa en el mundo tiene su lógica. Las calles tienen su lógica propia. Los tomates y los gatos también. Mi lógica es un poco gris, un poco nocturna. Es una lógica con techos, lluvia, una lata vacía de cerveza trip trip trip, qué cosa tan seria y un poco de soledad y whisky. En el fondo toda lógica es solitaria y sobre todo la de los gatos.
Rafael Chaparro Madiedo
Opio en las nubes.
Mucho gusto, soy Fabio Rubiano, el director de teatro, dramaturgo y a veces actor. Adapté en 1995 a las tablas Opio en las nubes, novela de Rafael Chaparro Madiedo[1]. No es una práctica que hubiera hecho con frecuencia. Para entonces no tenía la experiencia y no había hecho los cursos necesarios. Ahora sí, pero no sé si eso sea mejor o peor.
Cuando yo leí la novela tuve la necesidad de verla y por eso la llevé al teatro. Me impactó mucho y de varias maneras con su temática absolutamente urbana. Hablé con Chaparro y le confesé mi interés por adaptarla. Le dije que quería verla en un escenario para ver los personajes, escuchar sus textos adaptados como diálogos, sentir el sudor de Sven, mirarle las tetas a Amarilla como se las miraban sus gatos, ver la electrocución de Gary Gilmour, el strip tease de Harlem y la camisa de fuerza de Marciana y Haigway 34. Él estuvo de acuerdo y le fascinó la idea.
Las ganas de hacerlo me vienen desde 1993, luego de haber leído la novela. En ese momento, a esa edad, sabía y entendía lo que estaban hablando los personajes y me sentía plenamente identificado con ellos, a pesar de que para ese tiempo eran mayores de 30 años, menores que yo. Son iguales a su autor, que murió de 31 y permanecerá de la misma edad. Así los veo yo y en un prólogo que me pidieron que hiciera para la segunda edición de la novela, escribí lo siguiente:
Por más llenos de fantasías, paradojas, anacronismos o características extremas, los personajes de Opio son seres de carne y hueso, se mueven con el descaro de los inclasificables, lo que traduce: sinceros. Estas personas, incluyendo los gatos, llenos de sueños podridos y sangre con olor a vodka o a nitrógeno o a sopa de paquete, caminan por todos los sitios de una ciudad que nosotros hemos caminado o por lo menos hemos querido caminar. Se drogan como no hemos sido capaces, como lo logró Burroughs con la heroína y la pluma, pueden tomar whisky a las siete de la mañana como lo hizo Bukowsky con el vino y cerveza hasta la muerte (recordemos su propuesta de epitafio: “Aquí yace Bukowsky, podrido en vida y aquí también”). Lo mejor de estos personajes es que no representan a nadie, son lo que son, no imitan ni se parecen, incumplen su cita con la alegoría, vomitan ante lo emblemático. Están vivos y muertos, son personajes perpetuos, por eso el Gary de Rafael Chaparro no tiene por qué parecerse al gringo, no le debe más que el nombre[2].

