23 sept. 2008

‘El man de Los Andes’

Manuel Hernández dictando clase en Los Andes. Fotografía: La Prensa.

Mick Jagger almorzó con el obispo anglicano y de nuevo se montó en su helicóptero, se fue para las nubes y siguió diciendo ‘out of my cloud’, fuera de mi nube. Señor Jagger, gracias a usted repetí cuarto de primaria, gracias a usted supe que la vida sabe a cero en matemáticas, gracias a usted supe que había otras cosas más allá de Bogotá, Colombia, Suramérica, gracias a usted la cerveza y el whisky me saben diferente, gracias a usted supe que estábamos de algún modo en la misma nube de opio.

Rafael Chaparro.

“En la misma nube de Jagger”.

La Prensa. Noviembre 8 de 1992.

Es increíble cómo una mala noticia se expande como si fuera un ente con voluntad propia para hacerse saber. A mí nadie me llamó a avisarme que Rafael Chaparro se había muerto y hasta una función de cine me persiguió esa mala noticia. Como pasa con esta clase de anuncios uno se queda mudo y mientras balbucea cualquier cosa por la boca, se sobreviene en la mente una secuencia muy rápida de recuerdos relacionados con la persona que acaba de morir. De algunos de ellos le hablaré a continuación.

‘El man de Los Andes’

Ese soy yo, Manuel Hernández[1], y así me puso Rafael Chaparro cuando un buen día mandó alguno de sus compañeros de La Prensa para que cubriera una de mis clases en la Universidad de los Andes. El resultado fue un artículo titulado El man de Los Andes en el que yo aparezco con un poco más de pelo y con la barba no tan blanca.

Ese apodo proviene de alguien que antes de ser mi amigo llamó mi atención por su sensibilidad con el lenguaje, su experimentación con las palabras y su modo irónico de ver la vida. El apodo no es otra cosa que un juego gracioso con el sonido de las palabras que conforman mi nombre y las de la universidad donde yo he dictado desde hace años un curso de literatura: MAN-uel Hern-ANDEZ + Universidad de los Andes = Man de los Andes. Otro de esos geniales juegos consistía en decir que su vida estaba regida por tres letras que conforman el prefijo UNI, pero de eso le hablaré más adelante.

De Niza a Los Andes, de UNI en UNI

Yo no me acuerdo de cómo conocí a Rafael. En un momento dado ya estábamos metidos en una buena amistad sin que haya tenido una marca de inicio. No se puede ubicar una fecha concreta porque son años muy importantes en la historia de Colombia y de Bogotá. Hay una cantidad de hechos históricos que son fundamentales para poder comprender este proceso y uno de los más importantes es el problema del transporte, un tema que ha sido siempre una locura, como en muchas partes de lo que antes se llamaba el Tercer Mundo.

El transporte es el reto para comprender la ubicación de la Universidad de los Andes, una institución privada fundada seis meses después del 9 de abril con la elite conectada con los Estados Unidos y que con su nacimiento contradice el sentido de expansión de la ciudad hacia el norte. Entonces como el público de la Universidad es la elite y la elite ya vive en el norte, no hay medios de acceso ni suficientes automóviles para entonces, situación que persistió hasta bien entrados los años de la década de 1980, en la que los jóvenes de la época de Chaparro se vieron obligados a movilizarse en bus o en buseta. Más o menos en esa época surge la línea ejecutiva que va de Unicentro a Uniandes y en esos días aparece un muchacho muy feo, de gafas y que tenía carita rojita de sapito. Ese muchacho comienza a mamar gallo con el prefijo Uni: UNI-centro, UNI-ruta, UNI-andes. Obviamente se trataba de un muchacho con una fuerte sensibilidad con el lenguaje y que desde entonces empezaba a descubrir la contracción de las palabras que se daba por los procesos de movilización urbana.

