2 feb. 2011

Rock en la tumba de Chaparro


Amarilla no sé qué voy a hacer estoy verde y no me dejan salir no puedo llorar no puedo salir.
Rafael Chaparro Madiedo.
Opio en las nubes.

Discreta y casi imperceptible, como el reflejo de la personalidad que algún día tuvieron los restos que la habitan, es la tumba de Rafael Chaparro Madiedo, un tipo que siempre fue sepulcralmente callado y demasiado tímido. Un tipo que prefería esconderse detrás del humo de los cigarrillos, en la neblina bogotana, en las tinieblas de los cines, en la luz tenue de los bares de rock y detrás de las pantallas de los computadores en los que escribió. Por eso tal vez no fue a oír el fallo que decía que su novela había ganado un premio que terminaría por insertarlo en las letras del país y casi no se le vio en cocteles de farándula. Otros se ganaron el pantallazo o salieron en la fotografía de la sección social. Él simplemente adoptó el bajo perfil.
El 11 de febrero de 1994, luego de hacer un viaje de estudios a París, Rafael Chaparro publica en el diario La Prensa una crónica titulada “Jim no ha muerto, lo que pasa es que huele raro”. En ella narra su visita a la tumba del vocalista de la agrupación The Doors, Jim Morrison, que se encuentra en la división sexta del popular cementerio Père-Lachaise, donde además, entre las de muchas personalidades de la historia, están las tumbas de Honoré de Balzac, Frédéric Chopin, Molière, Gérard de Nerval, Marcel Proust y Oscar Wilde. Su conclusión es bastante clara: “Solamente en una tumba hay flores, whisky y cigarrillos para toda la eternidad”[1]. Se refería, por supuesto, a la de Morrison. Una tumba que se ha convertido en la cuarta atracción turística más visitada de Francia después del museo del Louvre, la Torre Eiffel y el Arco del Triunfo. Una tumba sin reposo que en nada se parece a la de Chaparro y de la cual los administradores del campo santo francés se quieren deshacer, porque los miles de visitantes que anualmente atrae, desde todas partes del planeta, interrumpen la paz eterna de sus inertes inquilinos.
La actual lápida de la tumba del escritor de Opio en las nubes no es la original. Esa se la robaron y quién sabe quién. La de antes tenía una cita bíblica como epitafio: “Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”, una frase sugerida por su familia. La lápida de ahora es un rectángulo de mármol que sólo exhibe grabados el nombre del difunto y las fechas que delimitan su existencia. El papá de Rafael Chaparro, don Rafael Chaparro Beltrán, hace más de dos años no visita este lugar y la última vez que lo hizo vio que habían estado intentando quitar la antigua lápida. Por eso se cree que se la robaron y no que la deterioraron el tiempo y la intemperie.
Al igual que la de Gary Gilmour[2], personaje de Opio, la tumba de Rafael está junto a un urapán y muestra cómo las líneas de la literatura se cruzan de una manera coincidencialmente hermosa con las de la realidad. En este caso las probabilidades del evento aumentan, puesto que la Bogotá de Chaparro, la real, está llena de urapanes, igual que la ciudad de su novela. Otra cosa más comparten o compartieron Gary y Chaparro: una sentencia. El personaje de ficción vivió sus últimos días en la cárcel sabiendo que pronto iba a morir en la silla eléctrica. Todo, por haber matado con una pelota de béisbol a una hermosa rubia de la cual no sabía su nombre, pero que tenía cara de llamarse Porfiria. A Rafael los médicos lo sentenciaron a muerte desde los veinte años, cuando le descubrieron el lupus y le dijeron que le quedaban sólo seis meses de vida. Esos seis meses se convirtieron en once años de desafío a la enfermedad, en los que si bien siguió al pie de la letra su tratamiento no dejó de sortear su situación adversa con sus ganas de vivir y con su manera rebelde de fumar. Podría decirse que fumó hasta el último día, en la habitación de la clínica donde murió en la madrugada del 18 de abril de 1995.
El urapán de Chaparro y la tumba están en el costado suroccidental de la circunvalar del cementerio Jardines de la Inmaculada, al pie de una placa que indica el nombre del sector donde está el lote: Nuestra Señora del Carmen. En la base de datos del cementerio el lote asignado a Chaparro se ubica en el pabellón Sagrada Familia, Especial A2. El lote es el 840 y alguien que no comprenda y conozca la nomenclatura del campo santo tendrá dificultad para encontrarlo.
Cuestión de corazón
Opio en las nubes se ha convertido en una novela de culto, o por lo menos eso queremos creer algunos. Basta con mirar los esfuerzos de muchos de sus lectores por trasmitirla o con buscarla en una biblioteca para prestarla y ver que no está disponible, o que está en restauración por mucha circulación, para darse cuenta de que algo de eso es cierto. Para Ricardo Abdahlla, quien escribió una adaptación para cine de Opio, la novela representa un punto muy importante en el desarrollo de la narrativa colombiana: “No quiero disecar algo que para mí es más bien una cuestión de corazón. En todo caso creo que podría ser una “novela de culto”, pues ha circulado mucho y es muy conocida a pesar de que nunca fue editada por grandes casas editoriales. Hay un montón, por ejemplo, de “Pinktomates”, “Svens” y “Amarillas” en Hotmail y Myspace y expresiones como “qué vaina tan jodida” se han hecho populares. No sé si sea una novela generacional, pero es la novela de un cierto grupo que la conoció en el colegio y curiosamente hasta ahora está llegando a la edad de los personajes del libro”.