A nosotros el manejo de toda la estructura de la novela nos atrajo formalmente, pero sobre todo la composición de los personajes. Cuando digo nosotros, hablo de mí en dos periodos tiempo: me gustó a mí cuando la leí y a mí cuando escribí la adaptación. También hablo de todos los actores y de su enamoramiento por los personajes que interpretaron. Recuerdo mucho cuando le presenté la obra al elenco. Les dije: léanse esto, porque esto tiene que verse y no solamente leerse.
Por ese texto hubo un gran amor y una entrega absoluta de parte de todos. Durante el proceso de montaje y ensayo discutimos mucho, como se debe, a los gritos. Fueron confrontaciones de todas maneras hermosas que se generaron, por ejemplo, cuando los actores me decían que no se querían dejar quitar un parlamento. Yo les decía que como la cosa era muy literal había textos que no me servían. Pero ellos, enamorados de lo que tenían que decir, me exigían que no, que esos textos los decían porque los decían. Igual, después de un rato de gritos amorosos, llegábamos a acuerdos.
La obra contó con la actuación de Juan Pablo Franco, Álvaro Bayona, Fernando García, Luis Fernando Bohórquez, Diego Vásquez, Julio Galeano, Marcela Valencia, Ana Mazari, Victoria Góngora y Pilar Álvarez[3]. Como ya dije, la adaptación y la dirección las hice yo. Hay una anécdota con el actor que yo quería para Sven, con Juan Pablo Franco. En el momento en que yo empiezo a tener ganas de realizar el montaje él tenía muy mala reputación. Él es un excelente actor, pero en ese entonces se rumoraba que estaba muy desordenado con su vida y tenía problemas con el alcohol. Por esos rumores yo lo busqué y le dije: necesito un actor como usted que no sea usted, léase esta adaptación y luego hablamos. En efecto lo hizo y luego me dijo que ese personaje era para él, que nadie más lo podría hacer. Durante todo el proceso, tanto de montaje como de temporada, Juan Pablo fue el más disciplinado de todos. Eso fue maravilloso y hoy puedo decir que es uno do los roles que mejor ha personificado. Yo lo imaginé perfecto para el papel y lo fue.
Opio en las tablas
Dos de las características de la novela que yo creo que la hacen más atractiva, son las alteraciones temporales y la propuesta de Chaparro de mostrarnos un viaje, a través de unos territorios espaciales que no son los tradicionales a los nuestros. Eso mismo se intentó manejar en la obra. No fue nada fácil adaptarla porque hay en la novela grandes monólogos y una narración muy alterada, en donde no siempre habla el mismo personaje. El único monólogo de la adaptación fue el de Pink Tomate, que atravesó toda la pieza. Todas las escenas fueron dialogadas entre Amarrilla y Sven; Marciana y Max, Piel Roja y Max; Max y Gary Gilmore; y el resto. La novela es muy polifónica y la obra de teatro también lo fue.
Hubiera podido organizar a los personajes en una línea aristotélica de continuidad, en orden cronológico, pero no lo hice para no quitarle fuerza a la pieza. No lo hice porque los personajes, según la estructura temporal de la novela, pasan de la vida a la muerte y viceversa, o de jóvenes a viejos de una manera muy bella.
Algunos capítulos no pudieron ir en la obra, como “DC-3 Espinacas de Mayo”El Señor Árbol de Mermelada, El Señor Viento y La Señorita Tetas de Mantequilla. Fueron capítulos que para mí no tenían el valor escénico que necesitaba y recrear los espacios era muy difícil por su valor tan literal. Y es que una de las cosas del trabajo de la adaptación teatral, y cuando uno mismo dirige, es que se tiene que trabajar y pensar primero sobre los espacios reales. Lo mismo hice con los que Chaparro planteó en Opio, y por eso tuve que pensar en ambulancia, en bar, en hipódromo, en cárcel, en manicomio, etcétera. Lugares reales donde intervienen y respiran los personajes. Después de eso tuve que pensar como director, para ver cómo iba a meter todos esos espacios en el escenario. La solución la encontré con una escenografía vertical, con una estructura metálica de varios niveles en donde los personajes iban y venían, subían y bajaban. También metí una ambulancia y colgué un carro del techo, entre otras cosas. Fue un gran desafío.
Única temporada
En 1994 yo apliqué para una beca de creación con Colcultura y la gané. Con eso obtuve los medios para hacer Opio en las nubes y la estrené en el Teatro Colón, donde estuvo por poco tiempo. La gran temporada, la única, fue en el Teatro Nacional de la 71. Allí le fue muy bien, aunque ese espacio no era, ni es, un espacio para trabajos de este tipo, de este corte tan experimental, con un lenguaje tan contemporáneo y una temporalidad tan alterada. Le fue bien, a pesar de que en ese escenario tradicionalmente han estado obras del teatro universal y el público de allí es muy específico.
No volveré a temporada[4] con Opio en las nubes. Todo proyecto que hago empieza a dejar de satisfacerme y lo olvido para pensar en el siguiente, en uno mejor. Sé que la obra no me quedó todo lo buena que esperé y que tal vez ahora la adaptaría mejor, pero eso no podrá saberse. Ahora me quedo con los buenos recuerdos y en mi cabeza persiste uno muy especial, el de la última escena, que para mí fue la mejor, donde Amarilla se despide de Sven mientras se va en un bote. Lástima que Chaparro no viera la obra porque el día exacto que terminé la adaptación me enteré por el periódico que se había muerto.
Amarilla se montó en el bote. Ya estaba anocheciendo y en el fondo se veía la ciudad con todo su murmullo confuso de luces, ruidos y muertos que reían, cagaban, hablaban y fumaban. Desamarré el pequeño bote. Amarilla me mandó un beso y yo empujé el bote hacia el mar. Desde el bote Amarilla me hizo un señal, te vi perro, yo también te vi perra y entonces le tiré una botella y un paquete de cigarrillos y le grité oye nena sin ti no puedo obtener satisfacción y ella sólo movió los labios y me dijo te amo perro y yo le dije, claro yo también te amo perra. El bote se bamboleaba lentamente con las olas del mar. Al cabo de unos instantes la oscuridad se la había tragado.
Rafael Chaparro Madiedo.
Opio en las nubes

[1] La adaptación de Fabio Rubiano no es la única que se ha hecho al teatro de Opio en las nubes. También el grupo bogotano Jóvenes Libres realizó un montaje titulado Ciudad rota, el cual llevaron al Festival Internacional Teatro a Mil, en Santiago de Chile. Otro montaje es Avenida Blanchot, una versión para narración oral del cuentero José Ricardo Alzate y su hermano gemelo, realizada en 1998 y que además de ser presentada con frecuencia en el teatro La Sala, de Medellín, en 1999 ganó el Festival de Cuenteros de la misma ciudad, en donde obtuvo el primer lugar en la modalidad de montaje. Además, Avenida Blanchot ha estado en todos los festivales de cuenteros del país y en varios festivales de teatro como el de Manizales y en el Festival Internacional de la Oralidad de Venezuela.
[2] Rubiano, Fabio. “Prólogo”. En: Opio en las nubes. Bogotá: Proyecto Editorial, 1998. p. 13 y14.
[3] Estos son los roles interpretados por los actores: Ana Mazari hizo de Marciana, Marcela Valencia hizo de Amarilla, Luis Fernando Bohórquez hizo de Highway 34, Álvaro Bayona hizo de Pink Tomate, Julio C. Galeano hizo de Lerner, Diego Vásquez hizo de Max y Juan Pablo Franco hizo de Sven.
[4] La obra estuvo en temporada desde el 15 de septiembre hasta el 16 de diciembre de 1995, en el Teatro Nacional de la 71, en Bogotá.


