01/07/2012
21/04/2012
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Fotografía: El Tiempo
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23/09/2011
06/02/2011
Nota del doliente de este espacio
Elaboré Crónicas de Opio: testimonios sobre el escritor que quería ser gato para agradecerle a Rafael Chaparro Madiedo su Opio en las nubes. Ese libro me llenó la vida de delirio. Me dio también otras miradas, otros olores, otros sabores, un color diferente para el humo del cigarrillo. Lo único que quiero hacer con este blog es dar a conocer aspectos de la vida y de la obra de Rafael Chaparro. Aspectos que me fascinaron y que no quiero que pasen desapercibidos. Quiero compartirlos. Salud!!!
02/02/2011
Rock en la tumba de Chaparro
Una temporada en las nubes
A nosotros el manejo de toda la estructura de la novela nos atrajo formalmente, pero sobre todo la composición de los personajes. Cuando digo nosotros, hablo de mí en dos periodos tiempo: me gustó a mí cuando la leí y a mí cuando escribí la adaptación. También hablo de todos los actores y de su enamoramiento por los personajes que interpretaron. Recuerdo mucho cuando le presenté la obra al elenco. Les dije: léanse esto, porque esto tiene que verse y no solamente leerse.
23/09/2008
Una carrera contra el tiempo... Recuerdo del escritor que sabía que moriría joven
Nadie puede afirmar que Pink Tomate fuese su encarnación literaria, pero como el prodigio de la literatura permite que el lector especule y arme el rostro y la sicología de sus personajes de papel, a muchos nos ha dado por pensar en un gato con gafas redondas, que quería acabar con la existencia de todos los cigarrillos Pielroja, todos los chicles, todas las botas de gamuza, todas las nubes y todos los aromas. (…) Los no lectores, los facilistas, los lenguaraces, los críticos de borrachera, jamás entenderán que esta novela, más que para leer, se escribió para fumar.
Ignacio Ramírez.
“Nefelibata y Opio”.
Lecturas Dominicales, El Tiempo. Abril 11 de 1999.
El humo de los Pielroja que le salía por la boca era una extensión de sus palabras y les daba el acento y la fuerza necesarios para ser muy claro en todo lo que me contestó esa tarde. Varias cosas más advertí durante la entrevista que le hice a Rafael Chaparro Madiedo. Una de ellas: que él sabía perfectamente de la inminencia de su muerte. Otra: que era un tipo muy talentoso y con un amplio bagaje de lecturas. Y también que su timidez podría compararse con lo medrosos que son los gatos. Después de ese día no lo volví a ver jamás.
Ignacio Ramírez[1] entrevista a Chaparro
En octubre de 1992, cuando los jurados del Premio Nacional de Literatura de Colcultura dieron como ganadora la novela Opio en las nubes, de Chaparro, lo llamé y concerté una cita para entrevistarlo. Después de ese encuentro le dije que quería leerme la obra antes de hacer un perfil y él me prestó su manuscrito, cosa que muy pocos podemos contar.
Cuando llegué a su oficina en el diario
En el inicio de la entrevista fue muy difícil sacarle a Chaparro más de dos o tres palabras. Mi primera impresión fue que me encontraba ante un tipo muy tímido, que no hablaba más de lo necesario y que desconfiaba de mi presencia. Él era como uno de los personajes de su novela, como el medroso Pink Tomate. En todo caso, y por fortuna para mí, cada pregunta que le hacía actuaba como una especie de paliativo para combatir esa timidez abismal. Al final terminamos hablando de manera amena de muchas cosas, sobre todo de literatura, un campo en el que descubrí a un Rafael Chaparro muy joven y talentoso, que sentía una profunda admiración por los versos malditos de Baudelaire y Rimbaud y también conocía muy bien la obra de René Chart, Pavese y Céline. Había diversificado mucho sus lecturas para ser tan joven. Para entonces debía tener veintiocho años.