Lo de Abdahlla representa una manera de difundir la novela, un refuerzo que va más allá de la simple referencia. Otras personas están en esa línea, como el cuentero José Ricardo Alzate y su montaje escénico Avenida Blanchott, una pieza que también nació por una cuestión de corazón: “La verdad, fue un experimento y sólo lo hice porque cuando leí el libro quedé con cierta incomodidad o inquietud que me sugirió, en su momento, que me decía que debía hacer algo más con los textos de Opio. El libro lo conocí en Bucaramanga, allí lo leí por primera vez en 1997 y había visto ya a dos cuenteros “tratando” de contar esos textos sin lograr mucha conexión con el público. Aprovechando el anonimato en que estaba la obra de Chaparro en Medellín, opté por hacer el montaje y de paso desintoxicarme del libro. Y cuando lo estrené, nadie, ni siquiera yo, daba un peso por ese trabajo. Sólo lo hice por terquedad, por amor y por gusto. Afortunadamente tuve mucho éxito y la gente que iba a ver la obra empezó a buscar el libro y más textos de Chaparro”.
Este mismo texto es una cuestión de corazón, pero a la vez es un agradecimiento para un libro que brinda otra manera de ver el mundo a través de una escritura vertiginosa desprovista de una puntuación formal y de la composición de frases con un sentido literal y no literal bastante original como: “los días olían a diesel con durazno”; “el sol era una naranja borracha en medio del jugo agrio de los días”; “parece como si estuviera en la mitad de una pistola ardiente, recién disparada. La noche huele a pólvora, a dinamita con flores y alcohol”; “pedí una cerveza y te vi allí desde la barra y me pareció que olías un poco a opio, un poco a cerveza, un poco a paloma, un poco a boys don´t cry, un poco a mañana de miércoles y no parabas de mover tus muslos, tus ojos, tal vez mirabas hacia arriba, hacia esas luces que olían a tomate, tal vez buscabas a Dios en la mitad de aquellas luces amarillas y rojas que daban vueltas encima de tu cabeza, de tus sueños de manzanas podridas”.
Cada loco con su cuento, como dicen por ahí. Chaparro tuvo el suyo y lo mejor es que cautivó a muchos con su única novela. Y esos cautivos han sentido un deseo irreprimible de transmitir ese cuento. A eso, en definitiva, es a lo que puede llamársele como cuestión de corazón. Pero también a la visita de su tumba en las afueras de Bogotá, para percatarse de que Chaparro no está muerto aunque de seguro apeste un poco.
La visita
Para ir a Jardines de la Inmaculada, utilizando transporte público, la ruta más fácil y rápida consiste en subir al Transmilenio hasta el Portal de la 80 y luego tomar uno de los buses alimentadores que van hacia el final de la autopista norte, donde la sabana se torna mucho más monótona por el color uniforme del prado. En el sector hay otros dos cementerios y el de La Inmaculada es el más escondido de los tres porque su acceso no queda sobre la autopista. Lo mejor es pedirle al conductor del alimentador que pare al pie del sendero que conduce hasta su entrada.
Al ir allí llevé los últimos tres cigarrillos de una cajetilla de Boston. Me senté junto a la tumba y encendí el primero. También encendí mi reproductor de mp3 y les puse bastante volumen a los audífonos. Con la mente inicié una especie de ejercicio con el que quise conseguir que lo que queda de Rafael Chaparro en el universo, si algo existe, escuchara la música que tenía. Las delgadas volutas azul-grisáceas del humo de los cigarrillos pudieron haber servido como los cables de una interconexión cósmica o interdimensional. Algo por demás absurdo.
No sonaron las canciones que aparecen en Opio en las nubes, ni mucho menos el trip trip trip de Pink Tomate y que Rafael sacó de la canción 10:15 Saturday Night de The Cure. Opio es una novela que tiene las pulsaciones del rock y la vida de Rafael fue la de un roquero tímido que se pareció a Charly García. Charly ha tocado siempre el piano como un animal y Rafael escribió de la misma forma con su teclado; dejó una novela premiada y publicada, otra inédita, un libro inédito de cuentos y más de trecientos artículos en prensa. Otra cosa sería pensar en cantidades si él estuviera vivo. Algo que delata su amor por la escritura es que produjo textos casi hasta el día de su muerte. Lo último, según su padre, fueron libretos para televisión que redactó tal vez para La brújula mágica o para Quack.
La primera canción de la ceremonia, si así se le puede llamar a la extraña práctica, fue Cold Contagious de la banda inglesa Bush. Luego siguieron The Day I Try to Life de Soundgarden; Pubis angelical de Charly García; For Ever Young de Alpha Bill; Shine on You Crazy Diamond de Pink Floyd, pero la versión acústica y en vivo de David Gilmour; All Along the Whachtower de Bob Dylan, pero la versión de Jimi Hendrix; y por último Hold on de John Lennon. Temas que no estaban por alguna razón en el reproductor. Son canciones que hacen parte del gusto personal y que suelo escoger a la hora de aprovisionarme de buen rock para cuando estoy de viaje. La intención fue escuchar más música, pero ya comenzaba a hacerse tarde. El cementerio queda bastante retirado de todo en Bogotá.
Fui allí para tomar una foto de recuerdo. Luego se me ocurrió escribir esta crónica. El humo de los tres cigarrillos, los cuales consumí de manera lenta y sin aspavientos, uno tras otro, acompañados de una Cocacola y la música, fueron mis ofrendas de la visita. A los muertos normalmente se les desea paz en su tumba. A diferencia de lo que por convención o tradición es considerado normal, invoqué rock en la tumba de Chaparro.