23 sept. 2008

Una carrera contra el tiempo... Recuerdo del escritor que sabía que moriría joven

Rafael Chaparro. Fotografía: La Prensa.

Nadie puede afirmar que Pink Tomate fuese su encarnación literaria, pero como el prodigio de la literatura permite que el lector especule y arme el rostro y la sicología de sus personajes de papel, a muchos nos ha dado por pensar en un gato con gafas redondas, que quería acabar con la existencia de todos los cigarrillos Pielroja, todos los chicles, todas las botas de gamuza, todas las nubes y todos los aromas. (…) Los no lectores, los facilistas, los lenguaraces, los críticos de borrachera, jamás entenderán que esta novela, más que para leer, se escribió para fumar.

Ignacio Ramírez.

“Nefelibata y Opio”.

Lecturas Dominicales, El Tiempo. Abril 11 de 1999.

El humo de los Pielroja que le salía por la boca era una extensión de sus palabras y les daba el acento y la fuerza necesarios para ser muy claro en todo lo que me contestó esa tarde. Varias cosas más advertí durante la entrevista que le hice a Rafael Chaparro Madiedo. Una de ellas: que él sabía perfectamente de la inminencia de su muerte. Otra: que era un tipo muy talentoso y con un amplio bagaje de lecturas. Y también que su timidez podría compararse con lo medrosos que son los gatos. Después de ese día no lo volví a ver jamás.

Ignacio Ramírez[1] entrevista a Chaparro

En octubre de 1992, cuando los jurados del Premio Nacional de Literatura de Colcultura dieron como ganadora la novela Opio en las nubes, de Chaparro, lo llamé y concerté una cita para entrevistarlo. Después de ese encuentro le dije que quería leerme la obra antes de hacer un perfil y él me prestó su manuscrito, cosa que muy pocos podemos contar.

Cuando llegué a su oficina en el diario La Prensa me presenté y de inmediato encendí mi grabadora. Luego me di cuenta de que todos los casetes que usé quedaron en blanco porque conecté el micrófono por el orificio de los audífonos. Entonces tuve que escribir el perfil de memoria para el periódico El Tiempo, donde tenía una columna que se llamaba “Literalúdica”[2] especializada en escritores colombianos.

En el inicio de la entrevista fue muy difícil sacarle a Chaparro más de dos o tres palabras. Mi primera impresión fue que me encontraba ante un tipo muy tímido, que no hablaba más de lo necesario y que desconfiaba de mi presencia. Él era como uno de los personajes de su novela, como el medroso Pink Tomate. En todo caso, y por fortuna para mí, cada pregunta que le hacía actuaba como una especie de paliativo para combatir esa timidez abismal. Al final terminamos hablando de manera amena de muchas cosas, sobre todo de literatura, un campo en el que descubrí a un Rafael Chaparro muy joven y talentoso, que sentía una profunda admiración por los versos malditos de Baudelaire y Rimbaud y también conocía muy bien la obra de René Chart, Pavese y Céline. Había diversificado mucho sus lecturas para ser tan joven. Para entonces debía tener veintiocho años.

Una persona puede tener mucho talento, pero si no ha aprendido a leer y a escribir con disciplina, comete errores. Él ya tenía un oficio de escritor y me di cuenta de eso. Ya había leído mucho y también escrito mucho. De otra forma no hubiera podido concebir Opio en las nubes. Esa es la única manera en la que se consolida un escritor. En literatura no existe casi la precocidad, hay un poeta que es Rimbaud que a los dieciséis escribió Una temporada en el Infierno; o un novelista como Vargas Llosa que a los veinte años ya estaba escribiendo La ciudad y los perros. Eso fue lo que vi, que el tipo tenía ya formada una trastienda de conocimientos de buenos autores como Joyce, quien es evidente en Opio en las nubes por la experimentación con el lenguaje y un poco por el delirio. Chaparro escribió una locura y por su talento y sus influencias le salió algo con ritmo y coherencia. Yo no tengo la menor duda de que era muy talentoso.

La descripción

Recuerdo su aspecto: era un muchacho de gafas y mirada introvertida, pero al tiempo observadora, como si estuviera pendiente de todo detalle. Sus ojos eran oscuros, su pelo también. Usaba jeans desteñidos, camiseta de algodón por fuera y botas de gamuza con suela de goma, de esas que estuvieron muy a la moda entre los que somos de la generación de los sesenta. Me dijo que siempre las usaba como señal de su identidad. Parecía, en resumen, el típico estudiante universitario de la época, pero de los del tipo automarginado, en contravía con todo y sin intención de llamar la atención. Si uno no lo supiera, no podría adivinar que ese muchacho fuera uno de los libretistas del programa de televisión Zoociedad.

Chaparro era un hombre de excesiva timidez, hablaba muy bajito y estuvo evidentemente nervioso durante la entrevista. Entre tanta timidez y humo de cigarrillo se le notaba que estaba algo más que feliz por haberse ganado el premio de novela. También fumaba mucho. Recuerdo que durante nuestra charla se fumó por lo menos un paquete de Pielroja y en algunos momentos prendió, casi con angustia, el cigarrillo siguiente con la colilla todavía encendida del anterior. En algunos otros le daba vergüenza verse tan compulsivo y apagaba el cigarrillo con rabia y fuerza en el cenicero y sacaba un fósforo para encender otro. Así se la pasó toda la tarde. Hoy pienso que esa forma compulsiva de fumar se debía a la certeza de que pronto iba a morir. Ya incluso sabía que su muerte se llamaba lupus, una enfermedad bastante rara.