Una persona puede tener mucho talento, pero si no ha aprendido a leer y a escribir con disciplina, comete errores. Él ya tenía un oficio de escritor y me di cuenta de eso. Ya había leído mucho y también escrito mucho. De otra forma no hubiera podido concebir Opio en las nubes. Esa es la única manera en la que se consolida un escritor. En literatura no existe casi la precocidad, hay un poeta que es Rimbaud que a los dieciséis escribió Una temporada en el Infierno; o un novelista como Vargas Llosa que a los veinte años ya estaba escribiendo La ciudad y los perros. Eso fue lo que vi, que el tipo tenía ya formada una trastienda de conocimientos de buenos autores como Joyce, quien es evidente en Opio en las nubes por la experimentación con el lenguaje y un poco por el delirio. Chaparro escribió una locura y por su talento y sus influencias le salió algo con ritmo y coherencia. Yo no tengo la menor duda de que era muy talentoso.
La descripción
Recuerdo su aspecto: era un muchacho de gafas y mirada introvertida, pero al tiempo observadora, como si estuviera pendiente de todo detalle. Sus ojos eran oscuros, su pelo también. Usaba jeans desteñidos, camiseta de algodón por fuera y botas de gamuza con suela de goma, de esas que estuvieron muy a la moda entre los que somos de la generación de los sesenta. Me dijo que siempre las usaba como señal de su identidad. Parecía, en resumen, el típico estudiante universitario de la época, pero de los del tipo automarginado, en contravía con todo y sin intención de llamar la atención. Si uno no lo supiera, no podría adivinar que ese muchacho fuera uno de los libretistas del programa de televisión Zoociedad.
Chaparro era un hombre de excesiva timidez, hablaba muy bajito y estuvo evidentemente nervioso durante la entrevista. Entre tanta timidez y humo de cigarrillo se le notaba que estaba algo más que feliz por haberse ganado el premio de novela. También fumaba mucho. Recuerdo que durante nuestra charla se fumó por lo menos un paquete de Pielroja y en algunos momentos prendió, casi con angustia, el cigarrillo siguiente con la colilla todavía encendida del anterior. En algunos otros le daba vergüenza verse tan compulsivo y apagaba el cigarrillo con rabia y fuerza en el cenicero y sacaba un fósforo para encender otro. Así se la pasó toda la tarde. Hoy pienso que esa forma compulsiva de fumar se debía a la certeza de que pronto iba a morir. Ya incluso sabía que su muerte se llamaba lupus, una enfermedad bastante rara.
La certeza de la muerte y sus influjos literarios
Nadie ha comprendido que el tabaco es el mejor amigo del escritor en esas noches solitarias cuando uno está frente al computador y la pantalla está en blanco. El tabaco es una especie de mar extraño por donde navegan las ideas. Unas se van con el humo. Otras se quedan. Se escriben.
Rafael Chaparro Madiedo.
“Un poco triste, pero más feliz que los demás”.
Él me habló de su enfermedad y, por lo que dijo, y por lo que uno encuentra en su novela, era muy consciente de que ya lo estaba rondando la muerte, de que no había escapatoria. Se aferraba angustiosamente al cigarrillo de turno, como si éste le diera paz y le devolviera un poco de vida. Según él, lamentablemente estaba en una carrera contra el tiempo, y la novela, precisamente, mostraba buena parte de esa vertiginosidad impuesta por la circunstancia misteriosa por la cual iba a morir joven y no podría escribir más. Opio en las nubes revela esa condición, es una desaforada carrera para contarlo todo. Es decir, la noche se va a acabar y lo que realmente vale la pena es la noche, entonces hay que salir corriendo antes de que termine, hay que escribir un libro antes de que termine.