Por tal yo encontré a ese muchacho inteligentísimo y muy mal vestido. Tenía siempre un par de tenis raídos, unos pantalones con muchos rotos y una chaquetita miserable, además de una idea de la vida completamente irónica.

Sus padres habían hecho su hogar en un barrio muy importante que se llama Niza, un complejo residencial construido por el desaparecido Banco Central Hipotecario y diseñado por el francés Paul Couleaud. Uno puede decir que es uno de los diseños emblemáticos de Bogotá al lado de, por ejemplo, las Torres del Parque de Salmona. Son casas grandes, de más de 170 metros, con un esquema uniforme, lo que podría ser el equivalente en Medellín al Laureles de los años 60. Entonces Chaparro venía de clase media alta, lo que da una idea de cómo fue su infancia, con su bicicleta y sus novias de barrio. Un chico con ciertas comodidades que además estudió en un colegio laico llamado Helvetia. Un chico con ciertos privilegios que le permiten ejercer un espíritu crítico, el mismo que surge más a menudo en las burguesías satisfechas.

Niza se convirtió en ese lugar, si se quiere, un poco mítico en donde él empezó a emitir sus mensajes. Ese es el Rafael que yo conocí, y en Hojalata, periódico que él ayudó a fundar en Los Andes, se publicaron textos de crítica urbana, no politizada ni mucho menos de izquierda, al lado de otros que mostraban la bobería circundante. En esta publicación y en las otras donde Chaparro trabajó, se nota su intento por reivindicar el acto de caminar como los antiguos cronistas y empieza a retratar una Bogotá ‘undergroud’, fría, polucionada y neblinosa y que luego se trasmuta en la ciudad híbrida donde se desenvuelve la trama de Opio en las nubes.

Vamos en que Chaparro comienza a sacar su Hojalata y yo decido dictar un seminario sobre Edgar Alan Poe, al cual Rafael se inscribe. En este tipo de cursos yo abro ventanas, sugiero cosas y él empieza a aproximarse a la literatura siniestra con un poco de rock y un poco de Borges, entre otros escritores, lo que se convierte en una mezcla típicamente heterogénea con un factor que la atraviesa, que es el amor por una ruptura literaria que Bogotá necesitaba. Puede que Chaparro no la estuviera persiguiendo concientemente, pero lo pudo materializar con su novela. Mejor dicho, él no fue un revolucionario del lenguaje, pero sí estuvo dentro de una revolución de éste[2].

El punketo intelectual

La muerte es la patencia misma del desamparo[3].

Rafael Chaparro.

Para mí sigue teniendo mucha importancia el desaliño de Rafael, lo que Borges llamó “el torpe aliño indumentario”. Pero no sólo me refiero a su manera de vestir, sino que voy más allá e incluyo su modo de escribir desinhibido e irrespetuoso con algunas reglas del idioma. Lo que en él fue un juego y se constituyó en una novedad, por ejemplo, en la forma de construcción de frases o párrafos de Opio y sobre todo la manera de titular. Algo que aunque parezca descabellado puede compararse con lo que hicieron escritores como James Joyce o Julio Cortázar, que siempre estuvieron buscando cosas nuevas sin perder coherencia.

Él fue un punketo, pero en el mejor de los sentidos. Y que se me entienda bien, porque no me refiero al pobre muchacho bizarro que sale a la calle con el pelo parado sin saber por qué. Lo de Rafael, aunque se exteriorizaba un poco con su vestimenta, era algo interno. Él, para mí, siempre tuvo un espíritu anárquico y con una fuerte alma de intelectual probo. Si no hubiese tenido esa maldita enfermedad él hubiese sido un gran estudioso de Heidegger en Alemania, además de un gran escritor. Carlos B. Gutiérrez, el asesor de su tesis[4], con la que optó para el título de Filosofía y Letras, lo tenía casi listo para aplicar a una beca para irse a Alemania, pero fue un proceso que tuvo que pararse por sus dolencias físicas.