La certeza de la muerte y sus influjos literarios

Nadie ha comprendido que el tabaco es el mejor amigo del escritor en esas noches solitarias cuando uno está frente al computador y la pantalla está en blanco. El tabaco es una especie de mar extraño por donde navegan las ideas. Unas se van con el humo. Otras se quedan. Se escriben.

Rafael Chaparro Madiedo.

“Un poco triste, pero más feliz que los demás”.

La Prensa. Enero 22 de 1995.

Él me habló de su enfermedad y, por lo que dijo, y por lo que uno encuentra en su novela, era muy consciente de que ya lo estaba rondando la muerte, de que no había escapatoria. Se aferraba angustiosamente al cigarrillo de turno, como si éste le diera paz y le devolviera un poco de vida. Según él, lamentablemente estaba en una carrera contra el tiempo, y la novela, precisamente, mostraba buena parte de esa vertiginosidad impuesta por la circunstancia misteriosa por la cual iba a morir joven y no podría escribir más. Opio en las nubes revela esa condición, es una desaforada carrera para contarlo todo. Es decir, la noche se va a acabar y lo que realmente vale la pena es la noche, entonces hay que salir corriendo antes de que termine, hay que escribir un libro antes de que termine.

Yo creo que él pretendía que Opio en las nubes fuera como una especie de testamento literario. El libro es toda la zaga entre la vida y la muerte, en la noche, con la presencia palpitante de Bogotá. También están las grandes ciudades como Nueva York de noche. Y es que hasta ese momento la ciudad, dentro de nuestra literatura, no había sido contada de esa manera. Sobre la noche se ha escrito desde los inicios de la literatura, pero así con tanto afán, con tanta carrera y delirio, con tanta certeza de que eso va a terminar, nadie lo había hecho.

Lo que vino después

Finalizada la entrevista, por la noche leí la novela y me gustó muchísimo. Desde el momento en que leí la primera línea fui atrapado por su novedoso estilo. Luego devoré cada página sin pausas hasta la madrugada. Para siempre quedé con la sensación de que Opio en las nubes fue escrita con tinta de humo de cigarrillo, más apta para los lectores fumadores, y con el sonido y la presencia permanentes de una ambulancia.

En la mañana me fui feliz a compartirla con un grupo de escritores de otras generaciones y esta gente le hizo el feo. Ninguno la aprobó y la compararon con Que viva la música, de Andrés Caicedo. Y aunque sin duda hay una cadena de novelas musicales en la historia de la literatura colombiana, dentro de esas la de Caicedo, al lado de novelas como la de Magil[3] (Conciertos del desconcierto), la de Rafael Chaparro no se centra en lo musical sino en la ciudad. Estos escritores le hicieron el feo a Opio en las nubes porque era de un muchacho. Eso es cierto, porque cuando la novela llegó a manos de los jóvenes pasó todo lo contrario: sintieron que ahí había otra cosa, se identificaron con ella y se dieron cuenta de que estaba inaugurando una enorme cantidad de ámbitos no tratados en la literatura nacional.

Su lenguaje es muy vertiginoso, bien utilizado, inteligente, que absorbe, que deja que uno participe en él, que hace que uno no suelte la novela y por eso me dio tanta tristeza y sentí tanto vacío cuando los escritores, ufanos de ser muy importantes, rechazaron la obra sin argumentos objetivos. Pienso que sin que sea una obra maestra, Opio en las nubes partió en dos una buena parte de nuestra literatura.

Luego surgió una serie de gente muy brillante, joven por supuesto, que asumió que no había que comerle carreta a los críticos que desbarataban la novela y que hoy en día la miran todavía por encima de los hombros, porque no la han leído o porque no saben leer ese tipo de cosas. Entonces, empiezan a publicarse en diversos medios todo tipo de textos y ensayos sobre Opio, en los que personas como Luz Mary Giraldo, Álvaro Pineda Botero, Mario Jursich Durán, María Alejandra Jaramillo y otros, argumentaron virtudes de la novela. El hecho de que Fabio Rubiano la haya montado al teatro y que creara una afortunada versión, es muy diciente. Porque Fabio es un buen director de teatro y porque, para mí, Opio en las nubes es lo mejor que ha montado dentro de su experimentación. Otro grupo bogotano, Jóvenes Libres, también la montó y la llevó a Chile con éxito. Este tipo de cosas le da validez al fallo de los jurados y ayuda a ratificar la importancia de la novela.

Entre líneas

Era la época de Pablo Escobar y de otros narcotraficantes duros que movían mucho dinero y hacían estallar bombas, como la del centro comercial de la 93. Época tan crítica como han sido todas y que estuvo marcada por un enorme desconcierto. Los capos con su dinero inundaban todas las esferas. Recuerdo que sucedió un fenómeno muy grave con las artes plásticas, pues alguien les dijo a estos señores que tener obras de arte era un buen negocio, una magnífica inversión. Escobar, por ejemplo, llegó a tener hasta un Picasso. Eso encareció hasta el más insignificante cuadrito, y lo mismo ocurrió con todo.