Yo creo que él pretendía que Opio en las nubes fuera como una especie de testamento literario. El libro es toda la zaga entre la vida y la muerte, en la noche, con la presencia palpitante de Bogotá. También están las grandes ciudades como Nueva York de noche. Y es que hasta ese momento la ciudad, dentro de nuestra literatura, no había sido contada de esa manera. Sobre la noche se ha escrito desde los inicios de la literatura, pero así con tanto afán, con tanta carrera y delirio, con tanta certeza de que eso va a terminar, nadie lo había hecho.
Lo que vino después
Finalizada la entrevista, por la noche leí la novela y me gustó muchísimo. Desde el momento en que leí la primera línea fui atrapado por su novedoso estilo. Luego devoré cada página sin pausas hasta la madrugada. Para siempre quedé con la sensación de que Opio en las nubes fue escrita con tinta de humo de cigarrillo, más apta para los lectores fumadores, y con el sonido y la presencia permanentes de una ambulancia.
En la mañana me fui feliz a compartirla con un grupo de escritores de otras generaciones y esta gente le hizo el feo. Ninguno la aprobó y la compararon con Que viva la música, de Andrés Caicedo. Y aunque sin duda hay una cadena de novelas musicales en la historia de la literatura colombiana, dentro de esas la de Caicedo, al lado de novelas como la de Magil[3] (Conciertos del desconcierto), la de Rafael Chaparro no se centra en lo musical sino en la ciudad. Estos escritores le hicieron el feo a Opio en las nubes porque era de un muchacho. Eso es cierto, porque cuando la novela llegó a manos de los jóvenes pasó todo lo contrario: sintieron que ahí había otra cosa, se identificaron con ella y se dieron cuenta de que estaba inaugurando una enorme cantidad de ámbitos no tratados en la literatura nacional.
Su lenguaje es muy vertiginoso, bien utilizado, inteligente, que absorbe, que deja que uno participe en él, que hace que uno no suelte la novela y por eso me dio tanta tristeza y sentí tanto vacío cuando los escritores, ufanos de ser muy importantes, rechazaron la obra sin argumentos objetivos. Pienso que sin que sea una obra maestra, Opio en las nubes partió en dos una buena parte de nuestra literatura.
Luego surgió una serie de gente muy brillante, joven por supuesto, que asumió que no había que comerle carreta a los críticos que desbarataban la novela y que hoy en día la miran todavía por encima de los hombros, porque no la han leído o porque no saben leer ese tipo de cosas. Entonces, empiezan a publicarse en diversos medios todo tipo de textos y ensayos sobre Opio, en los que personas como Luz Mary Giraldo, Álvaro Pineda Botero, Mario Jursich Durán, María Alejandra Jaramillo y otros, argumentaron virtudes de la novela. El hecho de que Fabio Rubiano la haya montado al teatro y que creara una afortunada versión, es muy diciente. Porque Fabio es un buen director de teatro y porque, para mí, Opio en las nubes es lo mejor que ha montado dentro de su experimentación. Otro grupo bogotano, Jóvenes Libres, también la montó y la llevó a Chile con éxito. Este tipo de cosas le da validez al fallo de los jurados y ayuda a ratificar la importancia de la novela.
Entre líneas
Era la época de Pablo Escobar y de otros narcotraficantes duros que movían mucho dinero y hacían estallar bombas, como la del centro comercial de la 93. Época tan crítica como han sido todas y que estuvo marcada por un enorme desconcierto. Los capos con su dinero inundaban todas las esferas. Recuerdo que sucedió un fenómeno muy grave con las artes plásticas, pues alguien les dijo a estos señores que tener obras de arte era un buen negocio, una magnífica inversión. Escobar, por ejemplo, llegó a tener hasta un Picasso. Eso encareció hasta el más insignificante cuadrito, y lo mismo ocurrió con todo.
También surgieron unas ‘subliteraturas’ mediante las cuales se hacían desmesurados elogios a estos personajes y que por fortuna nunca fueron hechas por un escritor profesional. Ahí sólo intervinieron periodistas oportunistas sin vocación literaria, que escribieron biografías de Pablo Escobar, Rodríguez Gacha y otros más.