La tesis de Rafael, basada en Martin Heidegger, es otro tema bien importante que habría que tener en cuenta. Es crucial dar algunas referencias de ella porque allí también se encuentran muchas claves o consideraciones metafísicas, si se quiere, de lo que puede ser Opio en las nubes como un premeditado testamento literario. A través de ella se da uno cuenta de que está ante un escritor atormentado y esperando la muerte, pero no de manera resignada. Empecemos por el título de este trabajo que nos abre toda clase de posibilidades: Interpretaciones de los estados de ánimo como experiencias ontológicas con base en “Ser y Tiempo”. Y para no alargarnos mucho, mencionemos ciertas palabras clave que en ella aparecen y que individualmente pueden ser consideradas para todo un universo de ejercicios de raciocinio: angustia, miedo, muerte, nada, tiempo, ser, amor, finitud, paz, libertad y justicia. Creo que me hago entender.

El Dueño, El Verraco y El Hijueputica

Así podría resumirse un poco lo que fue La Prensa cuando estuvo Chaparro trabajando ahí. Podría verse como una dinámica de choque entre tres personas que no se llevaron bien pero que generó una sinergia que rindió provecho para esa publicación. En la periferia de los tres estuve yo conociéndolos bien y mirando su actitud.

Rafael se hizo notar desde Los Andes y comenzó a demostrar una tremenda capacidad para escribir, lo que coincidió con el deseo de los dos hermanitos Pastrana de hacer un periódico. Entonces nace La Prensa con Juan Carlos Pastrana como director (El Dueño), nombran a Fernando Garavito (El Verraco) como editor y a Rafael Chaparro como redactor cultural (El Hijueputica). Al poco tiempo de trabajo comienza a surgir una especie de gran tensión entre la actitud sardónica de Garavito y la irónica de Chaparro. Como Garavito, que al igual que yo, venía de algo que Juan Gustavo Cobo Borda denominó la Generación sin nombre, para evitarnos el calificativo de posnadaístas, tenía ciertos aires de superioridad. Como además venía de clase media baja y había luchado mucho para ganarse su lugar, no vio nunca con buenos ojos a los jóvenes como Rafael. Se podría decir que Garavito veía en Chaparro el reflejo de una clase pequeña burguesa de tenis que lo enervaba. Nunca se cayeron bien, pero tampoco nunca tuvieron problemas porque igual a Chaparro le importaba un bledo todo eso. Y aunque compartieron el mismo espacio nunca trabajaron juntos.

Yo fui columnista de La Prensa en ese tiempo y colaboré con textos sobre diversos temas para la página ocho, la de la sección Cultura. Para esa altura el periódico estaba ubicado en una casa en el Bosque Izquierdo que fue de los Cano de El Espectador en los años treinta y ahí vi que mientras en un extremo Fernando Garavito, con su camisa azul, corbata, calzonarias, actitud sardónica y de sobrado en el periodismo, estaba muerto de la rabia de Chaparro, en el fondo, en una mesita miserable, de tenis rotos y con un computador viejo estaba el sapito de Niza muriéndose de la risa de Garavito. En otro nivel estaba El Dueño, Juan Carlos Pastrana, tratando de sacar la empresa familiar adelante y muy ocupado para ponerles cuidado a esos dos. En la mitad de ellos estaba yo, conociéndolos bien y observando. Cuando no estaba al tanto de todo, me bastaba con mirar a Chaparro y hacerle una seña para que él con una igual, me hiciera entender cómo estaban los ánimos. Así siempre fue el nivel de comprensión y complicidad entre los dos, hasta que sin dejar de ser amigos, nos tocó dejar de vernos.