También surgieron unas ‘subliteraturas’ mediante las cuales se hacían desmesurados elogios a estos personajes y que por fortuna nunca fueron hechas por un escritor profesional. Ahí sólo intervinieron periodistas oportunistas sin vocación literaria, que escribieron biografías de Pablo Escobar, Rodríguez Gacha y otros más.

Todo ese tipo de cosas tiene que asumirlas un escritor como Rafael Chaparro Madiedo, que aparte trabajaba como periodista. Me atrevo a decir que esta época lo marcó como nos marcó a muchos. Sin embargo, sé que él no estaba inmerso en ese mundo porque tuvo la fortuna de ser cronista en el diario La Prensa, un medio muy particular, pues siendo `pastranista`, con una enorme carga de cosas para criticarle desde el punto de vista político, tenía el único espacio visible para el arte. Ellos le dedicaban varias páginas grandes a lo cultural, con una forma muy bien desarrollada y con una planta muy lúcida de personas como William Ospina y Fernando Garavito. Allí Rafael tenía rienda suelta para escribir de lo que le gustaba. En todo caso uno podría encontrar muchas cosas de la Colombia de entonces en su novela, sólo que no tan palpables.

El recuerdo

Rafael Chaparro Madiedo murió de 31 años en la noche del 17 de abril 1995, a causa del lupus. Hoy, su única novela, que fue escrita contra el tiempo, sigue siendo muy popular entre los jóvenes. Es de mis favoritas y la he leído un par de veces. Conocerlo esa tarde fue una experiencia que recuerdo. Dos meses después de su muerte volví a tener en mis manos a Opio en las nubes y escribí para la revista Credencial, como homenaje, el artículo “Chaparro: Un socio para el club de los muertos”. En ese texto jugué con varios apartes de la novela y recordé la muerte de Sven como si fuera la de Chaparro, como si hubiese sido abaleado, o apuñalado en el baño lleno de vómito de un bar, mientras sonaba la canción With or Without you de U2, y luego fallecía en un ambulancia:

La gente me miraba con esos ojos que decían, pobre chico, tan joven, tan sano, tan blanco y yo les dije tranquila gente, no soy tan sano, ni tan limpio, ni tan creyente, no me lavo todas las mañanas los dientes como ustedes, no leo tantos libros, no hago deporte, ni rindo tanto en el trabajo como ustedes, tranquila gente.

Siempre había querido una muerte así, con violencia, con whisky en la mitad de los sesos, una muerte nocturna y en una ambulancia con una enfermera que me dijera que pasáramos la noche juntos.

Cerré los ojos y de pronto me sentí como un árbol atravesado por cuchillos blancos[4]. (p. 16).


[1] Ignacio Ramírez fue escritor y periodista. Trabajó para el periódico El Tiempo en la década de 1990 y también para la revista Credencial. Durante mucho tiempo, hasta que su salud se lo permitío, mantuvo la publicación por internet sobre periodismo, literatura y cultura denominada Cronopios, cuya dirección es http://cronopiosdiariovirtual.blogspot.com/. Esta entrevista fue hecha en noviembre de 2006. Ignacio murió el 20 de diciembre de 2007.

[2]Literalúdica” fue una de las secciones del suplemento Lecturas Dominicales de ese impreso. Allí Ignacio Ramírez también publicó el texto Nefelibata y opio, en el cual resaltó el lanzamiento de la segunda edición de Opio en las nubes (la primera de Proyecto Editorial) que venía con un prólogo de Fabio Rubiano, quien en 1995 había adaptado Opio al teatro. En ese artículo también se menciona la postulación de la novela en 1993 al premio Rómulo Gallegos, “la más alta distinción literaria entre los latinoamericanos” según Ramírez.

[3] Manuel Giraldo, más conocido como "Magil", en 1981 ganó el premio nacional de novela Plaza y Janés con Conciertos del desconcierto. El Instituto Tolimense de Cultura publicó en 1982 su libro de cuentos Más de noche y otras apariciones, que reeditó la editorial Oveja Negra. También es el autor de la novela Iluminados de 1994.

[4] Ramírez, Ignacio. “Chaparro: Un socio para el Club de los Muertos”. En: Credencial. Bogotá, junio de 1995. p 12 a 16.

En Niza, la familia Chaparro

Ya nada es como antes en la 123. (…) Antes todo era como antes. Por ejemplo la señora Aminta ya no sale tanto a Carulla porque tiene que ir al Conservatorio a llevar al Pajarraco a clase de Lapidus. El cuento de siempre. Que el niño se llevó la camioneta para la universidad y que ahora en qué me voy. Apúrele Ángela. ¿Ya se tomó la leche?

Rafael Chaparro Madiedo.

“Ya nada es igual en la 123”.

La Prensa. Mayo 5 de 1990.

Lo que yo tengo que decir sobre Rafael no difiere mucho de lo que diría cualquier padre sobre uno de sus hijos por lo que está lleno de afecto. Puede que para las personas ajenas sea algo de poco valor, que carece de interés, pero para mí es todo lo contrario.