Todo ese tipo de cosas tiene que asumirlas un escritor como Rafael Chaparro Madiedo, que aparte trabajaba como periodista. Me atrevo a decir que esta época lo marcó como nos marcó a muchos. Sin embargo, sé que él no estaba inmerso en ese mundo porque tuvo la fortuna de ser cronista en el diario
El recuerdo
Rafael Chaparro Madiedo murió de 31 años en la noche del 17 de abril
La gente me miraba con esos ojos que decían, pobre chico, tan joven, tan sano, tan blanco y yo les dije tranquila gente, no soy tan sano, ni tan limpio, ni tan creyente, no me lavo todas las mañanas los dientes como ustedes, no leo tantos libros, no hago deporte, ni rindo tanto en el trabajo como ustedes, tranquila gente.
Siempre había querido una muerte así, con violencia, con whisky en la mitad de los sesos, una muerte nocturna y en una ambulancia con una enfermera que me dijera que pasáramos la noche juntos.
Cerré los ojos y de pronto me sentí como un árbol atravesado por cuchillos blancos[4]. (p. 16).
[1] Ignacio Ramírez fue escritor y periodista. Trabajó para el periódico El Tiempo en la década de 1990 y también para la revista Credencial. Durante mucho tiempo, hasta que su salud se lo permitío, mantuvo la publicación por internet sobre periodismo, literatura y cultura denominada Cronopios, cuya dirección es http://cronopiosdiariovirtual.blogspot.com/. Esta entrevista fue hecha en noviembre de 2006. Ignacio murió el 20 de diciembre de 2007.
[2] “Literalúdica” fue una de las secciones del suplemento Lecturas Dominicales de ese impreso. Allí Ignacio Ramírez también publicó el texto “Nefelibata y opio”, en el cual resaltó el lanzamiento de la segunda edición de Opio en las nubes (la primera de Proyecto Editorial) que venía con un prólogo de Fabio Rubiano, quien en 1995 había adaptado Opio al teatro. En ese artículo también se menciona la postulación de la novela en 1993 al premio Rómulo Gallegos, “la más alta distinción literaria entre los latinoamericanos” según Ramírez.
[3] Manuel Giraldo, más conocido como "Magil", en 1981 ganó el premio nacional de novela Plaza y Janés con Conciertos del desconcierto. El Instituto Tolimense de Cultura publicó en 1982 su libro de cuentos Más de noche y otras apariciones, que reeditó la editorial Oveja Negra. También es el autor de la novela Iluminados de 1994.
[4] Ramírez, Ignacio. “Chaparro: Un socio para el Club de los Muertos”. En: Credencial. Bogotá, junio de 1995. p
En Niza, la familia Chaparro
Ya nada es como antes en la 123. (…) Antes todo era como antes. Por ejemplo la señora Aminta ya no sale tanto a Carulla porque tiene que ir al Conservatorio a llevar al Pajarraco a clase de Lapidus. El cuento de siempre. Que el niño se llevó la camioneta para la universidad y que ahora en qué me voy. Apúrele Ángela. ¿Ya se tomó la leche?
Rafael Chaparro Madiedo.
“Ya nada es igual en la
Lo que yo tengo que decir sobre Rafael no difiere mucho de lo que diría cualquier padre sobre uno de sus hijos por lo que está lleno de afecto. Puede que para las personas ajenas sea algo de poco valor, que carece de interés, pero para mí es todo lo contrario.
La familia
Todo comienza cuando terminé ingeniería eléctrica en
Primero vivimos en otro barrio y desde 1968 estamos aquí en Niza. Cuando eso yo estaba trabajando con la empresa Ingetec, firma que se dedica a obras de ingeniería de consulta y ha desarrollado muchas obras públicas en el país, como carreteras, puentes, túneles, centrales hidroeléctricas, viviendas, etcétera. Hoy por hoy es una de las empresas más grandes de ingeniería en Colombia.