La Prensa es hoy un medio recordado por lo novedoso y diferente que fue, por sus secciones bien definidas, por su inclinación a los temas culturales, pero más que nada por lo genial de sus titulares. En ese esquema casó perfectamente Rafael, con sus crónicas urbanas y sus artículos sobre rock y cine, que siempre estuvieron excelentemente titulados. Nadie en ese medio titulaba tan bien y me aventuro a dar la hipótesis de que Juan Carlos Pastrana, el que hoy es el gran titulador, aprendió a hacer encabezados por el trabajo de Rafael Chaparro.

Y la cosa se tornó mejor después de que Opio en las nubes ganara el Premio Nacional de Novela, porque eso despertó una enorme ansiedad vital por Rafael y le abrió más puertas y le ayudó a hacerse un prestigio impensado como escritor con libertad para hablar de lo que fuera.

“A” de Arenas y de Amarilla

Mientras Rafael se ganaba su prestigio en La Prensa y antes en Consigna, hubo una mujer en su vida, una amiga que conoció en la universidad cuando estudiaba filosofía y letras y que le abrió las puertas para llegar más lejos. Se trata de Paula Arenas Canal, una persona que para los primeros años de la década de 1990, tuvo un poder grandísimo en el país y que pocos han logrado y otros envidiado, pues era prácticamente la dueña de Cinevisión, una programadora con libertad, prestigio, dinero, equipos y personal. Cuando eso no existían los canales privados y Cinevisión era la empresa que mejores programas producía e importaba.

Ella jugó un papel fundamental en la vida de Rafael, pues es quien finalmente le da oportunidad de entrar a trabajar en televisión empezando por Zoociedad. Para mí existe cierto enamoramiento de Chaparro por ella, algo que es obvio, pues Paula siempre ha sido una bella y encantadora mujer de ojos intensamente azules. Ese sentimiento se ve reflejado y vuelto ficción en Opio en las nubes donde, para mí, el personaje Amarilla es Paula Arenas. Es como una especie de agradecimiento. Pero aclaro que no lo digo de una manera tan rotunda, porque Amarilla es el reflejo de muchas mujeres. Pero de Paula tiene mucho[5].

Además él nunca pudo engañarme a mí, pues a leer su novela de una descubrí que su principal trama secreta era topográfica, pues yo en ésta veo la Bogotá de todos los días y no la alterada. Veo la misma Bogotá que él se recorrió de bar en bar, de cine en cine y de buseta en buseta y no la ciudad fantástica con ciertos visos nórdicos y londinenses que él creó para generarse un propio deleite. Ahí es donde está la trampita retórica en la que yo no caí y que hace que me guste más lo novela porque la siento más cercana. Para ser más claro, yo te puedo decir que el mar de la ciudad de la novela queda en el barrio Polo, que la frontera del puerto donde sucede parte de la trama es en el modesto puente peatonal de la 85 y que la 85 es la Avenida Blanchot.

En todo caso eso no le quita ningún mérito a la obra porque es poseedora de la prosa más nueva, más querida, más sustanciosa que pudo haber aparecido en la década de los noventa. Para mí es justo que se ganara el premio a pesar de que veo su trama demasiado elemental, y sobre todo muy apresurada porque al mismo tiempo que él la escribía se estaba despidiendo, lo que se resume en el poema de Pavese que reza: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos / esta muerte que nos acompaña / desde el alba a la noche, insomne, / sorda, como un viejo remordimiento / o un absurdo defecto. Tus ojos / serán una palabra inútil, / un grito callado, un silencio. / Así los ves cada mañana / cuando sola te inclinas / ante el espejo. Oh, amada esperanza, / aquel día sabremos, también, / que eres la vida y eres la nada. // Para todos tiene la muerte una mirada. / Vendrá la muerte y tendrá tus ojos. / Será como dejar un vicio, / como ver en el espejo / asomar un rostro muerto, / como escuchar un labio ya cerrado. / Mudos, descenderemos al abismo”.