La familia

Todo comienza cuando terminé ingeniería eléctrica en la Universidad de Santander en 1960. En Bucaramanga conozco a Aminta Madiedo, quien había estudiado docencia, y con ella me caso. Yo me vine a vivir durante un año a Bogotá, me gané una beca para estudiar en Alemania y los dos nos fuimos para ese país y permanecimos allí dos años. Al regresar nos radicamos en Bogotá y el 24 diciembre de 1963 nació Rafael.

Primero vivimos en otro barrio y desde 1968 estamos aquí en Niza. Cuando eso yo estaba trabajando con la empresa Ingetec, firma que se dedica a obras de ingeniería de consulta y ha desarrollado muchas obras públicas en el país, como carreteras, puentes, túneles, centrales hidroeléctricas, viviendas, etcétera. Hoy por hoy es una de las empresas más grandes de ingeniería en Colombia.

Para esa época Bogotá ya daba muestras de su crecimiento y desarrollo. Ya existían los barrios tradicionales como Chapinero y Teusaquillo, desde los cuales empezó la verdadera expansión de la ciudad hacia el norte. Cuando las casas de Niza se construyeron, casi todo por aquí era potrero, el tráfico era muy sosegado y era bastante común ver por todas partes los famosos ‘carromulas’. En general se veían pocos automóviles y buses que transitaban por una vía de acceso pequeña que luego se convirtió en la avenida Suba, la misma por la que hoy transita el Transmilenio.

En esta casa hemos vivido casi siempre y aquí también nacieron el resto de mis hijos. La familia completa la componíamos Aminta y yo, Rafael Chaparro Beltrán, y mis hijos Rafael, Sergio Luis, las gemelas Isabel y Liliana, Silvia Patricia, Carlos Alberto y Ángela María. Digo que la componíamos por lo de Rafael y porque hace poco también murió mi esposa. Una verdadera lástima, pues ella le hubiera contado muchas más cosas que yo.

La infancia

El nuevo centro comercial ‘Bulevar Niza’ está construido en lo que antes era un potrero donde los niños del barrio elevaban sus cometas y acometían largas jornadas de safaris acuáticos en busca de ranas y sapos. Ahora sólo se ven sapos de reeebok y sapas con minifalda. Las largas tardes de frío se cambiaron por pasillos iluminados por el neón. De la rana a la hamburguesa. De la cometa a la última moda de los jeans oxidados. (…) El ‘Bulevar Niza’ logró atrapar a la Rana de Oro o por lo menos la debe tener encerrada en alguno de sus acuarios de neón.

Rafael Chaparro Madiedo.

“Adiós a las ranas”.

La Prensa. Diciembre 18 de 1988.

Rafael ingresó al colegio Helvetia, institución fundada por suizos que queda muy cerca de aquí, y mientras fue un niño Aminta lo llevó y lo recogió a pie todos los días. Desde entonces empezó a demostrar una fuerte y temprana inclinación por la escritura, la lectura, y por las artes escénicas, participando en obras de teatro y en grupos de literatura, en los que su madre siempre fue su cómplice y pieza importante porque al ser ella docente manejaba muy bien el lenguaje y lo instaba siempre a la lectura y a la buena escritura. También le gustó mucho jugar básquetbol y en algún momento el equipo del Helvetia ganó un torneo intercolegiado y se fue a competir a unos juegos en San Andrés Islas. Recuerdo también que en este colegio tuvo problemas en el cuarto grado y lo repitió. De todas maneras fue siempre un estudiante aplicado y sólo sobresalió en materias relacionadas con sus gustos.

En la casa siempre fue muy obediente y se ciñó a las reglas del hogar y así lo hizo siempre. Aunque su modo de ser nunca fue el de alguien malgeniado tenía algo de terco, pero siempre fue una persona muy amable. Con su mamá era muy especial, igual que con sus hermanos y hermanas aunque era muy callado, especialmente cuando hacíamos reuniones familiares. Mientras todo el mundo hablaba él se quedaba mirando y no abría la boca para nada a no ser que alguien le preguntara algo. Hasta en eso se comportaba como un escritor que se la pasa todo el tiempo observando y dándose cuenta de detalles que la gente del común no ve. Usted sabe que todo buen escritor le mide el pulso a su alrededor desde la constante observación. Pero su silencio era normal, cuando tenía que decir algo lo decía y cuando se tenía que enojar se enojaba. Algo del carácter santandereano había en él.

Hablar de la infancia de Rafael es hablar de una cuadra llena de pelados de la misma edad que vivían por todos lados jugando y que cuando no tenían la calle llena de rampas para sus bicicletas o monopatines, la inundaban con sus partidos de fútbol eternos. Desde entonces viene la imaginación de escritor de mi hijo y alguna vez me pidió que le comprara un par de botas de caucho para irse de expedición con sus amiguitos a un lote fangoso, donde hoy queda el Bulevar Niza, en busca de la Rana de Oro. Una leyenda que no sé quién la inventó pero que él se encargó de darle mucha importancia y consistía en que si la Rana de Oro era atrapada el pantano se secaría. Incluso hasta escribió alguna crónica sobre ella para La Prensa, al igual que escribió otras tantas sobre su infancia y sobre Niza[1].

Más o menos así transcurrió la infancia de Rafael y cuando no estaba jugando o estudiando estaba leyendo, viendo Tarzán los sábados a las diez de la mañana, por el Canal Uno, o ideando algún proyecto para realizar con sus amigos, a los cuales también les tenía apodos como ‘Taofo’, ‘Cabezón, ‘El Tigre’ y ‘Farolo’.