Para esa época Bogotá ya daba muestras de su crecimiento y desarrollo. Ya existían los barrios tradicionales como Chapinero y Teusaquillo, desde los cuales empezó la verdadera expansión de la ciudad hacia el norte. Cuando las casas de Niza se construyeron, casi todo por aquí era potrero, el tráfico era muy sosegado y era bastante común ver por todas partes los famosos ‘carromulas’. En general se veían pocos automóviles y buses que transitaban por una vía de acceso pequeña que luego se convirtió en la avenida Suba, la misma por la que hoy transita el Transmilenio.
En esta casa hemos vivido casi siempre y aquí también nacieron el resto de mis hijos. La familia completa la componíamos Aminta y yo, Rafael Chaparro Beltrán, y mis hijos Rafael, Sergio Luis, las gemelas Isabel y Liliana, Silvia Patricia, Carlos Alberto y Ángela María. Digo que la componíamos por lo de Rafael y porque hace poco también murió mi esposa. Una verdadera lástima, pues ella le hubiera contado muchas más cosas que yo.
La infancia
El nuevo centro comercial ‘Bulevar Niza’ está construido en lo que antes era un potrero donde los niños del barrio elevaban sus cometas y acometían largas jornadas de safaris acuáticos en busca de ranas y sapos. Ahora sólo se ven sapos de reeebok y sapas con minifalda. Las largas tardes de frío se cambiaron por pasillos iluminados por el neón. De la rana a la hamburguesa. De la cometa a la última moda de los jeans oxidados. (…) El ‘Bulevar Niza’ logró atrapar a
Rafael Chaparro Madiedo.
“Adiós a las ranas”.
Rafael ingresó al colegio Helvetia, institución fundada por suizos que queda muy cerca de aquí, y mientras fue un niño Aminta lo llevó y lo recogió a pie todos los días. Desde entonces empezó a demostrar una fuerte y temprana inclinación por la escritura, la lectura, y por las artes escénicas, participando en obras de teatro y en grupos de literatura, en los que su madre siempre fue su cómplice y pieza importante porque al ser ella docente manejaba muy bien el lenguaje y lo instaba siempre a la lectura y a la buena escritura. También le gustó mucho jugar básquetbol y en algún momento el equipo del Helvetia ganó un torneo intercolegiado y se fue a competir a unos juegos en San Andrés Islas. Recuerdo también que en este colegio tuvo problemas en el cuarto grado y lo repitió. De todas maneras fue siempre un estudiante aplicado y sólo sobresalió en materias relacionadas con sus gustos.
En la casa siempre fue muy obediente y se ciñó a las reglas del hogar y así lo hizo siempre. Aunque su modo de ser nunca fue el de alguien malgeniado tenía algo de terco, pero siempre fue una persona muy amable. Con su mamá era muy especial, igual que con sus hermanos y hermanas aunque era muy callado, especialmente cuando hacíamos reuniones familiares. Mientras todo el mundo hablaba él se quedaba mirando y no abría la boca para nada a no ser que alguien le preguntara algo. Hasta en eso se comportaba como un escritor que se la pasa todo el tiempo observando y dándose cuenta de detalles que la gente del común no ve. Usted sabe que todo buen escritor le mide el pulso a su alrededor desde la constante observación. Pero su silencio era normal, cuando tenía que decir algo lo decía y cuando se tenía que enojar se enojaba. Algo del carácter santandereano había en él.