Aquí cabe mencionar que un buen día Rafael se apareció en mi apartamento y me regaló un manuscrito, la versión corregida y final de la novela inédita que él dejó y que todavía conserva su familia, cuyo título es El Pájaro Speed y su banda de corazones maleantes. Un texto que me entregó, de seguro, con la intención de prolongarse después de la muerte. Lo triste del asunto es que esta novela inédita es para mí como un dolor de muela, pues sigue la misma línea de su predecesora y yo no poseo ningún derecho sobre ella, por tanto no puedo publicarla. Eso me atormenta bastante y es un deseo personal sacarla de la estantería donde la tengo así no tenga manera de saber cuál es la voluntad de Chaparro sobre esto.

El aliento de Marilyn

Si no estoy mal desde esa noche empezaron los vuelos de los peces negros sobre la ciudad. (…) De sus bocas salían lenguas de fuego que preñaban las nubes con su veneno. Esa noche de sábado la ciudad empezó a oler a cebolla, a sangre caliente. A caucho quemado. Olía a odio, a desesperación.

Rafael Chaparro Madiedo

Opio en las nubes

Existe una especie de leyenda. No sé de dónde salió y yo mismo la he empezado a creer puesto que no la he desmentido. Ésta se refiere a que yo intervine para que Opio en las nubes se llamara así y no El aliento de Marilyn, como Chaparro la pensó titular inicialmente. Hay quienes dicen que él vino aquí, me mostró el manuscrito y su título tentativo y que yo le ayudé a configurar el definitivo.

Hay que decir con seguridad que ambos admirábamos mucho a Marilyn Monroe, pero no a la chica dulce que aparecía en las películas o en la portada de la Play Boy u otras revistas, sino la Marilyn metida en problemas políticos con los Kennedy y con la conspiración anticubana. O sea la Marilyn de verdad, la estremecida con la puta realidad gringa. Ahí también entra el poema de Ernesto Cardenal, Oración por Marilyn Monroe, que además es sumamente importante porque prácticamente es la apertura de los nadaístas a la poesía.

Tal vez por ese amor se comienza a jugar con el nombre de Marilyn para un eventual título de la novela. En algún momento, en el lapso de tiempo durante el cual Rafael escribió la novela, Bush padre viene a Cartagena y cuando se bajó del avión se quedó mirando al cielo como en una especie de acción paranoica. Desde el punto de vista literario hay gestos que inauguran eras, y éste puede considerarse como el de la inauguración de la supervigilancia que se vino sobre América Latina, especialmente sobre Colombia y la que al poco tiempo devino en hechos como las fumigaciones, el avión fantasma, el Plan Colombia, la certificación y la cancelación de la visa de Ernesto Samper, entre otros.

Como elemento escabroso y parte de un pequeño paréntesis, diré que nosotros competimos por el premio de Colcultura y él se lo ganó[6]. Mira si eso a mí todavía me encabrona. En este concurso presenté la novela Este último paseo, la cual pude publicar luego con Arango Editores y el apoyo de la Universidad de los Andes. En ese concurso también participó gente de la talla de Rafael Humberto Moreno Durán, quien después de conocer la obra ganadora me dijo que no entendía cómo era que había ganado esa ‘güevonada’[7].

Ese fallo fue bastante cuestionado porque siempre ha existido el rumor de que había ciertos intereses de que el premio lo ganara alguien nuevo y que por eso las personas que abrieron los sobres que llegaron al concurso, desplazaron hacia rincones oscuros obras que ameritaban ese reconocimiento. Así pasa en todos los concursos de literatura, donde no todos quedan satisfechos con los veredictos de los jueces y obras iguales o mejores son enterradas. En todo caso Opio en las nubes ha sabido defenderse por sí sola de las críticas que se le hacen y, buena o mala novela, ya tiene un lugar inamovible en nuestras letras. Y eso no lo discute nadie. Cierra paréntesis.