El periodismo

Del Helvetia Rafael pasó a la Universidad de los Andes, donde estudió filosofía y letras hasta finales de 1987. Luego se fue para Momtpellier a hacer unos estudios relacionados con su profesión y regresó para trabajar en un periódico de la familia Pastrana llamado La Prensa. Eso fue en agosto de 1988 y desde entonces se hizo a un buen nombre en ese periódico y terminó ejerciendo un oficio inesperado, pero que le agradó porque le mantuvo la muñeca caliente al escribir todo el tempo. En este periódico conoció a García Márquez, quien se lo llevó a estudiar en San Antonio de los Baños en su curso de Cine y Televisión.

Antes de eso, en marzo de 1987, Rafael funda con unos compañeros de la Universidad de los Andes un periódico llamado Hojalata, en el que se escribieron textos de todos los tipos y géneros, y aunque al principio los directivos de la institución no lo vieron con buenos ojos, lo terminaron aceptando porque no les representaba ningún problema, porque resultó ser una buena publicación y porque, además, era el primer periódico que se fundaba en esta universidad. No más de dos problemas tuvieron con esa publicación y un artículo en especial los hizo tambalear, cuyo título es: “Uniandinos de frente a Monserrate de espaldas al país”[2]. Con Hojalata hubo muchos ánimos y expectativas, pero no lograron mantenerlo vivo y alcanzaron a imprimir alrededor de catorce números nada más.

En la misma universidad mi hijo entabló amistad con Jorge Mario Eastman, cuyo padre homónimo fue el dueño, junto con Carlos Lemos Simmonds, de la desaparecida revista Consigna. Una publicación quincenal a la que él pudo entrar como redactor cultural y luego como columnista de una sección llamada “¡Luz, más luz!”. En esa revista permaneció hasta marzo de 1990.

Su paso por Los Andes le sirvió de mucho porque, además, una de sus compañeras, cuyos padres eran los dueños de una programadora llamada Cinevisión, lo invitó a trabajar con ella en televisión en un proyecto llamado Zoociedad, del cual Rafael fue libretista y trabajó con Jaime Garzón. Mientras empezó este programa él siguió colaborando con La Prensa como columnista y eso lo hizo hasta su muerte. Cuando se acabó Zoociedad siguió haciendo esto a la par de Quack y La brújula mágica.

La pintura

Aquí se conservan muchas cosas de él. Hay fotografías, un álbum de recortes de prensa que hizo Aminta con muchos de sus artículos y con otros tantos que salieron cuando Rafael se ganó el Premio Nacional de Novela y también cuando Fabio Rubiano adaptó Opio a las nubes al teatro. Hay varios textos inéditos, entre ellos una novela llamada El Pájaro Speed y su banda de corazones maleantes y un libro con cuentos. Otros tantos de esos escritos se perdieron en su computador que años atrás se regaló.

En el que fue su estudio, donde todos los días se quedaba trabajando hasta altas horas de la noche, están muchos de sus libros. Algunos todavía tienen sus anotaciones. También está su equipo de sonido con grandes bocinas, y como una de sus grandes aficiones fue la música, coleccionó bastantes discos, sobre todo de rock. Muchos de sus amigos quisieron llevarse un recuerdo de él después de su muerte y varios vinieron y se llevaron uno que otro de sus discos, por lo que ya quedan pocos.

Su gran fascinación fue un Renault 4 de color beige que yo le vendí. Y eso que él siempre dijo, hasta que tuvo ese carro, que nunca compraría uno porque se mataría sacándole la máxima velocidad todo el tiempo. Igual, como siempre fue muy diligente en su mantenimiento venía todo el tiempo con historias de que había rebasado carros último modelo. Por ese carro se interesó otro de sus amigos, alguien que no logro recordar, y yo se lo vendí.

Pero lo más vistoso en esta casa y que nos quedó de Rafael son sus cuadros. Una de las cosas que me faltó por decir es que él siempre llenaba sus cuadernos de estudio o sus libretas de apuntes de garabatos y toda clase de dibujos, con lo que desarrolló un estilo propio y cierta destreza en los trazos.

Entonces él, antes de estudiar filosofía, quiso estudiar arte en la Universidad Nacional, y allí estuvo un semestre. Eso no le gustó y se fue para Los Andes. Luego se interesó por la pintura y se metió a un taller con el pintor Jaime Manzur, quien además es reconocido por fabricar excelentes marionetas. Como ya tenía cierta cercanía con ese mundo, aprendió bastante y pudo pintar cuadros bastante buenos. Muchos de ellos los tienen sus amigos, pero estoy seguro de que la mayor parte la tenemos nosotros. Hay que decir también, no soy capaz de recordar dónde ni cuándo, que expuso algunos de ellos. Pero él no trascendió en la pintura y siempre la tuvo como un pasatiempo. Si usted quiere, puede tomarles fotografías a algunos de los cuadros que hay en la casa.