Hablar de la infancia de Rafael es hablar de una cuadra llena de pelados de la misma edad que vivían por todos lados jugando y que cuando no tenían la calle llena de rampas para sus bicicletas o monopatines, la inundaban con sus partidos de fútbol eternos. Desde entonces viene la imaginación de escritor de mi hijo y alguna vez me pidió que le comprara un par de botas de caucho para irse de expedición con sus amiguitos a un lote fangoso, donde hoy queda el Bulevar Niza, en busca de
Más o menos así transcurrió la infancia de Rafael y cuando no estaba jugando o estudiando estaba leyendo, viendo Tarzán los sábados a las diez de la mañana, por el Canal Uno, o ideando algún proyecto para realizar con sus amigos, a los cuales también les tenía apodos como ‘Taofo’, ‘Cabezón, ‘El Tigre’ y ‘Farolo’.
El periodismo
Del Helvetia Rafael pasó a la Universidad de los Andes, donde estudió filosofía y letras hasta finales de 1987. Luego se fue para Momtpellier a hacer unos estudios relacionados con su profesión y regresó para trabajar en un periódico de la familia Pastrana llamado
Antes de eso, en marzo de 1987, Rafael funda con unos compañeros de
En la misma universidad mi hijo entabló amistad con Jorge Mario Eastman, cuyo padre homónimo fue el dueño, junto con Carlos Lemos Simmonds, de la desaparecida revista Consigna. Una publicación quincenal a la que él pudo entrar como redactor cultural y luego como columnista de una sección llamada “¡Luz, más luz!”. En esa revista permaneció hasta marzo de 1990.
Su paso por Los Andes le sirvió de mucho porque, además, una de sus compañeras, cuyos padres eran los dueños de una programadora llamada Cinevisión, lo invitó a trabajar con ella en televisión en un proyecto llamado Zoociedad, del cual Rafael fue libretista y trabajó con Jaime Garzón. Mientras empezó este programa él siguió colaborando con
La pintura
Aquí se conservan muchas cosas de él. Hay fotografías, un álbum de recortes de prensa que hizo Aminta con muchos de sus artículos y con otros tantos que salieron cuando Rafael se ganó el Premio Nacional de Novela y también cuando Fabio Rubiano adaptó Opio a las nubes al teatro. Hay varios textos inéditos, entre ellos una novela llamada El Pájaro Speed y su banda de corazones maleantes y un libro con cuentos. Otros tantos de esos escritos se perdieron en su computador que años atrás se regaló.
En el que fue su estudio, donde todos los días se quedaba trabajando hasta altas horas de la noche, están muchos de sus libros. Algunos todavía tienen sus anotaciones. También está su equipo de sonido con grandes bocinas, y como una de sus grandes aficiones fue la música, coleccionó bastantes discos, sobre todo de rock. Muchos de sus amigos quisieron llevarse un recuerdo de él después de su muerte y varios vinieron y se llevaron uno que otro de sus discos, por lo que ya quedan pocos.
Su gran fascinación fue un Renault 4 de color beige que yo le vendí. Y eso que él siempre dijo, hasta que tuvo ese carro, que nunca compraría uno porque se mataría sacándole la máxima velocidad todo el tiempo. Igual, como siempre fue muy diligente en su mantenimiento venía todo el tiempo con historias de que había rebasado carros último modelo. Por ese carro se interesó otro de sus amigos, alguien que no logro recordar, y yo se lo vendí.
Pero lo más vistoso en esta casa y que nos quedó de Rafael son sus cuadros. Una de las cosas que me faltó por decir es que él siempre llenaba sus cuadernos de estudio o sus libretas de apuntes de garabatos y toda clase de dibujos, con lo que desarrolló un estilo propio y cierta destreza en los trazos.