En la página diecisiete de Ese último paseo hablo de que hubo un bombardeo a las nubes con una solución de plata y cromo. Es una referencia sobre una acción desesperada que adoptaron las autoridades bogotanas, cuando aceptaron los servicios de una firma norteamericana que por medio de unas avionetas bombardearon las nubes de la ciudad buscando que lloviera para acabar con una sequía terrible. Eso fue antes del apagón de Gaviria y también podría tener algo que ver con la historia de Opio en las nubes.

Mi recuerdo es muy débil, pero yo quiero inventarme que estas dos cosas fueron determinantes en la selección del título: lo de Bush y lo de los bombardeos. Dos cosas que se situaron en contraposición al otro título porque ya para la época se había escrito demasiado sobre Marilyn Monroe y ya no era algo novedoso, más que quemado. Aunque si usted va a la novela ese supuesto título no se descartó y está en el interior como el encabezado de uno de sus capítulos y para acabar de ajustar es en el que se narra cómo Sven, el protagonista, y una de las voces principales, conoce a Amarilla.

Por lo menos vi la película

Rafael y yo empezamos a distanciarnos por problemas con nuestras mujeres de turno. Él tuvo problemas con su novia por cuestiones de creatividad y yo con María Teresa Salcedo, quien en ese momento era mi esposa, por el hecho de que ella desarrolló una especie de repulsión por Rafael. Todo empezó una vez cuando él le pidió prestada su tesis de grado y por algún absurdo descuido le extravió una hoja. Eso la enervó muchísimo y aunque Chaparro se disculpó nunca lo volvió a ver con buenos ojos. Yo traté de mediar entre los dos, pero ella no pudo soportar eso y además le agregó al disgusto que él siempre la había mirado “raro”. Yo le pregunté que como así que “raro” y ella me decía que sí, que raro, que no le gustaba como él la miraba.

Es resabido que toda pelea con una mujer es batalla perdida y no me quedó más remedio que ceder ante su disgusto, cosa que Rafael entendió perfectamente y nunca me recriminó. Entre los hombres ese tipo de cosas se sobrellevan muy bien y además nunca hubo un acuerdo tácito entre los dos que nos instara a dejar de vernos sin perder la amistad. Simplemente y a raíz de estos hechos, de un momento a otro, nos distanciamos y punto.

Y mira cómo es la vida. El día que me avisaron de lo de su muerte estaba con la misma mujer, ya para la fecha nos estábamos divorciando, y ella me invitó a ver Picos Gemelos, de David Linch, en el Colombo Americano. Cuando se terminó la película y encendieron las luces de la sala, alguien que no recuerdo se voltea y me pregunta: ¿Sabe que murió Rafael Chaparro? Para mí este suceso tiene altas dosis de patafísica y no sé por qué mi mente borró quién fue esa persona, aunque en todo caso mi memoria no quiere recordarla.


[1] Manuel Hernández es profesor en la Universidad de los Andes y en la Javeriana. Es poeta y escritor. Ahora se dedica a la pintura y en varias oportunidades ha ejercido como columnista en publicaciones como La Prensa y El Espectador. Además, fue amigo y profesor de Rafael Chaparro Madiedo.

[2] En la entrevista “Soy de Coca-Cola, aspirina y neón”, de Ana María Escallón, publicada el 20 de junio de 1993 en el suplemento de El Tiempo, Lecturas Dominicales, las preguntas de Escallón ayudan a comprender un poco del universo que Rafael Chaparro quiso crear en Opio en las nubes. Frente al tema de la innovación del lenguaje respondió lo siguiente: “Mi intención es experimentar y por eso sigo la idea de Cortázar donde el lenguaje es el módulo para armar. Ahora, sí cuidé el lenguaje, pero también quiero que exista la posibilidad de otra construcción de la frase. Por eso hay un lenguaje interior donde todo está permitido. (…) Sabía que me interesaba la ruptura y a medida que experimentaba con el lenguaje, lo hacía conmigo mismo. Es un leguaje de sudor y en ese sentido no es técnico ni erudito”.