El principio del fin

No todo en la vida de las personas es bueno o está lleno de cosas positivas. Desafortunadamente a mi hijo le diagnosticaron a los veinte años una enfermedad muy extraña llamada lupus[3]. Por tal razón le tocó empezar a tratarse con muchos medicamentos y sufrió varias crisis de salud. Además, ese mal se le focalizó en los riñones, los cuales con frecuencia hacían que su cara cambiara de color o se hinchara un poco. En todo caso nunca se desanimó, nunca se le vio triste y mucho menos se le escuchó un solo quejido. Así, entre tratamiento y chequeos médicos, logró vivir poco más de diez años sin problemas, hasta que en un terrible mediodía de febrero de 1995, mientras se dirigía con sus compañeros de trabajo para la oficina, un conductor imprudente en su ‘Volkswagen’ lo atropelló en el cruce de la avenida 19 con Quinta. Ese fue el principio del fin de mi hijo, el talón de Aquiles que el lupus encontró para llevárselo. En ese suceso se hirió una rodilla y una pierna y en un hospital, desconociendo su condición de enfermo de lupus, le aplicaron unos antibióticos que le afectaron directamente los riñones, lo que hizo que su estado se agravara y pasara los dos últimos meses de su vida muy enfermo. Finalmente, en la madrugada del martes 18 de abril, murió en la Clínica Santafé.

En el tiempo en que estuvo así nunca dejó de escribir y su mamá o su novia le llevaron sus artículos y sus libretos al trabajo. En la casa pasó muchas dificultades, pero nunca nos imaginamos que se iba morir. Es más, el último día que pasamos juntos yo lo llevé a dar una vuela al parque del barrio y él no fue capaz de regresar por sí solo y me tocó traerlo alzado. Eso fue el Domingo de Resurrección de la Semana Santa de 1995. A las malas lo llevamos a la Clínica Santafé y finalizando el Lunes de Pascua se agravó hasta la muerte, que según el dictamen médico ocurrió pasada la una de la mañana del martes. Él siempre odió las clínicas y los hospitales y como la vida es contradictoria le tocó morirse en un lugar que detestaba. Al final pasó sus momentos al lado de su novia, Claudia Sánchez. Para mí no es fácil seguir hablando de esto y creo que ya es suficiente con todo lo que le conté.

Había llegado del colegio y no comprendía muy bien por qué los ángulos de los triángulos sumaban entre sí 180 grados no entendía nada de nada ni en las mañanas ni en las noches era una tarde de lluvia tenía la cabeza al revés junto a Bayer y a Leonid los dos otros mocosos con los que andaba nos pusimos a construir la casa de madera en el árbol (…) una puntilla aquí otra puntilla allá más allá jueputa me machuqué el dedo una cura Bayer échese babas muchas babas diga sana que sana culito de rana o más bien sana que sana culito de vieja sino mamarás hoy mamarás mañana dilo Sven... [4]

Rafael Chaparro Madiedo

(Opio en las nubes)


[1] Rafael Chaparro Beltrán se refiere a textos como: “Adiós a las ranas”; “Ya nada es igual en la 123”; “Niza, by by”; “La increíble historia del siniestro Doctor Bolsita Negra y sus amigos”; y “Faustino no mataba perros amarillos”. En este último artículo, una crónica sobre cuando él tenía diez años y sobre el ‘Tino’ Asprilla, Chaparro habla así de su infancia: “Pasó el Mundial del 70 y mi hermano y yo seguíamos matando perros amarillos en las tardes aburridas del barrio. Pasó el Mundial y mi hermano y yo montábamos en bicicleta, pero no podíamos obtener satisfacción porque la niñez es un desequilibrio de lo real, porque en la niñez no tenemos recuerdos porque vivimos en los recuerdos futuros”. Algo de la crónica citada hace parte de uno de los capítulos de El Pájaro Speed y su banda de corazones maleantes, novela que Chaparro dejó inédita.

[2] El artículo al que se refiere Rafael Chaparro Beltrán fue publicado en el segundo número de Hojalata, en mayo de 1987, y fue escrito por Patricia Ruan.

[3] El lupus es una enfermedad inflamatoria crónica que puede afectar varias partes del cuerpo, especialmente la piel, articulaciones, sangre y riñones. El sistema inmunológico del cuerpo normalmente produce proteínas llamadas anticuerpos para proteger al organismo en contra de virus, bacterias y otras substancias extrañas. Estas substancias extrañas se llaman antígenos. En una enfermedad autoinmune como lo es el lupus, el sistema inmunológico pierde su habilidad para notar la diferencia entre las partículas extrañas (antígenos) y sus propias células o tejidos. El sistema inmunológico en estas circunstancias produce anticuerpos en contra de "sí mismo". A estos anticuerpos se les llama "auto-anticuerpos", los cuales reaccionan con los antígenos propios para formar complejos inmunes. Estos complejos inmunes se producen en el torrente sanguíneo y pueden causar inflamación, daño a los tejidos y dolor. En la mayoría de la gente el lupus es una enfermedad benigna que afecta sólo unos cuantos órganos. En otros, puede causar serios daños y aun producir problemas que pongan en peligro la vida. La enfermedad, en un alto porcentaje, se presenta con mayor frecuencia en africanos y mujeres. (Información tomada de: http://www.lupus.org. Última consulta: septiembre 30 de 2007).

[4] Chaparro Madiedo, Rafael. Opio en las nubes. Bogotá: Colcultura, 1992. (En este trabajo todas las citas sobre Opio son tomadas de la edición de Colcultura).