Entonces él, antes de estudiar filosofía, quiso estudiar arte en
El principio del fin
No todo en la vida de las personas es bueno o está lleno de cosas positivas. Desafortunadamente a mi hijo le diagnosticaron a los veinte años una enfermedad muy extraña llamada lupus[3]. Por tal razón le tocó empezar a tratarse con muchos medicamentos y sufrió varias crisis de salud. Además, ese mal se le focalizó en los riñones, los cuales con frecuencia hacían que su cara cambiara de color o se hinchara un poco. En todo caso nunca se desanimó, nunca se le vio triste y mucho menos se le escuchó un solo quejido. Así, entre tratamiento y chequeos médicos, logró vivir poco más de diez años sin problemas, hasta que en un terrible mediodía de febrero de 1995, mientras se dirigía con sus compañeros de trabajo para la oficina, un conductor imprudente en su ‘Volkswagen’ lo atropelló en el cruce de la avenida 19 con Quinta. Ese fue el principio del fin de mi hijo, el talón de Aquiles que el lupus encontró para llevárselo. En ese suceso se hirió una rodilla y una pierna y en un hospital, desconociendo su condición de enfermo de lupus, le aplicaron unos antibióticos que le afectaron directamente los riñones, lo que hizo que su estado se agravara y pasara los dos últimos meses de su vida muy enfermo. Finalmente, en la madrugada del martes 18 de abril, murió en
En el tiempo en que estuvo así nunca dejó de escribir y su mamá o su novia le llevaron sus artículos y sus libretos al trabajo. En la casa pasó muchas dificultades, pero nunca nos imaginamos que se iba morir. Es más, el último día que pasamos juntos yo lo llevé a dar una vuela al parque del barrio y él no fue capaz de regresar por sí solo y me tocó traerlo alzado. Eso fue el Domingo de Resurrección de
Había llegado del colegio y no comprendía muy bien por qué los ángulos de los triángulos sumaban entre sí 180 grados no entendía nada de nada ni en las mañanas ni en las noches era una tarde de lluvia tenía la cabeza al revés junto a Bayer y a Leonid los dos otros mocosos con los que andaba nos pusimos a construir la casa de madera en el árbol (…) una puntilla aquí otra puntilla allá más allá jueputa me machuqué el dedo una cura Bayer échese babas muchas babas diga sana que sana culito de rana o más bien sana que sana culito de vieja sino mamarás hoy mamarás mañana dilo Sven... [4]
Rafael Chaparro Madiedo
(Opio en las nubes)
[1] Rafael Chaparro Beltrán se refiere a textos como: “Adiós a las ranas”; “Ya nada es igual en la
[2] El artículo al que se refiere Rafael Chaparro Beltrán fue publicado en el segundo número de Hojalata, en mayo de 1987, y fue escrito por Patricia Ruan.
[3] El lupus es una enfermedad inflamatoria crónica que puede afectar varias partes del cuerpo, especialmente la piel, articulaciones, sangre y riñones. El sistema inmunológico del cuerpo normalmente produce proteínas llamadas anticuerpos para proteger al organismo en contra de virus, bacterias y otras substancias extrañas. Estas substancias extrañas se llaman antígenos. En una enfermedad autoinmune como lo es el lupus, el sistema inmunológico pierde su habilidad para notar la diferencia entre las partículas extrañas (antígenos) y sus propias células o tejidos. El sistema inmunológico en estas circunstancias produce anticuerpos en contra de "sí mismo". A estos anticuerpos se les llama "auto-anticuerpos", los cuales reaccionan con los antígenos propios para formar complejos inmunes. Estos complejos inmunes se producen en el torrente sanguíneo y pueden causar inflamación, daño a los tejidos y dolor. En la mayoría de la gente el lupus es una enfermedad benigna que afecta sólo unos cuantos órganos. En otros, puede causar serios daños y aun producir problemas que pongan en peligro la vida. La enfermedad, en un alto porcentaje, se presenta con mayor frecuencia en africanos y mujeres. (Información tomada de: http://www.lupus.org. Última consulta: septiembre 30 de 2007).
[4] Chaparro Madiedo, Rafael. Opio en las nubes. Bogotá: Colcultura, 1992. (En este trabajo todas las citas sobre Opio son tomadas de la edición de Colcultura).

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