[1] Chaparro Madiedo, Rafael. “Jim no ha muerto, lo que pasa es que huele raro”. En: La Prensa. Febrero 11 de 1994, Bogotá. p. 26.
[2] En la literatura existe otro Gary Gilmour y pertenece a La canción del verdugo, de Norman Mailer. El personaje gringo fue primero que el colombiano.


10 comentarios:

Alejo dijo...

No se ve.

piquito902 dijo...

Tengo que decir que no soy persona de blogs en general... hay mucha gente que escribe mucho pero realmente no dice nada. Sin embargo este blog me encanta. Empezando por que me fascina Chaparro Madiedo y su amarilla y su pinktomate y todos los baños y bares y espejos que sirven de puentes entre el mundo de vivos y muertos; pero no solo es eso. Me encanta este blog por que expresa de manera elocuente y detallada los diferentes, y al parecer miles, de angulos desde los cuales se puede apreciar esta obra de humo azul. Me encanta conocer las facetas, tanto del autor como de la historia, y cautivarme cada vez más con lo que encuentro. Gracias de verdad por producir un espacio tan informativo y agradable a todos aquellos que no hemos podido sacarnos de la cabeza esta historia escrita con sangre mezclada con vodka y un mar sucio en medio de las montañas bogotanas.

Saludos.

Juliana

Alejo dijo...

Hola, Juliana.
Mil gracias por el comentario.
Como voz, yo tampoco he podido sacarme de la cabeza esa "historia escrita con sangre mezclada con vodka y un mar sucio en medio de las montañas bogotanas".

Un abrazo.

att: agocho49@gmail.com

carlos rodriguez dijo...

Gracías por este texto, saludos desde College Station -Texas, estoy leyendo opio, y creo que este autor hizo algo con el lenguaje, que merece ser estudiado en profundidad, porque este texto es más que una novela, hay algo que va mas allá, y este más allá es el lenguaje,cuando digo estudiar, me refiero que utiliza recursos de una manera insólita, y bellamente, trituradoramente, sientes que te estalla un bomba al frente tuyo, que te rompe por dentro esa bomba, y que no quieres vivir, sino ser cercenado por el lenguaje...esto me cautiva!!! saludos!! ¿Cómo se accede a sus cuentos y textos? quiero leer más, gracías

alexandra dijo...

Viejo, sus palabras alimentan la vida de -Chaparro querido-. Gracias por hacer su olor menos muerto, con más whisky, más lluvia y más teticas.

Felipe Paz dijo...

Hermano, Le agradezco por regalarle a chaparro unos minutos de vida en nosotros, los amantes de su lectura, de sus cuentos delirantes, de sus historias en medio de las noches Bogotanas. La literatura es una manera de viajar, de transportarse a tiempos y lugares pasados, soñados e irrealmente reales y leer sus crónicas y artículos desde un País tan alejado como en el que me encuentro (Australia) me permiten de nuevo recordar esas mañanitas heladas, oliendo a destinos que solo Bogotá guarda.

Buena esa.

Felipe Paz

my little world dijo...

Es la primer vez que leo toda una entrada de un blog con tanta cercanía , te felicito y acompaño .
Visita que tenia planeada y ahora sera realidad.Anote todo en un papelito .
Espero poder contrate como me fue .

Abrazo Grande .

Influencia dijo...

Eyyy... Say no more. Comparar a Charly con Chaparro... (¡que bueno!)

Simón Rodríguez Tabarquino dijo...

Vivo en Pereira y voy para Bogotá el sábado, me podría decir en qué cementerio se encuentra la tumba del escritor por favor. Gracias.

PalabrasJoya dijo...

El urapán de Chaparro y la tumba están en el costado suroccidental de la circunvalar del cementerio Jardines de la Inmaculada, al pie de una placa que indica el nombre del sector donde está el lote: Nuestra Señora del Carmen. En la base de datos del cementerio el lote asignado a Chaparro se ubica en el pabellón Sagrada Familia, Especial A2. El lote es el 840 y alguien que no comprenda y conozca la nomenclatura del campo santo tendrá dificultad para encontrarlo.