[3] Chaparro Madiedo, Rafael. Interpretaciones de los estados de ánimo como experiencias ontológicas con base en “Ser y Tiempo”. Bogotá: Universidad de los Andes. Tesis de grado, 1987. p. 57.

[4] En La Prensa Rafael Chaparro escribió muchos perfiles y crónicas sobre gente por la que sentía alguna admiración, como profesores y amigos o estrellas del rock. Sobre Carlos B. Gutiérrez, a propósito de la entrega de la Medalla Goethe que le hizo el gobierno alemán, publicó la crónica “Huellas del sendero” el jueves 16 marzo de 1989, en la página 8.

[5] En la entrevista ya citada de Ana María Escallón, frente al tema de Amarilla Chaparro respondió lo siguiente: “Amarilla son muchas mujeres. Ella tiene la expresión de la cara y el olor de Jody Foster. Tiene las piernas de Raquel Welch y las actitudes de Madonna”.

[6] Rafael Chaparro participó en el Premio Nacional de Novela bajo el seudónimo de Virus Cocker y Manuel Hernández con el de Hermenegildo Centella. En el acta No. 2125 de Colcultura (documento público que se puede consultar en el archivo del Ministerio de Cultura) aparece lo siguiente: “El jurado compuesto por los tres escritores Héctor Rojas Herazo, de Colombia, Salvador Garmendia, de Venezuela, y José Viñals, de Argentina, resolvieron por unanimidad declarar ganadora del premio a la novela titulada Opio en las nubes, firmada bajo el seudónimo de Virus Cocker, resultó ser Rafael Chaparro Madiedo.

Opio en las nubes trata el sueño como esperanza, la tribulación como esencia del puro existir. El verdadero personaje de esta meditación es el absurdo. Los seres se confunden con la objetividad que los circunda y todo concluye en una salvadora aunque ilusoria destrucción”.

[7] En la misma acta se inscribe la siguiente nota: “No previsto a las bases del concurso, el jurado declara, también por unanimidad, como acreedora de una distinción especial, y recomienda su publicación a la obra Asuntos de un hidalgo disoluto”. Esta es la novela con la que participó Héctor Abad Faciolince bajo el seudónimo de Malakim.

3 comentarios:

Manucho dijo...

Soy de Buenos Aires y a menudo me cuesta salirme del "caminito sabido", dejar a un autor como Dostoievski, cuesta, aunque y para ser sincero debo decir que siempre me atrajeron los escritores "malditos", no sé si aquí puede ponerse a Chaparro, auqnue, sospecho que a él poco podría interesarle. Agradezco mucho lo que aquí leí, sólo espero encontrarme, como un bómito caliete en una madrugada porteña alguna vez esa famosa novelita por la que los Colombianos se han estado debatiendo.

Manucho dijo...

Soy de Buenos Aires y a menudo me cuesta salirme del "caminito sabido", dejar a un autor como Dostoievski, cuesta, aunque y para ser sincero debo decir que siempre me atrajeron los escritores "malditos", no sé si aquí puede ponerse a Chaparro, aunque, sospecho que a él poco podría interesarle. Agradezco mucho lo que aquí leí, sólo espero encontrarme, como un bómito caliete en una madrugada porteña alguna vez esa famosa novelita por la que los Colombianos se han estado debatiendo.

Alejo dijo...

Impresionante pensar en una lectura de Opio en Buenos Aires. Debe ser una total sobredosis de emociones. En invierno debe ser devastador.

La Internet cada vez más democratiza las cosas. Opio es un privilegio físico de miles que en últimas terminan siendo pocos. Entonces sitios como www.taringa.net se convierten en la posibilidad de elogiar el trabajo del pirata electrónico que sube todo tipo de tesoros para, contradiciendo las costumbres egoístas de su antecesor de los mares, subir todo tipo de tesoros que comparte con la intención de suplir necesidades de personas que se preguntan por qué no hay suficientes ediciones de Opio circulando en librerías.